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Un pequeño apocalipsis de César Vallejo

Correspondencias | Alfredo Loera | @alfredoloeramx

Muchos escribimos versos, pero casi nadie es un verdadero poeta. Si ha habido un poeta en Hispanoamérica, ese es César Vallejo. Me atrevo a ponerlo por encima de Neruda. ¿Pero por qué? Podría preguntar alguien. ¿Por qué Vallejo es un poeta y otros que igualmente escriben versos no lo son verdaderamente? La respuesta es igualmente sencilla como compleja: Porque Vallejo inventó una lengua. La evidencia más contundente es Trilce, pero desde luego toda la obra está permeada por un lenguaje primigenio, incluso los poemas más políticos; los últimos, los de la Guerra Civil Española. 

Al fin de la batalla,

y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre

y le dijo: “¡No mueras, te amo tanto!”

Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

A veces su versificación está muy cerca al balbuceo, pues el poeta comprende una cuestión olvidada de continuo por los escritores ingenuos: el mundo es mucho más amplio e ininteligible que cualquier lenguaje. La poesía ajena a esta consciencia desde luego es fallida, sin importar la cantidad de aplausos de los amigos del vate.

Por supuesto, en un texto tan corto como el presentado en esta correspondencia no se alcanza mínimamente a hacer un comentario justo sobre la poesía de Vallejo. Por ello, prefiero concentrarme en uno de sus poemas más famosos, con el cual inaugura su obra. Me refiero a “Los heraldos negros”.

Sorprende la potencia del poema. Sorprende más que un poeta abra su primer libro con dicho texto. Sorprende más aún la profundidad de la mirada del autor: hay un trasfondo en los versos; lo que quiero decir con esto es que el poema sobrepasa su redacción, el poema va más allá de la escritura. No es menor la última observación; por lo común, los poemas, los cuentos y novelas, no van más allá de las palabras, los lee uno y ya, se acabaron, pero la literatura grande siempre ha sobrepasado sus propias palabras, siempre necesita una relectura. El poema de “Los heraldos…” es corto si lo comparamos con otras obras igualmente significativas, como aquellas de Rilke o Eliot. Sin duda los primeros años del siglo XX nos trajeron a los grandes poetas de nuestro tiempo. En todos ellos es notable una potencia bíblica. Son poemas equiparables en la profundidad de la mirada autoral y en la originalidad del lenguaje a textos como “Eclesiastés”, “El libro de Job”, “El cantar de los cantares” o “Apocalipsis”.

Pero volviendo al texto, me vienen a la mente las palabras de Jaime Augusto Shelley, que nos decía levantando el dedo índice con furia, como deben ser todos los talleristas si en verdad desean que sus alumnos escriban algo bueno alguna vez en su vida: “Un poema, un poema”. Se trata de escribir un solo poema con la potencia de “Los heraldos negros”. La gran mayoría van a fracasar, pero si no se hace con ese ímpetu la tarea se encuentra perdida de antemano. Vallejo habría sido uno de los poetas más grandes de la lengua española tan sólo por esta pequeña obra. Su grandeza es enorme, pues no únicamente escribió esta especie de soneto. Tenemos muchos otros poemas, como casi todos los de Poemas humanos.

Y, entonces, ¿por dónde comenzar? No es mi intención hacer un análisis académico. Prefiero dejarme llevar por mi gusto, por mis intuiciones lectoras, por mi subjetividad. Lo he leído ya tres veces en la redacción de estas líneas. Siempre me ha impresionado la magnitud de su YO. “Hay golpes en la vida tan fuertes… Yo no sé!” El “yo” de Vallejo es equiparable al “yo” de Whitman. Pienso que ese “yo” no está presente en Neruda, mucho menos en Borges, en ningún poeta de nuestro idioma. Sólo Vallejo está a la altura de Whitman en ese sentido. Y es aquí cuando cualquiera que honestamente se ponga a escribir versos debe ser humilde: pensar en ese “yo” tan ahistórico y mítico sería la primera medida del poeta. El “yo” de Vallejo es tan grande como para equiparse a Dios. Se trata de un Job moderno. En el poema el “yo” muestra un desdén ante la indiferencia de Dios. 

Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,

la resaca de todo lo sufrido

se empozara en el alma… Yo no sé!

Es el hombre moderno ante la ausencia de Dios, son golpes como del odio de Dios, pero Vallejo, dice “YO” no sé. YO no puedo decirles, porque no hay una respuesta para mí. 

Son pocos; pero son… Abren zanjas oscuras

en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.

Serán tal vez los potros de bárbaros atilas;

o los heraldos negros que nos manda la Muerte.

Adviértase, por otra parte, la aparente simpleza del lenguaje. Vallejo hace ver que sus versos son muy simples, un lector ingenuo diría: “yo puedo escribirlos”. Pero eso pasa porque los grandes poetas se caracterizan por la capacidad de síntesis, sus lenguajes aparentan sencillez, pero detrás de dicha apariencia hay procedimientos retóricos y poéticos muy complejos. Los versos de Vallejo están hermanados con aquella idea de Baudelaire: lo moderno es moderno en tanto da la impresión de ser antiguo.

Me temo que voy a fracasar en mi comentario. Desde luego, el poema no necesita ninguna explicación. Mi intención ha sido compartir un gusto, una pasión por la poesía del peruano. Pero no quiero terminar sin hablar de un verso paradigmático. Comparto la estrofa:

Son las caídas hondas de los Cristos del alma,

de alguna fe adorable que el Destino blasfema.

Esos golpes sangrientos son las crepitaciones

de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.

No me podrás creer, estimado lector, las veces que en borracheras eternas (las únicas que valen la pena) con mis camaradas discutí el significado del último verso. Por ahora me animo a dar esta interpretación: se trata de la imposibilidad de salvación del ser humano. En este poema, Vallejo desdeña a Dios, pero su dignidad es como aquella de Descartes donde en su Discurso del método habla sobre lo que piensa del mundo, pero no es tan soberbio como para aseverar que sus conclusiones sean válidas para todos. Descartes también poseía un “yo” ahistórico.

Evidentemente he fracasado en mi análisis. El poema me desborda. Tenía pensado comentar algo sobre los “potros de los bárbaros atilas” y “los heraldos negros que nos manda la Muerte”. Sin duda es una reminiscencia de los cuatro jinetes del apocalipsis. Pero, mejor comparto el poema completo; como verás, ahí está todo ya dicho. La poesía de un poeta de la magnitud de Vallejo pone de manifiesto la falacia de la independencia estética de la crítica literaria.

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Los heraldos negros

Hay golpes en la vida, tan fuertes… Yo no sé!

Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,

la resaca de todo lo sufrido

se empozara en el alma… Yo no sé!

Son pocos, pero son… Abren zanjas oscuras

en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.

Serán tal vez los potros de bárbaros atilas;

o los heraldos negros que nos manda la Muerte.

Son las caídas hondas de los Cristos del alma,

de alguna fe adorable que el Destino blasfema.

Esos golpes sangrientos son las crepitaciones

de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.

Y el hombre… Pobre…pobre! Vuelve los ojos, como

cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;

vuelve los ojos locos, y todo lo vivido

se empoza, como charco de culpa, en la mirada.

Hay golpes en la vida, tan fuertes… Yo no sé!

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