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Por Alejandro González Enríquez

¿A quién no le hace eco escuchar el nombre de Frida Kahlo en la actualidad? Ya sea por afinidad o repulsión, basta ver las notas, las exposiciones y las subastas que abordan el tema de la pintora para darnos cuenta de su relevancia en la historia del arte moderno y del mundo actual. Recientemente una pequeña pintura de la artista se vendió por casi 35 millones de dólares, convirtiéndola, por mucho, en la pieza artística más cara de la historia hecha por algún latinoamericano. Pero, realmente, ¿es esta la esencia del arte moderno?, y más aún, ¿es la esencia de Frida misma? ¿Su filosofía y su visión del mundo?

Tal vez estas interrogantes puedan esbozarse en la memoria de los que la conocieron, particularmente un grupo de 4 jóvenes que fueron sus fieles discípulos en la década de los años 40, a quienes se les conoció como “Los fridos”. Uno de ellos ha conseguido desarrollar un estilo profundamente influenciado por su maestra, su pintura prolífica y colorida, muestra el reflejo de una filosofía artística muy arraigada que va más allá de la expresión estética.

Le conocí un verano del 2018, bien dicen que el que busca encuentra y como ya he mencionado en otras ocasiones, gracias al apoyo del Salón de la Plástica Mexicana pude contactarme con él y descubrir que éramos casi vecinos, en la misma zona de esta mega urbe que es la Ciudad de México. Su nombre, Arturo «el güero» Estrada Hernández.

El maestro nació un 30 de julio de 1925 en Panindícuaro, Michoacán. Desde muy pequeño desarrolló un talento creativo muy marcado, por lo que cuando tuvo un poco más de edad sus padres decidieron enviarlo a la Ciudad de México para que desarrollara su talento artístico.

Ingresaría a la “Esmeralda” a principios de los años 40 en dónde fue alumno de José Clemente Orozco, Diego Rivera y Frida Kahlo, de quién se convertiría primero en alumno y luego en amigo muy cercano.

Se decía que Frida Kahlo no sabía enseñar, “pero era curiosa”, porque daba total libertad y tenía una manera para que la disciplina pasase desapercibida; “no intervenía… iba dando notas, “fíjate que la luz”; “no supiste distribuirlo muy bien”; “no lo lograste acomodarte en la superficie que tienes”, y así a cada quien. Era extraordinaria maestra”.

Y no solamente esas enseñanzas fueron artísticas pues, su profunda convicción al partido comunista de Kahlo permeó en la visión del joven pintor. Tener los ojos bien abiertos a lo que sucede en este país, la sensibilidad ante la miseria y la injusticia, la expresión del arte como medio de emancipación. La esencia de la época muralista.

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A la muerte de Kahlo, colaboró con Diego Rivera y luego con Juan O’ Gorman hasta ir siendo más independiente, desarrollando un carácter expresivo muy particular. Sus murales se encuentran por diversos estados de la república. Todos ellos conservan no sólo la idealización del México de antaño sino también férreas criticas a sus contextos, pues en un mural recientemente rescatado en Cuautla, Morelos, se descubrió un mural pintado por Estrada en dónde la crítica a la iglesia católica es muy clara. Este, fue repintado debido a la molestia que generó en la curia eclesial de ese estado. Pero también hay otras de sus obras que contienen muestras muy sensibles de expresiones antropológicas como los murales para el Museo Nacional de Antropología. Mientras que sus creaciones en caballete desbordan en coloridas expresiones que evocan una particular muestra del entorno.

A sus 96 años continúa siendo una voz cara de un México que no se ha ido, de un México de mercados, de frutas, de flores, de día de muertos y de solemnidades cristianas, pero también de injusticia, de marginalidad y desigualdad. A los albores de la tercera década de este siglo. Su quehacer nos recuerda que el arte se expresa en todos los sentidos y que en nuestra realidad puede hacer mucho más.

Cuando me despedí de él me dijo “No creas, a mi edad…aún salgo a recorrer el mundo”.

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