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El aroma de Braulia

Cuento por Elena Palacios

⸺¿Nunca se ha quemado cuando plancha? ⸺pregunto quedito, esperando que mi voz pase inadvertida para mamá.

⸺Una que otra vez ⸺responde Braulia sin verme⸺. Creo que me quemaba más con la ceniza del cigarro ⸺admite con su sonrisa de nicotina.

La veo junto a mamá, compañeras de planchado, una humedece la ropa rociando agua con los dedos, la otra plancha. Mientras una disipa las arrugas de un mantel, la otra guarda cada prenda.

⸺¿Fumaba mucho? ⸺insisto.

⸺Más o menos ⸺admite con timidez.

⸺¿Y a poco ya no fuma nunca?

Antes de que mi curiosidad se vea satisfecha, la voz de mamá me increpa.

⸺Deja de estar de metiche. Vete a barrer el patio.

⸺Ya está barrido.

⸺Pues bárrelo de nuevo o quita la ropa del tendedero o ve a ver si ya pusieron las gallinas ⸺me regaña con miradas, más que con palabras.

⸺No mamá ⸺le ruego⸺, déjeme estar aquí, ya no voy a preguntar nada ⸺prometo y me callo, y me limito a escuchar sus pláticas.

En la casa no hay necesidad de que Braulia ayude, somos cuatro pares de brazos femeninos, tampoco es que a mi padre le sobre el dinero, la empleamos porque necesita el trabajo. Nosotros sabemos lo que es la necesidad, antes de que yo naciera, mamá también se ocupó en lavar y planchar ajeno. Por eso digo que son compañeras de planchado, no patrona y empleada. Tal vez no sean amigas, pero mamá le confía sus problemas: lo cotidiano de la vida familiar. 

Braulia no tiene familia, excepto a Juanote, su hijo ya adulto al que llamamos así por ser tan alto y fornido. Aunque a Juanote le gusta la borrachera, se paga sus propios tragos y no da problemas; pero está solo, como su madre. Ambos ocupan el cuartito de una vecindad. Braulia y Juanote me remiten a un binomio inseparable, no puedo pensar en uno sin hacerlo en el otro.

Me gusta que venga Braulia, escuchar su voz ronca por tanto que fumó en el pasado y su risa que se parece al ruido de quebrar nueces. Esquelética, enfundada en vestidos sobrios, abotonados hasta el cuello, de mangas largas y colores oscuros. Su piel es morena como el piloncillo. Tiene largos los pies y calza zapatos sin gracia pero escrupulosamente limpios. No sé hasta dónde le llega el cabello porque siempre lo tiene recogido en un chongo. Podría pasarme las horas hablando de ella, describiendo sus gestos, la forma de sus dedos o su modo de planchar, tan rápido y perfecto; de cómo cuando llega, sonríe al saludarme y de las historias tristes que a veces me cuenta; pero no sé decir a qué huele Braulia, no huele a nada, ni su ropa, ni sus manos, nada; me hace pensar en una flor antigua y extraña, sin aroma, igual a ese clavel que mi hermana metió entre las páginas de un libro, y ahí se conserva, seco y oscuro, quebradizo y sin olor.

Es jueves, día que viene Braulia. Pero no vendrá. Es posible que jamás volvamos a verla. Papá nos leyó la noticia en la sección roja del periódico: el cuarto de vecindad se calcinó a causa del cigarrillo que su ocupante fumaba al vencerlo el sueño.

Estos días tengo miedo de la noche, de dormir, pues en cuanto cierro los ojos veo a Braulia. Lo mismo ocurre cuando me baño, porque a fuerza he de apretarlos para que no se me enjabonen. Además, al quedar la casa a oscuras y en silencio, imagino escuchar su risa. No puedo contarle esto a nadie, se burlarían de mí. Ojalá se me pase con el tiempo. Apenas va a cumplirse una semana.

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La siguiente vez que aparece en el quicio de nuestra puerta, Braulia es un fantasma que huele a humo. Nos mira con sus ojos apagados y la sonrisa que intenta semeja una grieta en el muro. Se desliza, silenciosa y densa, hasta el cuarto de planchado. Sus manos huesudas desatan el bulto de ropa húmeda y una a una, extiende las prendas para borrarles las arrugas con el calor de la plancha. La veo apretar los ojos, como cerrando las compuertas para que no escape el agua. ¿Será que este calor quemante le recuerda el fuego que consumió su casa? Ese calor despiadado que la dejó sin la mitad de su vida. 

La oigo contarle todo a mamá: Juanote había llegado borracho esa tarde, se echó en el catre y se durmió con el cigarro entre los dedos, mientras ella había salido a entregar una docena de camisas planchadas. 

Mi madre la escucha en silencio y la abraza por un hombro, le ofrece sentarse a tomar café y pan. 

Voy con mis hermanas y les digo que Braulia huele a humo, me responden que estoy loca y que me calle, que no ande diciendo tonterías. 

Pero es verdad, Braulia exhala un aroma que le viene del alma y que nunca se le va a quitar. Hoy más que nunca me recuerda al clavel deshidratado: frágil, quebradiza, metida para siempre entre las páginas de una historia triste, como aquéllas que me gusta escuchar de su voz.

*Este texto forma parte del libro «Cuentos cortos para la gente que duerme sola» y su reproducción fue autorizada por su autora.

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