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Ellos y nosotros, la clase política y su doble discurso

Ojo por diente | Fernando de la Vara | @delavara

Pareciera que los políticos no nos ven como sus iguales, sino que quieren marcar una distancia y dejarlo bien claro. Tal es el caso de Torres Cofiño y la boda de su hijo. En lo personal me causa una molestia muy fuerte que ellos sí se crean tener la autorización para hacer eventos rebasando varias veces la cantidad de invitados permitidos, y que por otro lado, llamen a la ciudadanía a tomar consciencia sobre las restricciones sanitarias, y en casos más específicos, que se atrevan a culparnos diciendo: Los contagios no han disminuido porque la gente no deja de reunirse los fines de semana. Es como si no sólo hubiera un doble discurso, sino un intento de desprestigio hacia nosotros.

Desde que los fraccionamientos en la ciudad se han convertido en fortalezas, me da la impresión de que las clases pudientes buscan marcar una diferencia de los demás que habitamos La Laguna, mejor dicho, pareciera que tienen miedo de todos nosotros. Es evidente que este tipo de fraccionamientos sufrieron una mitosis (más bien una metástasis), desde el inicio de “la guerra contra el narco”, proclamada por Calderrón con Cola. Recuerdo que allá por el 2010, más o menos, los colonos de El Campestre La Rosita, decidieron cortar la libre circulación por su colonia, cerraron ilegalmente calles y obligaron a cientos de personas a modificar su recorrido diario. Ese simulacro de seguridad me sigue pareciendo absurdo. Más aún, hace unos años, cuando en Torreón Jardín decidieron ponerle una maya a La Plaza de la Tortuga, para que la gente no fuera a delinquir o a drogarse o a esparcirse o a ser gente, lo único que obtuvieron fue el deterioro de la plaza. El lugar, con todo y su nueva remodelación, es un sitio que no invita a pasear por ahí. Es como si la exclusividad no fuera sólo una forma de privilegio, sino una forma de burla.

Pero volviendo al tema central de esta columna, la indolencia de nuestros políticos pareciera convertirse en burla no porque busquen ridiculizarnos, sino por el descaro de decir una cosa y hacer lo contrario, como si fuera lo más normal y, sobre todo, de defenderse entre ellos, pues apenas tuvo oportunidad, nuestro alcalde, Zermeño, salió a decir que “La gente se tiene que casar”... Ajá, es indispensable casarse… 

Incluso nuestro gobernador, Riquelme, salió a defender la boda con algo más de argumentos que Zermeño, pero también más cínico: “Todos fueron checados, incluyendo esa boda y los protocolos de inicio se cumplieron. A la hora que se presentaron los inspectores los protocolos establecidos fueron cumplidos y la capacidad que tenemos, pues yo creo que a la otra vamos a tener que dejar gente de planta en las bodas, la realidad es que fueron cumplidos los protocolos”. Declaración digna de Cantinflas.

Riquelme se abstuvo de hacer más declaraciones por “respeto” a los invitados, pues fue un evento privado, pero por otro lado, los lineamientos que el mismo estado estableció dicen que las reuniones no deben pasar de los 50 invitados. ¿Entonces cómo quedamos?, supongo que por respeto a su cargo era mejor que no dijera nada.

Mientras buena parte de la ciudadanía toma conciencia de lo complicada que se está volviendo la pandemia y se resguarda en la medida de sus posibilidades, la otra parte tiene que salir a la calle sí o sí para conseguir dinero, ya sea como empleados o vendedores, en el comercio formal o informal, mientras que nuestros políticos nos dicen por tuiter que nos cuidemos de esta canija pandemia, en privado celebran bodas con alrededor de 200 invitados.

La pregunta es, ¿de cuántas bodas o festejos absurdos de la clase política y empresarial, en estas condiciones, en medio de la contingencia y con los hospitales rebasados, no nos enteramos? Porque las que han salido a la luz es porque algún infame-despistado decide compartir las imágenes desde su ignorancia, en redes sociales. Sinceramente me imagino las cartas de invitación con una leyenda más o menos así: No niños, no historias de instagram, no fotos en redes. Incluso me imagino al encargado de ambientar la fiesta, recordando a los invitados por el micrófono que está prohibido difundir imágenes del evento en redes sociales. 

Quizá imagino de más situaciones, pero lo cierto es que ellos se burlan de nosotros y cada vez con más cinismo. Aunque también, lo cierto, es que cada vez creemos menos esta simulación. 

De todo corazón, espero que el matrimonio del hijo de Cofiño sea duradero, que no se divorcien en un par de años, que recuerden cada aniversario de su boda como la vez que se cagaron en todos nosotros y, si acaso, sientan vergüenza de ellos mismos. 

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