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Cliserio Reyes… el campesino lagunero que se atrevió a volar

El Pensador Amateur | Federico Sáenz Negrete | @FSAENZN

Es difícil controlar el deseo de navegar el cielo de la Comarca Lagunera. Es de un azul tan limpio e inocente que invita a descifrar la ecuación formada por planicies interminables y austeras coronadas por altas y desafiantes montañas. Sus cumbres ponen un alto al espejismo que amenazaba con prolongarse al infinito.

Una suave y fresca brisa empieza a soplar la tarde con ánimos de despedir el día. Para mitigar su cansancio,  el sol acaricia la curtida piel del joven campesino que está parado al inicio de la pista de aterrizaje.

Las nubes huyen de la trampa térmica que mantiene ahogada a esta enorme bóveda turquesa que rebasa la limitada capacidad de la mirada. Cuando el sol potente calienta la tierra, hace reverberar el aire que, temblando, se eleva en corrientes termales enredadas en remolinos, espirales de tierra sirven de armadura al temido demonio “cachiripa”, terror de la precaria mitología Irritila. Algunas nubes nostálgicas regresan con el viento vespertino atrapan los destellos de la rabiosa despedida del sol que se niega a abandonar su dominio.

La silueta de Cliserio desafía el paso del tiempo. Inmóvil, trata de comprender de un golpe secretos del universo que se deciden más allá de los increíbles colores que, con brochazos violentos, preparan el remanso de quietud que se avecina.

Los amigos de Cliserio encienden una fogata para conversar en silencio la agotadora jornada que cargaron en sus espaldas, arrojándola frente a las brasas de otro día que se extingue. La aparición del camino de Santiago, así le llaman a la Vía Láctea los laguneros más viejos, nos vuelve a recordar que lo más interesante de la vida está allá arriba.

Nuestro joven ejidatario sigue de pie cuando cae la noche, desafiando el peso de las estrellas mientras sus mayores ya han bebido unos cuantos tragos de sotol y se empieza a escuchar los lamentos del cardenche que va desgarrando despacio la cubierta de la noche.

Cliserio extiende sus brazos y le reclama al universo sitio en uno de esos aviones que llenan su imaginación. El silencio de su anhelo es acariciado por una extraña música.

Cantos cardenches, lastimeras predicaciones de los profetas de la soledad y el abandono, nos hablan de lejanos amores, de perdidas inocencias, de estoicismo inquebrantable, de ternura y resequedad, de navegación nocturna, mientras un lento y respetuoso trago de aguardiente apacigua los temores del alma.

La enorme extensión de terreno está ahí para que el más osado, el más valiente, se atreva a desafiar la limitación y el infortunio. No es difícil aceptar que un chiquillo de escasos diecisiete años, después de haber escuchado los relatos de sus mayores en esas tardeadas en las que se arroja al fuego las desdichas y las frustraciones, Cliserio se permitiera la “licencia” de imaginarse navegando los cielos a bordo de una de esas máquinas que despegaban y aterrizaban con tanta fuerza en el vecino aeropuerto.

Cliserio Reyes, muchacho de raigambre campesina, hijo de ejidatarios, acostumbraba “apersonarse” con los mecánicos del Aeropuerto de la Ciudad de Torreón recién inaugurado en 1946. Era ya común verlo sirviendo de “achichincle” entre los trabajadores del puerto aéreo que aceptaban la presencia del entusiasta joven que tocaba el fuselaje de los DC-3 con verdadero respeto e ilusión.

Tan cerca de los aviones y tan lejos de ser capaz de volar en ellos. Su condición económica y social creaba un abismo infranqueable, pensaría todo el mundo, pero no Cliserio.

Sus sueños le hacían volar, aunque fuese colgado de una de las alas de esos DC – 3 que iban y venían a la capital de la república haciendo escala en San Luis, Potosí.

Cliserio observó perfectamente la mecánica de aterrizajes y despegues. Sabía que dependiendo del viento los pilotos en coordinación con la torre de control, elegían el sentido del despegue y que antes de iniciar la carrera, el avión se detenía unos minutos para probar los instrumentos. Esos minutos podrían ser el momento adecuado para abordar el aparato y aferrarse a una de las alas traseras pues ya lo había practicado con aviones que estaban en mantenimiento. Su cuerpo ensamblaba perfectamente en el ala trasera y los pies se podrían apoyar en el empenaje, donde los “flaps” ensamblan con el ala. Practicó como insertar sus brazos para que quedase bien sujeto al ala cuando llevara a cabo su soñado vuelo, sueño de un niño campesino, qué le vamos a hacer.

Cliserio había nacido para materializar su ilusión. Qué día decidió emular a los héroes de la mitología griega, no lo sabemos, además, ni si quiera los conocía. Cliserio desconocía la historia y la geografía, nunca había leído nada que le permitiera poner en perspectiva su arriesgado e inverosímil plan.
Seguramente lo hizo una tarde cálida, parado en la pista de despegue del aeropuerto, de frente a un atardecer rabioso. Solía permanecer inmóvil mirando el horizonte, clavando la  mirada en la forma en que las aves derrotaban la ley de la gravedad. Se quedaba quieto hasta que la silueta parda de las montañas del final de la planicie era bendecida por el derroche de luz que ilumina el camino de Santiago cuando el incendio del atardecer se aquietaba al consumir su fogosidad.

Camino a su casa, paso a paso, iba fraguando su determinación, iba a desafiar la ley de la gravedad, iba a volar en uno de esos aviones que tanto acicateaban su imaginación, iba a poner en duda los férreos límites que las estructuras socio-económicas imponían a los habitantes de las urbes civilizadas. Cliserio tomó la determinación de inventar su futuro, de romper las barreras que lo aprisionaban, de demostrar que sí se podía.

Cliserio, como cualquier otro héroe de la mitología griega, decidió desafiar al destino.

“El 8 de octubre de 1950 el DC-3 matrícula XA-FUM de LAMSA cuyo vuelo 100 de Cd. Juárez a México en vuelo “chárter” al servicio de diputados y senadores que llenaban el avión, hizo escala en el aeropuerto de Torreón. Después de las revisiones de rutina, se preparó para continuar.
A las 11:30 pm el avión tomó la cabecera 12 y mientras los pilotos Capitán Jorge Guzmán Lavat y Capitán Guillermo Bueno probaban los magnetos, nuestro intrépido paisano se subió al ala y se aferro a la estructura lo mejor que pudo.”

“El avión despego y voló a 12,000 pies”

“El frio le adormecía todo el cuerpo. El frio era un látigo que le desgarraba la camisa y le destrozaba la espalda. Pensó que era el fin, que se caería pues ya no tenía fuerzas para sujetarse. El instinto de conservación lo estremeció y ya solo pensó que no debía soltarse…”

“Durante 59 minutos este joven osado surco los cielos de México. El piloto decidió regresar a Torreón pues sentía vibración en los controles.”

Afortunadamente giró hacia el ala en donde nuestro héroe se aferraba a la vida, de haberlo hecho hacia el otro lado, la fuerza centrífuga hubiese lanzado a Cliserio por los aires y su historia hubiese permanecido en el limbo.

“Al llegar, aferrado al ala, un joven congelado no respondía a los gritos, semiinconsciente y entumido.”

Fue auxiliado hasta que fue capaz de rendir testimonio ante el asombro de diputados, senadores y del personal de tierra del aeropuerto de Torreón.

El escándalo. Su hazaña produjo un verdadero suceso. Periodistas de todo el mundo registraron el hecho. La revista Time en su edición del 23 de Octubre de 1950 comenta el hecho con el título “Free loader”. Lo increíble del hecho, aunado a que se llevó a cabo muy lejos de la capital del país, donde “todo” ocurre o , más bien, donde todo lo que puede trascender  tiene la obligación de ocurrir, motivó a que la historia se fuera diluyendo poco a poco.

Cliserio fue encarcelado por intento de asesinato en tentativa imprudencial o algo así reza la jerigonza legal. Se organizaron colectas populares en la toda la Comarca para pagar la fianza y liberarlo. Dos médicos laguneros avecindados en la Cd. de México enviaron fondos suficientes para la defensa legal y Cliserio obtuvo la libertad, una libertad bastante menor a la que había obtenido aquella noche estrellada cuando desafió todo el catálogo de leyes y candados que fijan nuestras cadenas auto impuestas.

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Lo que debería sustituir a la historia de Ícaro en todos los libros de mitología, terminó en una pequeña compañía de fumigadores de algodón en los campos de Tapachula en el sureño estado de Chiapas, a donde muchos algodoneros laguneros emigraron ante la debacle algodonera que produjeron las sequias de 1958 en la Comarca Lagunera.

Nos queda en el paladar esta increíble y real historia de un joven osado que desafió al destino. Ahora, cuando lo recordamos, la resequedad en la garganta y lo desolado del panorama, nos recuerda que seguimos teniendo muchas de las carencias que Cliserio sufría en 1950.

Parado en la misma pista del aeropuerto, observo las pardas montañas del final del horizonte mientras me bañan los últimos rayos de un sol que se niega a abandonar su dominio. Dentro de unos momentos, el camino de Santiago me mostrará la ruta de navegación adecuada, solo espero estar a la altura de Cliserio e intentar desafiar esta camisa de fuerza con la que los laguneros tenemos que negociar todos los días en nuestra esforzada rutina.

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