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Texto vía El Pensador Amateur

Como si no me hubiese escuchado, la persona con la que intento establecer una conversación me contesta con argumentos prefabricados, aprendidos, repetidos hasta el cansancio por comentaristas e interlocutores de los poderosos. Como si un esfuerzo de mercadotecnia se apoderara de la mentalidad de las personas y les impidiese discernir entre lo propio, reflexionado a consciencia, y lo externo que se nos pega en la memoria tan solo por transitar nuestras calles y recibir tan abrumador bombardeo de mensajes.

Los políticos, esa es su chamba, adoptan causas y las repiten hasta el cansancio. Investigan que temas puede recibir bien un segmento lo suficientemente grande del mercado electoral y se lanzan a encabezar un movimiento que aún no existe. Son aspirantes a líderes que dan un salto al vacío con el plan de crear una realidad lo más virtual posible pero que les favorezca por completo, un mundo en el que puedan desempeñarse como imprescindibles. Desestiman el pensamiento y los logros de sus contrincantes haciendo a un lado una verdad de vida, todos cabemos en este mundo, existe un sitio para cada quien y es posible convivir perfectamente con nuestros semejantes aún y si no coincidimos en nuestras posturas estéticas, políticas, educativas, culturales o sociales. Por eso los políticos siempre buscan dividirnos para poder sacar mejor “partido” opacando nuestra natural tendencia a aceptarnos tal y como somos.

Es fácil detectar cuando la persona con la que conversas está en modo “repetidora” de mensajes. No duda, repite el argumento casi con la misma entonación y secuencia. Responde a veces igual a preguntas diferentes y si le cambias el encuadre, se pierde buscando referencias. Una persona que busca comunicarse trastabillea, hace pausas, reflexiona, duda, corrige, busca aprender del momento, disfruta de tus argumentos cuando estos están bien articulados, se entusiasma cuando le compartes algo que desconocía, se alegra, crece como persona. El que está en modo “repetidora” se asusta cuando lo zarandeas, se ofende con facilidad, se pone tenso si le planteas datos con sensatez. La comunicación es un acto de comunión entre dos personas abiertas al dialogo y que tienen un contenido interesante que intercambiar, no es el encuentro entre dos gladiadores ciegos y sordos que intentan imponer una idea.

Lectura recomendada: Los semáforos…

De tanto leer libros de historia me he dado cuenta que pasa lo mismo en la arena del tiempo. Hay corrientes que buscan imponer una visión que no se sostiene cuando buscas en diversas fuentes, cuando tienes acceso a autores que vuelven a los documentos originales y reflexionan otra vez sobre lo que ya otros nos habían empaquetado como verdad única.  Nos tragamos visiones históricas que en algún momento un poderoso diseñó para aumentar sus negocios y que ofenden nuestra dignidad de seres humanos. Hay una lucha despiadada por reinventar el pasado para acomodarlo a los planes presentes que intentan apoderarse del futuro. Me tranquiliza saber que es sencillo descubrir el esquema, son versiones maniqueas, todo es bueno de este lado, malo del otro, no hay matices. Los personajes están desposeídos de su riqueza y contradicciones y se nos presentan como ángeles impolutos. Los hechos , todos, se acomodan perfectamente a la narrativa del poder, a los argumentos que convienen a los grandes negocios.

Cuando las personas se enteran de su verdadera historia, retoman su autoestima, entienden su sitio en el contexto que les toca vivir, aprecian más su entorno, conviven mejor con sus semejantes. Una historia bien contada está llena de paradojas, de contradicciones, de sutilezas, de vacíos
inexplicables y se parece mucho a la historia de otros pueblos, no son tan grandes las diferencias entre nosotros. La historia bien contada rescata la voz de la mayoría, no solo el mensaje de los poderosos, de los gobernantes, de las élites. Descubrimos que la vida transcurre de manera más pacífica y placentera de lo que nos quieren anunciar.

Las personas no quieren contaminar, no buscan acaparar el poder, no intentan explotar a sus semejantes, no les gusta pasar por encima de sus vecinos. Solo los que buscan satisfacer su
ambición desmedida, están dispuestos a entregarse a la imparable vorágine de la acumulación de todo para terminar sus días abandonados en el solitario espacio de la nada.

Vivimos tiempos interesantes, políticos en todo el mundo están intentando cambiar la narrativa, algo traman. Como individuos, tenemos que concentrarnos en nuestra vida, en nuestras relaciones y vacunarnos contra ese virus, muy viral, del pensamiento único.

Que las repetidoras descarguen su discurso, nosotros, a vivir la vida.

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