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La lucha humana contra lo omnipotente

Correspondencias | Alfredo Loera | @alfredoloeramx

La humanidad siempre ha estado en un callejón sin salida. Al menos, a lo largo de las distintas épocas ese ha sido el sentimiento. Se trata de la fatalidad de nuestra condición. La diferencia hoy en día es que el mal se ha hecho planetario, bajo el sino de una pandemia. Sin embargo, no es algo nuevo, a pesar de que podríamos considerarlo así. Dos textos fundacionales de nuestra cultura lo demuestran. Se trata del tema de la causa perdida, de la pelea insensata, de la lucha del ser humano con aquello que evidentemente lo sobrepasa, con aquello que incluso es inefable, muchas veces representado bajo la figura de Dios, llámese Zeus o Yahvé. Los textos referidos son la tragedia de Esquilo Prometeo encadenado (siglo IV a. C.) y el texto bíblico conocido como El libro de Job (siglo V a. C.).

A pesar de albergar un origen distinto -pues el primero proviene de la cultura griega, y el segundo de la hebrea- resulta interesante que el tema es el mismo: la lucha con lo omnipotente. Es aún más interesante la ironía desarrollada en dichos libros en forma de pregunta implícita, y de ahí la gran relevancia dramática y poética de ambas obras: ¿vale la pena confrontarse con lo invencible? Porque, ¿qué caso tiene pelear con algo indestructible e inefable, algo que incluso es la causa de nuestra creación misma? De los dos textos puede inferirse que se lucha simplemente por dignidad y he ahí la emoción trágica que transmiten.

Pero veamos algunas particularidades. Me parece muy interesante compararlos, y de ahí comprender las diferencias esenciales de las dos culturas. Aunque Prometeo y Job retan al Omnipotente, sus actitudes son disímiles. Esas disimilitudes son el indicio de la crisis perpetua de la cultura occidental, su contradicción de base, pues todos los occidentales, nos guste o no, frente a la adversidad total actuamos en una combinación entre prometeica y jobiana; es decir, entre heroica y suplicante. Alguien podría decir que eso ocurre en realidad por la inconsistencia de las conductas humanas, y yo, estimado lector, estoy de acuerdo. Pero no podemos negar, por otra parte, la gran influencia cultural griega y hebrea en el presente. Y una época de adversidad masiva, como la que vivimos, desde luego encuentra vasos comunicantes con estos textos. Al menos, de pronto en la atmósfera experimentada en este último año y medio de estar en pugna con un enemigo invisible e inefable, una especie de castigo divino (y nótese mi sarcasmo), no pude evitar la tentación de releerlos y como resultado de dicha relectura se me vino a la mente escribir estas líneas.

Desde luego, Prometeo también es un dios, es uno de los Titanes, pero en la tragedia de Esquilo no se presenta como tal. En todo caso es el más humano de los dioses griegos, quien los amó más, y he ahí el innegable parecido con Cristo, de quien fue precursor al convertirse en el primer dios-hombre. No en balde Prometeo fue quien les entregó el dominio del fuego a los mortales y por lo tanto el domino de las artes. Por ello, Zeus lo castigó al anclarlo, en una especie de proto-crucifixión, en una montaña en los confines del mundo. “Robé del fuego, en una oculta caña, la recóndita fuente que sería maestra de las artes y un recurso para el hombre. Y aquí pago mi culpa clavado y aherrojado a la intemperie.”, dice el héroe. Pero ¿cuál es la postura de Prometeo ante la lucha con el Dios Todopoderoso? A diferencia de Job, él no claudica ni se arrepiente de su postura. En algún momento de la tragedia, es visitado por dos deidades, Océano y Hermes. Océano viene hasta el lugar de su tortura como un amigo, y le sugiere ofrezca disculpas por la insensatez de no haber seguido las órdenes de Zeus al entregar el fuego a los humanos. El castigado se niega a hacerlo y le sugiere al visitante que se aleje de él, antes de que el Todopoderoso Dios del Trueno sospeche alguna complicidad en la falta. Océano en su prudencia, pero quizás en la llana cobardía, decide hacer caso al consejo y se aleja en el carro jalado por el grifo. La segunda visita, la de Hermes, entra en un diálogo parcial con el texto de Job, que comentaré brevemente en el siguiente párrafo, pues en la tragedia de Esquilo el Omnipotente Zeus jamás aparece, es tan supremo que no se digna a hablar con su prisionero; en vez de eso manda a su heraldo, al Dios de los Pies Alados. Éste último, le hace ver a Prometeo la necedad de su causa. Al escuchar los motivos de Prometeo, Hermes dice: “Las frases que pronuncias son las que oír solemos de labios de un demente. ¿En qué se diferencian de un delirio sus votos? ¿En qué cede su furia? Mas vosotras, las que compadecéis sus males [Las Oceánidas], abandonad al punto este lugar, no os vaya a trastornar la mente el mugido del trueno al que nada enternece.” El consuelo de Prometeo está en el futuro, y esa es la relevancia de Ío, la bella amante de Zeus convertida en vaca por la celosa Hera. En este sentido, el nombre de Prometeo significa “el que piensa con anticipación”, y de esta manera el héroe anclado en la montaña conoce la forma en que Zeus perderá su reinado: en circunstancias similares que Cronos. El ejecutante será un descendiente de Ío. Prometeo entonces confía en que, al cabo de las generaciones, alguien lo liberará, aunque a lo largo de la lectura esto siempre queda en una posibilidad contingente jamás en una certeza, de ahí lo sublime del sufrimiento del personaje.

Job, por el contrario, es un mortal, un hombre justo que ha tenido, gracias a la venia de Yahvé, una vida próspera, llena de riquezas, descendencia y sabiduría. No obstante, el Yahvé de El libro de Job se parece mucho más a Zeus de lo que pudiera considerarse a primera vista. De igual forma en su omnipotencia es caprichoso. Es muy famoso su diálogo con Satanás, del cual surgirán los sufrimientos de Job. “El día que los Hijos de Dios venían a presentarse ante Yahveh, vino también entre ellos el Satán. Yahveh dijo al Satán: «¿De dónde vienes?» El Satán respondió a Yahveh: «De recorrer la tierra y pasearme por ella.» Y Yahveh dijo al Satán: «¿No te has fijado en mi siervo Job? ¡No hay nadie como él en la tierra; es un hombre cabal, recto, que teme a Dios y se aparta del mal!» Respondió el Satán a Yahveh: «Es que Job teme a Dios de balde? ¿No has levantado tú una valla en torno a él, a su casa y a todas sus posesiones? Has bendecido la obra de sus manos y sus rebaños hormiguean por el país. Pero extiende tu mano y toca todos sus bienes; ¡verás si no te maldice a la cara!» Dijo Yahveh al Satán: «Ahí tienes todos sus bienes en tus manos. Cuida sólo de no poner tu mano en él.» Y el Satán salió de la presencia de Yahveh.”

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Job lo perderá todo, incluida su familia y su salud. Será como un mendigo. Al igual que Prometeo, en medio de sus calamidades, vendrán dos amigos, y un tercer personaje, “el joven indignado”, a cuestionar los reclamos del suplicante: “Había hecho yo un pacto con mis ojos, y no miraba a ninguna doncella. Y ¿cuál es el reparto que hace Dios desde arriba, cuál la suerte que manda Sadday [Yahvé] desde la altura? ¿No es acaso desgracia para el inicuo, tribulación para los malhechores? ¿No ve él mis caminos, no cuenta todos mis pasos? ¿He caminado junto a la mentira? ¿he apretado mi paso hacia la falsedad? ¡Péseme él en balanza de justicia, conozca Dios mi integridad!” Los dos primeros amigos tratarán de convencer a Job -entre muchos otros argumentos demasiado complejos para sintetizarlos en estas líneas- de que Yahvé tiene una causa justa para sus dolores. La falta que ellos cometerán, a mi entender pues no soy teólogo ni lo pretendo, es que no advierten que el Omnipotente lo hace simplemente porque él tiene el poder de hacerlo; es decir, es una vanidad de los mortales explicar las razones de las acciones de Yahvé, y esa es su gran falta. De ahí que al final del poema, les diga que los perdonará por consideración a Job, pues este último fue el único que mantuvo su dignidad mortal al desear una explicación de la boca de Dios mismo, y no a partir de sus conjeturas humanas. El joven indignado, al final de los argumentos de los amigos y de Job, se salva porque es el preámbulo de lo que posteriormente dirá Yahvé a Job desde la tormenta. La sección de donde emana la siguiente cita, es uno de los textos poéticos más potentes de toda la antigüedad y será el origen poético de la obra maestra de Melville, Moby Dick. “Y a Leviatán, ¿le pescarás tú a anzuelo, sujetarás con un cordel su lengua? ¿Harás pasar por su nariz un junco? ¿taladrarás con un gancho su quijada? ¿Te hará por ventura largas súplicas? ¿te hablará con timidez? ¿Pactará contigo un contrato de ser tu siervo para siempre? ¿Jugarás con él como con un pájaro, o lo atarás para juguete de tus niñas? ¿traficarán con él los asociados? ¿se le disputarán los mercaderes? ¿Acribillarás su piel de dardos? ¿clavarás con el arpón su cabeza? Pon sobre él tu mano: ¡al recordar la lucha no tendrás ganas de volver!” A diferencia de Prometeo encadenado, en El libro de Job, el Omnipotente sí aparece y habla directamente con el condenado. Pero tan sólo para cuestionarlo irónicamente, para hacerle ver su pequeñez. Job se retracta a diferencia de Prometeo, quizás por su carácter más terrenal: “Yo te conocía sólo de oídas, mas ahora te han visto mis ojos. Por eso me retracto y me arrepiento en el polvo y la ceniza.” Al final Yahvé le resarce todos sus males, le da riquezas y una nueva familia. Nótese en este caso, la indiferencia hacia la muerte de los primeros hijos de Job, pero esto es congruente con la mirada del texto, porque al ser Yahvé omnipotente no está obligado a justificar sus acciones. En Prometeo encadenado, por el contrario, la justicia es algo que existe más allá de Zeus, y por ello Prometeo encuentra su argumento como válido al haber dado el fuego a los mortales, así está dispuesto a padecer su afrenta.

Prometo y Job se parecen en la intrepidez para retar a lo omnipotente, pero reaccionan de formas distintas; esto no establece ninguna ventaja de uno sobre el otro, simplemente son manifestaciones de sus culturas de origen, la griega y la hebrea. Sin duda nosotros formamos parte de dicha herencia. 

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