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Del dolor sin orillas

Ruta Norte Laguna | Jaime Muñoz Vargas | @rutanortelaguna

Hoy a las 4 pm, en Saltillo y en el marco de la Feria Internacional del Libro Coahuila, será presentado Historias que no pedimos, libro de escritura testimonial publicado por la SEC y la Comisión de Búsqueda de Coahuila. Uno de los prólogos es de Julián Herbert, y el otro mío, éste:

No sin razón, algunos maestros afirman que el aprendizaje suele darse en sentido contrario, es decir, del alumno a quien enseña. Más allá de que esto es frecuentemente cierto, hay casos en los que el aserto se torna incontestable, como recién me acaba de ocurrir en el taller de testimonio en el que, se supone, yo era el instructor, “el maestro”, y cinco mujeres, todas ellas familiares de desaparecidos, las participantes, “las alumnas”. La verdad es que dialogar con ellas, mostrarles la importancia del testimonio escrito como documento con valor público, fue para mí aleccionador, una experiencia de docencia que trascendió a ser humana, de vida.

Nuestro taller de testimonio trabajó viernes y sábados durante los meses de septiembre y octubre de 2019 en un aula de la Secretaría de Cultura de Coahuila Región Laguna. Al principio se inscribieron ocho participantes, pero al poco tiempo de comenzar —no sin que yo lo lamentara— tres dejaron de asistir pues debieron atender otros compromisos. A lo largo de esta experiencia traté de mostrarles un panorama general de los medios de comunicación y sus agentes, quienes escriben. Les comenté que la palabra no es, o no debe ser, patrimonio exclusivo de quienes se dedican al periodismo y la literatura, sino de todo aquel que desee compartir una experiencia, cualquiera que ésta sea.

En el caso de los familiares de desaparecidos, el uso de la palabra es fundamental. Además de buscar medios de expresión —a reporteros y a escritores, por ejemplo— para compartir su experiencia, el camino del testimonio personal se abre como posibilidad de comunicación directa, sin intermediarios. El valor de este género radica precisamente en su capacidad para servir como difusor de realidades generalmente omitidas por los grandes medios, de vivencias padecidas en los planos personal, familiar o comunitario  despojados de poder. El testimonio se coloca así en los pliegues de la comunicación dominante y deja ver algo, lo que sea, desde abajo, desde la vida a ras de suelo.

Las compañeras escucharon atentas todas las exposiciones, digamos, informativas y “teóricas” sobre el tema, y luego pasamos a la etapa en la que escribirían sus testimonios. Traté de desactivar su miedo a la forma o al “estilo”, y les pedí que escribieran como hablan sin preocuparse de algo más que no fuera expresar lo que vivieron y siguen viviendo. Para avanzar con más seguridad, les pedí que primero contaran su experiencia en grupo, y fue allí donde mi circunstancia de “instructor” se reveló menor, casi innecesaria, pues luego de oír sus historias, ¿qué podía enseñarles yo?

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Por desgarradores, sus relatos habitaban —habitan— la orilla de la infelicidad, muy lejos de lo que cualquiera de nosotros, quienes venturosamente no hemos padecido algo así, suponemos que es la tristeza. Más allá, mucho más allá del dolor, las participantes de este taller dieron vuelta a los roles y se convirtieron en instructoras del instructor, en hermosos ejemplos de vida, porque además de contar lo que contaban, lo hacían con entereza, con una voluntad de seguir adelante que yo jamás había visto de cerca.

Los cinco testimonios que escuché y luego leí atraviesan la experiencia del familiar de desaparecido. En todos los casos hay un antes y un después, un crack, una fractura, un día bisagra. La idea es que los potenciales lectores de estos textos escuchen con los ojos a Martha, Gabriela, Norma, Juanita y Yadira; confío en que sean estremecidos y, si no la tienen, adquieran conciencia de la importancia que implica la tragedia de la desaparición.

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