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Texto vía Ruta Norte Laguna

Una mezcla de nostalgia y fetichismo me llevó a conservar dos máquinas mecánicas de escribir. La más antigua es una Remington Portable Model 5, calculo que de la década de los cuarenta. La compré más o menos en 1994 en un bazar donde la vi indefensa y empolvada tras el aparador. Recuerdo que tenía una caja de madera devorada por el tiempo, herrumbrosa de la chapa y ya tan frágil que mejor decidí tirarla. Desde que la compré, su mecanismo no funcionaba, estaba socio y lleno de pelusa, pero de la fachada lucía impecable —negra lustrosa, como de charol— y todas sus teclas conservaban el aspecto original, unas rueditas metálicas con las letras en el centro, blancas como dientes. Nunca en 25 años la usé, y su única utilidad fue ornamental. Es decir, en algún lugar de los espacios que he habitado sustituyó floreros, marcos de fotos, monitos de cerámica. Como todos los objetos caseros, esta Remington se me volvió invisible, pero cada vez que la observaba con detenimiento me reenamoraba de su aspecto sobrio y de paso fabulaba con las cuartillas que alguien, no sé quién o quiénes, vio nacer en su rodillo.

La otra máquina, una Olympia guinda y hermosa, es menos vieja, como de los sesenta o setenta. La conseguí hacia finales de los ochenta, de carambola, y en ella llegué a escribir muchas cuartillas publicadas durante mis primeros años de trabajo en el incierto mundillo del periodismo cultural. Pese a que siempre funcionó bien, las computadoras provocaron que también deviniera adorno. Un día de 2013 alguien me preguntó si tenía una máquina de escribir mecánica, pues Diego Luna presentaría en el Teatro Martínez el monólogo de un personaje escritor (o algo así) y no tenían una a la mano. Dije que sí, mi Olympia salió a escena tecleada por el actor Luna, y durante muchos meses, sin conflicto, mi máquina quedó a resguardo de quien me la pidió prestada. Creo que en 2016 o 2017 me la devolvió, pero ya no le funcionaba la barra espaciadora. No me preocupé tanto, pues mis dos máquinas de escribir inútiles para escribir eran más bien adornos, dos hermosos objetos que yo atesoraba como relojes que ya no dan la hora.

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En diciembre pasado, hasta ahora luego de tantos años, décadas incluso, envié mis dos máquinas a reparación. Tras recogerlas hice lo obvio: en cada una metí una hoja y comencé a teclear. Quise imaginar que yo todavía era capaz de escribir allí, pero me hicieron recular el ruido de los teclazos y la certeza de que me equivocaría sin poder corregir inmediatamente. Ya veré qué uso les doy, pero no es poco saber que seguirán siendo mis dos adornos favoritos.

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