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Dostoievski a 200 años

Correspondencias | Alfredo Loera | @alfredoloeramx

Si me lo preguntan, hay cinco pilares capitales de la literatura universal. Esos son Homero, Dante, Shakespeare, Cervantes y Dostoievski. Hoy en día esto de lo universal y de los hombres blancos y barbados no vende mucho. Dante no era barbado. Y el problema de la blancura es similar al problema de la mexicanidad, o al problema de la argentinidad. Sustentan sus hipótesis, temo decir, en mitos, porque yo preguntaría ¿qué es lo caucásico? ¿Qué es la caucasidad? Hitler, pésima referencia, nunca pudo definirlo. La lucha de clase y la explotación es diferente; el control de las masas organizado desde la estrategia de la guerra perpetua es el verdadero problema, pero ese es un conflicto que, a lo largo del tiempo, ha trascendido las razas y las culturas, sin importar las categorías teóricas. En las calles las teorías se reducen, se obligan a hacerse pragmáticas para ser eficientes. En el Movimiento del 68 cuando Revueltas empezaba a teorizar sobre el materialismo dialéctico en las asambleas, de inmediato empezaba el coro “concretito, concretito”. Hace falta más de lo “concretito” en esta verborrea teórica, digna de las más inverosímiles tesis de posgrado. Lo digo con conocimiento de causa, yo también formo parte de ese mundo. 

El hombre siempre ha sido el lobo del hombre. Como las mujeres siempre han sido las lobas de las mujeres, y todas las combinaciones posibles de esas sentencias. Lo más curioso es que los mejores críticos de lo aludido en las líneas arriba, precisamente han sido esos cinco monstruos literarios; por supuesto, bajo sus contextos y limitaciones históricas. Pero de ahí emana gran parte del pensamiento crítico mundial. Marx, Freud, Hegel, y toda la tradición psicológica, económica y filosófica no se comprendería sin ellos. La verdadera literatura es crítica, y el manantial de esa literatura son esos cinco. Todos los demás repiten lo mismo. Hombres y mujeres. Todos. La lectura lo demuestra. La pregunta ahora es si en verdad los hemos leído, sin prejuicios, como cuando un científico se acerca al objeto de estudio. Como cuando alguien quiere en verdad enterarse de algo.

El 11 de noviembre se cumplen doscientos años del nacimiento de Dostoievski. No pongo su nombre completo ni su ficha biográfica, pues lo que verdaderamente importa de ese apellido son sus textos, en especial aquellos posteriores al regreso de Siberia. Evidentemente, la biografía del escritor es cardinal, pero no para minimizarlo, sino para engrandecerlo. Y, sin embargo, Dostoievski no requiere ninguna laudatio, es un hombre que lo ha padecido todo y lo ha trascendido todo, pues incluso él se reiría de mis palabras tan solemnes. Estas sólo surgen de mi admiración a su persona y a su obra. Podríamos decir que estas líneas son casi como una carta de amor, y mi Pessoa de oro no chapeado, aludiendo a un clásico por ahí perdido, ya lo había dicho más o menos así: todas las cartas de amor son cursis porque de lo contrario no son cartas de amor. En ese sentido, algo de la grandeza de Dostoievski es la capacidad de abrigar la emoción humana sin ambages, sin el intelectualismo falso y premeditado de la gran mayoría de nuestros escritores. Dostoievski no le gusta a los “intelectuales” porque es demasiado honesto y demasiado humano. Casi es vulgar. He ahí que ha sido uno de los más grandes psicólogos, uno de los más grandes trágicos. Ningún escritor posterior lo ha superado en la representación literaria del hombre moderno. Ninguno lo superó en la compresión de la psique del asesino serial, nadie ha sido tan capaz de adentrarse a la violencia por la violencia misma, pero no para hacer una apología, como otros muchos de nuestros contemporáneos, sino para comprenderla, para visualizarla sin miedo, sin terror, con el tonelaje suficiente para oler la peste, de soportar la angustia ante la maldad sin pervertirse. Todo esto desde el siglo XIX. No es menor su hazaña, porque no ha habido siglo más maligno como el XX. Por desgracia el XXI quizás no se quedará atrás.

Soy de la convicción de que leer a Dostoievski nos puede hacer mejores personas. No pasa así con todos los escritores. No pasa con Homero por ejemplo, ni con Shakespeare; no por eso dejaremos de leerlos. Pero creo que con Dostoievski algo es distinto. En eso se parece a Cervantes. En el “Prólogo” de El Quijote uno puede conocer la personalidad de Cervantes: era un hombre bueno. No en balde su personaje lo es, a pesar de sus defectos. Dostoievski admiraba al español por esto mismo. Creo que lo emuló como nadie. La cuestión de la bondad ahora está muy mal vista en el contexto de las artes y la literatura; lo peor que le puede pasar a un escritor es ser bueno o querer serlo, se dice, pero creo que ocurre así por una impostura en general dentro del medio, todavía bajo el esquema del romanticismo, y su tan deplorable figura del poeta maldito. Queda claro que se puede ser un artista verdadero sin perder la bondad del espíritu. La situación no implica para nada una pérdida de la mirada crítica. La bondad no equivale a la candidez. La candidez es una de las versiones de la maldad, como bien lo demostró Voltaire. La hipocresía y el resentimiento, como los personajes del autor de Crimen y castigo lo demuestran, también son algunos de los orígenes ocultos de la maldad.

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El tema central de la narrativa del ruso es ese precisamente: el Mal. Se podría decir que es la contracara de Kierkegaard. Fueron los primeros en advertir que lo maligno no es necesariamente algo serio o silencioso; en otras palabras, algo oscuro. La maldad surge de lo frívolo, del aburrimiento, del hastío. El nihilista es alguien aburrido. No es alguien atormentado por fuerzas externas como muchas veces nos imaginamos, no es alguien con carencias materiales. La maldad puede ser de lo más abierta y platicadora posible, de lo más afable, de lo más sana, proveniente de las capas sociales más acomodadas, de los ejemplos validados por la cultura, con toda la ironía puesta en la frase. Rakólnikov y Stavrogin eran seres carismáticos, cautivadores, seres de luz, y cometieron las peores atrocidades con toda la intención y premeditación de sus acciones. Dostoievski fue el primero en darse cuenta de que todos, absolutamente todos, por más que no nos agrade la idea, estamos al borde del crimen. Feliz cumpleaños, Dostoievski. 

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