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Un protagonista aproblemado y conflictivo; una mujer astuta, apasionante y llena de secretos; un tipo rico ingenuo o cruel al que hay que matar, ya sea por su dinero, un sentido vindicativo de la justicia o por el mismo hecho de matarlo; una sociedad fría e indiferente, en la que quienes menos la temen, son los que más deben y más pagan; un combate constante e infructuoso contra una vida que parece carecer de sentido; un final trágico que corta de golpe un camino tórrido y lleno de volantazos…

Todas estas características – típicas de la llamada “literatura negra” o “literatura del crimen” -, se han hecho de un lugar tan firme en el imaginario popular que, aunque no todos hayan leído el género, son capaces de identificar sus clichés. Clichés que – como en todos los géneros – han sido utilizados mil y un veces de manera formulaica por autores que se propusieron escribir un género, no una historia. No es el propósito del presente artículo unirse a la turba contra los clichés: un género literario a fin de cuentas se compone de una serie de convenciones con las que una sociedad determinada retrata artísticamente una cualidad de sí misma, y en todos los géneros es un proceso entretenido identificar los clichés, verlos en su etapa más refinada, ser subvertidos y – tal vez – abandonados por otros nuevos.

Los clichés hablan del entendimiento limitado que ofrece el arte sobre la sociedad en la que se crea, a la que sigue como el pajarillo cantor al atardecer. En este proceso de reflejo, un evento interesante como lector es descubrir (o redescubrir) el origen de los clichés, los engranajes literarios de un género.

En el caso de la literatura noir – al menos de su vertiente estadounidense -, uno de estos ejemplos es la novela El cartero llama dos veces (1934), de James M. Cain.

La novela de Cain – autor de la también reconocida novela Pacto de sangre (Double Indemnity, 1936) – nos pone en los zapatos de Frank Chambers: un trotamundos originario de San Francisco, California, que un buen día llega a la fonda Los Robles Gemelos cerca de Los Ángeles. Ahí conoce al dueño del lugar, un inmigrante griego llamado Nick Papadakis, quien le ofrece trabajo como ayudante; pero sobre todo, conoce a Cora, esposa del griego. El párrafo inicial de la novela nos introduce a la clase de persona que es Frank:

A eso del mediodía me arrojaron del camión de heno. Me había montado en él la noche anterior en la frontera, y apenas tendido bajo la lona me quedé profundamente dormido. Estaba muy necesitado de ese sueño, después de las tres semanas que acababa de pasar en Tijuana, y dormía aún cuando el camión se detuvo a un lado del camino para que se enfriase el motor. Entonces vieron un pie que salía debajo de la lona y me arrojaron al camino. Intenté hacer unas bromas, pero el resultado fue un fracaso y comprendí que era inútil esperar nada. Me dieron un cigarrillo, sin embargo, y eché a andar en busca de algo que comer. (P. 9)

Lectura recomendada: Los viernes de Lautaro: El lejano desierto de Jesús Gardea.

Uno de los tropos de la novela “noir” o “hard-boiled” se presenta de propia voz al lector: la del protagonista práctico en un mundo práctico, golpeado por la Gran Depresión de 1929. El “hard-boiled” – como subdivisión de la literatura criminal – fue el nombre que se le dio a los relatos criminales sórdidos que nacieron en las revistas “pulp” de los años 20, donde la violencia traída por la prohibición en la producción y venta de alcohol (la “ley seca” 1920 – 1933), el sexo y la desilusión con la realidad estadounidense fueron los estandartes. Esta literatura se ha entendido como una rebelión ante la novela criminal dominante hasta el momento – mayoritariamente inglesa -, en el que seres humanos excepcionales y exquisitos (como el Sherlock Holmes de Conan Doyle) resuelven asesinatos en mansiones de la clase alta, cometidos por personas que normalmente no recurre al crimen y cuyos motivos están encerrados plenamente en lo individual, separado de la sociedad.

En el hard-boiled, los guantes salen volando de los puños. Las mansiones dan paso a las calles oscuras, la moralidad victoriana a la desilusión y la tensión social, los hombres exquisitos (Holmes) a los tipos caídos, aquellos que le han dado la espalda al mundo o que el mundo les ha dado la espalda a ellos.

Hombres como Frank Chambers. Hombres que conviven con el crimen, se sienten atraídos por él o caen en él por distintas razones. 

En el caso de Chambers, la razón es la esposa de Papadakis, Cora. La pasión entre ellos se da desde el primer vistazo, y dicha pasión pronto los llevará a planear el asesinato del griego con tal de poder estar juntos, quedarse con su negocio y el dinero de su seguro de accidentes. De nuevo, una trama noir que ahora nos parece agotada, pero que aquí se presenta en sus orígenes, y me atrevo a decir, en una de sus más puras expresiones.

Y qué decir del personaje de Cora Papadakis. Aunque es claro que el estereotipo de la mujer seductora antecede a la literatura criminal, el concepto de la femme fatale – la mujer que utiliza su ingenio y sexualidad ya sea como métodos de manipulación o de defensa en un mundo hostil – es otro de los legados de la narrativa negra. 

En el caso de Cora, los claroscuros de un personaje a la vez subversivo y recriminatorio de la femme fatale tiene varios enfoques: su pasado como aspirante a actriz fracasada, en el que recurrió a la prostitución (seguro que por las sensibilidades de la época, nunca se explicita con esa palabra, pero se deja bastante claro) para sobrevivir; su matrimonio con Papadakis debido a su dinero, y al que se refiere con el insulto de “grasiento”; su relación apasionada y sexual con Frank, en la que en ocasiones sufre momentos de culpa moral en las que se llama a sí misma una “arpía”. El amor y el resentimiento hierven en el interior de Cora Papadakis, mezclados con la incertidumbre y culpa que la moral burguesa ha puesto sobre el género femenino. 

Así, trotamundo y “arpía” conspirarán por llevar a cabo el asesinato del griego. Y como usualmente sucede en los crímenes, esa intención será el inicio de una espiral de eventos que pronto serán más grandes de lo que las manos de Chambers y Cora pueden cargar. A través de la narración parca de Chambers y los capítulos cortos – el apartado más extenso es de unas 25 páginas -, el lector vive la enrevesada trama de El cartero siempre llama dos veces, la que a veces peca de ser demasiado vertiginosa para tener oportunidad de digerirla a tiempo. 

Pero sobre todo, el lector vive la tragedia: la tragedia del racismo y la desconfianza de la sociedad estadounidense (en algún momento Frank pregunta a Cora si es de ascendencia mexicana, a lo que ella responde con cierto enojo y pone gran énfasis en negar su parecido); la tragedia de una época reaccionaria, en la que se demoniza moralmente a Cora y se excusa a Frank por el asesinato de Papadakis; la tragedia de un sistema de justicia en el que persecutores y defensores están más ocupados con sus rivalidades personales que en la solución del caso o el bienestar de sus defendidos; y la tragedia de Frank Chambers y Cora Papadakis, que en palabras de esta última:

Mira, Frank: nosotros no somos más que dos despojos. Aquella noche, Dios nos besó en la frente y nos dio lo que dos personas pueden tener en esta vida. Pero no éramos de la misma manera que los que pueden tenerlo. Teníamos todo ese amor y no supimos defenderlo. El amor es como un poderoso motor de avión, con el cual uno puede volar hasta lo más alto de la montaña; pero si ese motor, en lugar de colocarlo en un avión, lo pones en un Ford, lo despedaza en unos segundos. Y nosotros no somos más que eso Frank: un par de Fords. Dios se estará riendo de nosotros desde allá arriba. (p. 120)

El cartero llama dos veces es un ejemplo, pues, de la tragedia humana que trata de retratar el noir. Esta experiencia fue vivida no sólo dentro de las páginas, si no fuera de ellas también. James M. Cain, nacido en 1892 en Annapolis, Maryland, vivió buena parte de su vida en trabajos menores, entre los que estuvieron escritor de guiones de cine y periodista para un periódico del ejército durante la Primera Guerra Mundial, sin mencionar sus intentos por dedicarse al canto como su madre – Rose Cain, cantante de ópera – y que – como Cora con su carrera de actriz -, no consiguió. El nombre mismo del libro es también una declaración de la tragedia, pues no hace referencia a ninguna parte de la historia, si no al hecho de que cada vez que el libro fue rechazado para publicación, el cartero llamaba dos veces a la puerta de Cain para entregar el rechazo.  

La tragedia es, pues, otro de los clichés del noir. Otro cliché del que podemos ver una versión originaria y a la vez refinada en El cartero llama dos veces. En su ensayo El arte de matar.

 (1944) – que ha pasado a ser una de las brújulas teóricas del género negro de este lado del globo -, el escritor Raymond Chandler, famoso a su vez por la novela negra The long goodbye (1953), definió del género y del protagonista que lo habita:

El relato es la aventura de este hombre en busca de una verdad oculta, y no sería una aventura si no le ocurriera a un hombre adecuado para las aventuras. Tiene una amplitud de conciencia que le asombra a uno, pero que le pertenece por derecho propio, porque pertenece al mundo en que vive. Si hubiera bastantes hombres como él, creo que el mundo sería un lugar muy seguro en el que vivir, y sin embargo no demasiado aburrido como para que no valiera la pena habitar en él. 

Uno de las expresiones de esta convención es El cartero llama dos veces, de James M. Cain. La presente reseña se basó en una edición de 1980 de la colección Novela Negra de Editorial Libro Amigo Bruguera. Pero no faltará quien haya reeditado el mayor legado de Cain a la literatura universal: un noir de vejo cuño. 

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