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El modernismo y su actualidad

Correspondencias | Alfredo Loera | @alfredoloeramx

Nunca he sido muy asiduo al modernismo mexicano. La poesía de Gutiérrez Nájera, Amado Nervo o Díaz Mirón aunque formalmente excelente (pocos poetas actuales logran un ritmo y rima similares) no deja de ser para mi gusto superflua, repleta de lugares comunes y, sobre todo, de cursilería. El poema “La duquesa Job” no deja de ser una curiosidad. Para alguien ajeno por completo a la escuela literaria de la Ciudad de México (con todo su provincianismo, como ya lo advertía José Vasconcelos), sin importar el comentario crítico y generoso de los maestros de la UNAM, resulta completamente fallido. Si algo escribieron perdurable más allá de su tiempo Gutiérrez Nájera y Amado Nervo, no se encuentra en sus versos. Fueron excelentes cronistas, protocuentistas. El cuento mexicano contemporáneo tiene su origen en esa estrella resplandeciente que con el paso de las décadas va imponiéndose a Juan Rulfo: me refiero a José Revueltas. Revueltas es el verdadero contemporáneo y el futuro (Véase “La conjetura”, por ejemplo, y todo lo que le deben Carlos Montemayor o Eduardo Antonio Parra, quienes pienso poseen el lenguaje adecuado para contar el horror de nuestra narcocultura). Sin embargo, no podemos negar la importancia de Nervo y Nájera en la evolución de la narrativa mexicana. “La novela del tranvía”, del último, es un texto necesario. Y esto ocurre por lo que Enrique Serna comenta: “La mayor limitación de los poetas modernistas, especialmente de Amado Nervo, fue no haber llevado su esteticismo al extremo de la subversión moral. Cosmopolitas en literatura, pero terriblemente provincianos en materia de moral familiar y sexual, renovaron el lenguaje poético y combatieron el estancamiento del gusto, no así el estancamiento de las conciencias. El párroco de aldea que llevaban dentro les impidió pasar de la audacia expresiva a la transgresión de un código obsoleto que sus contemporáneos europeos ya empezaban a cuestionar, no sólo en escritura, sino con su propia conducta” (“Lubricidades tristes”, en Las caricaturas me hacen llorar, Editorial Terracota, 2020). Ya Rimbaud y Verlaine se habían ido y venido (literalmente) con sus amoríos homosexuales para finales de la década de los ochenta del siglo XIX francés, cuando nuestros poetas modernistas mexicanos aún no se atrevían a bajar a la mujer del pedestal de virgen. Ese proceso todavía en pleno siglo XXI sigue pendiente para muchos. Por supuesto, gran parte de dichas circunstancias también se debe a un contexto. Los modernistas de nuestro país fueron los poetas oficiales, o no, del Porfiriato (muchas de sus publicaciones fueron subvencionadas por el gobierno gracias a la presencia Justo Sierra). Debían acatar la moral de la dictadura de Porfirio Díaz si no querían acabar en la cárcel. Y aprovecho para comentar que Porfirio Díaz es indefendible, jamás fuimos potencia en su dictadura. Hubo una élite a costa de la explotación de millones de mexicanos. Gran parte de nuestros tatarabuelos aquí en La Laguna dependían de las tiendas de raya, lo cual es equivalente a la distribución racionalizada de alimentos imperante en las dictaduras de Venezuela y Cuba de nuestro tiempo. El afrancesamiento, esa “cultura universal”, se dio en la Ciudad de México solamente, si seguimos a Walter Benjamin, a raíz de una barbarie atroz, que dio origen al nihilismo de hombres como Francisco Villa. ¿Cuánta fue la crueldad del régimen como para que el proceso social diera a luz a la bestia humana que fue Villa?

Pero volviendo a nuestro tema lírico y fútil, los poetas modernistas en general, a pesar de su importancia dentro de la cultura hispanoamericana, en nuestro tiempo se sienten lejanos en el espíritu. Digo en general, porque es verdad que hay algunas obras bastante rescatables, sobre todo ahora que la poesía ha perdido relevancia dentro de la sociedad. Pienso que esa relevancia ha sido mermada porque el poeta hoy ha perdido el oficio de entender y trabajar la sonoridad de las palabras, los acentos dentro del verso más allá de la rima, por la influencia computacional, como bien lo dice Lufloro Panadero, del rayo versificador del “Enter”. Esa sonoridad sí que estaba en los modernistas. Pienso que el gran maestro de maestros y fundador del modernismo ya no mexicano (que como Paz lo decía fue pobre, representado principalmente por Enrique González Martínez, quien deseaba clausurarlo con ese célebre verso de “Tuércele el cuello al cisne de engañoso plumaje”, el cual para nosotros no deja de ser paródico por aquella otra referencia del “ganso”; véase “Introducción a la historia de la poesía mexicana”, en El ensayo mexicano moderno FCE, 1958); ese modernismo continental (disculpen la acumulación de subordinadas), que encuentra a uno de sus fundadores en el colombiano José Asunción Silva. Según Sebastián Porrini, Asunción Silva es una especie de Rimbaud. Hombre atormentado que se suicidaría a la edad de los treinta y un años (perdió la gran parte de su obra trabajada a lo largo de su vida en un naufragio). El “Nocturno III”, escrito a la edad de los veinte, es uno de los grandes poemas de la literatura en lengua española. “Y era una sola sombra larga/ Y era una sola sombra larga/ Y era una sola sombra larga”… “Como en esa noche llena de perfumes, de murmullos y de música de alas,”. ¿Sientes el ritmo, estimado lector? Es algo que se extraña en la poesía actual. 

No se niega la influencia de Poe y su “The Raven”. Pero la profundidad del poema, y sobre todo la sonoridad, lo independizan de cualquier antecedente. Búscalo o reléelo, estimado amigo, y dime honestamente: ¿quién ha escrito algo similar dentro de nuestra generación? Nadie. Sin duda hoy hay poemas muy sesudos o muy apegados a una teoría estética (donde se incluyen un sinfín de glosas para entender lo escrito), pero ninguno es tan inmediato como para leerlo en un micrófono en la Plaza de Armas. La poesía modernista tiene este halo, es popular, se puede leer donde sea, sin importar lo que comentaba en las primeras líneas respecto a su cursilería, pues como decía Jaime Sabines la forma clásica contiene la emoción, la hace digerible para quien la lee o escucha. No en balde “Algo sobre la muerte del mayor Sabines” busca la forma clásica del soneto. Asunción Silva no es nada cursi, en todo caso es romántico en el sentido germánico de la palabra (y eso no es poco), y por ello es contemporáneo y extraordinario, trasciende al modernismo. Pero creo necesario rescatar este oficio de los modernistas, esta capacidad artesanal de trabajar el lenguaje, el cual como tradición poética nos pertenece a los americanos hispanohablantes. El modernismo fue la primera corriente poética que influyó en Europa. Fue nuestra independencia artística. Lo que nos repele fue su cursilería, sí, es verdad, pero no su oficio. No su capacidad de ser artesanos del lenguaje. No su capacidad de inventar versos y rimas. No su capacidad de ser clásicos. Y si hubo un modernista clásico, ese fue Manuel José Othón: el único mexicano que yo rescato de este momento.

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Sé que yo no soy nadie para rescatar a nadie, pero mi autoridad de lector me permite hablar de él, pues su “Idilio salvaje” es uno de los más grandes poemas mexicanos y de nuestra lengua. Creo que nadie escribió mejores sonetos. Sólo Sor Juana Inés de la Cruz lo supera en ese aspecto, pero incluso, si hablamos del soneto, Othón es mucho más honesto, habla de una manera más franca a pesar de la forma. Nadie ha escrito sonetos como si fuera un habla coloquial como Othón. Provincianamente (todos somos provincianos en este planeta), agrego que Othón vivió en nuestras tierras. Acá en Lerdo en la clínica “La Divina Providencia”, en la calle Allende esquina con Belisario Domínguez, aparece una placa colocada el 23 de noviembre de 1958, donde se dice que el poeta habitó la casona. La presencia del poeta en nuestro entorno se manifiesta en su misma obra por “Una estepa del Nazas”, origen del nombre de una célebre revista local de décadas anteriores, que por ser del dominio público me permito compartir completo:

Una estepa del Nazas

¡Ni un verdecido alcor, ni una pradera!

Tan sólo miro, de mi vista enfrente,

la llanura sin fin, seca y ardiente

donde jamás reinó la primavera.

 

Rueda el río monótono en la austera

cuenca, sin un cantil ni una rompiente

y, al ras del horizonte, el sol poniente,

cual la boca de un horno, reverbera.

 

Y en esta gama gris que no abrillanta

ningún color; aquí, do el aire azota

con ígneo soplo la reseca planta,

 

sólo, al romper su cárcel, la bellota

en el pajizo algodonal levanta

de su cándido airón la blanca nota. 

  

Nótese la presencia del algodón en nuestra región ya en el siglo XIX. Si acá tenemos un poeta, ese es Manuel José Othón, quien era nuestro vate cuando la región ni siquiera tenía el título de ciudad. Después nuestra tradición poética la verdad es que ha sido pobre, y creo que eso se debe a que el poeta de nuestras ciudades no trabaja el oficio ni la forma. No domina su lenguaje. Esto es cierto, sinceramente, y hay que aceptarlo. Pues yo preguntaría, ¿por qué nunca se ha escrito un poema importante al río Nazas? Hace unos años sentimos su potencia que movía los puentes, esa potencia eterna que da la naturaleza. Es muy probable que cuando la humanidad desaparezca después de mucho miles o millones de años ese afluente vuelva a su cauce, rompiendo las barreras de las presas que ahora lo contienen. El agua continuará corriendo sin importar nuestra presencia. ¿No hay ahí un germen poético?

Pero más allá de eso Manuel José Othón tiene versos muy cercanos a nuestra realidad desértica, en especial, en el ya citado “Idilio Salvaje”, publicado en 1906 de manera póstuma. Acá el capítulo V:

¡Qué enferma y dolorida lontananza!

¡Qué inexorable y hosca la llanura!

Flota en todo el paisaje tal pavura

como si fuera un campo de matanza.

 

Y la sombra que avanza, avanza, avanza,

parece, con su trágica envoltura,

el alma ingente, plena de amargura,

de los que han de morir sin esperanza.

 

Y allí estamos nosotros, oprimidos

por la angustia de todas las pasiones,

bajo el peso de todos los olvidos.

 

En un cielo de plomo el sol ya muerto,

y en nuestros desgarrados corazones

¡El desierto, el desierto… y el desierto!

Ese último verso, estimado amigo lector, lo he cantado en muchas cantinas a lo largo de muchas ciudades de nuestro país, y nunca me he sentido más poderoso.

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