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El mundo conocido

Justo comenzaba a sentir que había desperdiciado su dinero, que hubiera sido mejor ahorrar un poco más para comprar otra mejora, cuando dio el siguiente clic. El cielo del mediodía se tornó negro, más negro incluso que la noche y la gente, ¡Dios mío la gente! Las calles abarrotadas de personas se convirtieron en una fluida masa rojiza, tuvo la sensación de estar sumergido en un río de lava y las calles eran sus afluentes. No habría descrito aquel escenario como hermoso, pero sin dudas, fue como si de pronto con el poder de un clic, se hubiera teletransportado a otro mundo, uno de árboles azules y objetos de color caprichoso.

Siguió caminado. Dio otro clic. Visión de radiación de microondas.

En el momento en que se activó no tenía una vista despejada del cielo, los edificios interrumpían la vista. Se detuvo en seco para apreciar los múltiples eclipses que se posaban a su alrededor, docenas de ellos, penumbras hijas de la luz cegadora que fluye desde más allá de cualquier cosa imaginable; desde los confines del inicio del universo mismo, la historia no contada ahora visible y de los colosos de concreto, habitantes de la ciudad. Él miraba directo a un pasado hace más de trescientos ochenta mil años.

Al llegar a su casa, sin pensarlo dos veces, subió a la azotea, al estar allá arriba, dio el siguiente clic. Gigantescas espirales se arremolinaban sobre su cabeza, dibujadas en el cielo profundo. Con ese clic sus ojos humanos se hicieron capaces de detectar los rayos x. Aquellos remolinos eran agujeros negros. Después se enteraría.

Ansioso avanzó. Visión de rayos gamma, nada, por lo menos nada impresionante, esperó unos minutos, casi da el siguiente clic cuando desde el lado este de su casa, lo que había comenzado como un punto diminuto y anaranjado creció de manera descomunal en el cielo; la violenta explosión de una supernova en algún recóndito punto del universo conocido había tenido lugar en ese momento, capas y capas de material estelar se expandían a una velocidad vertiginosa a través de la inmensidad del espacio, convirtiéndose sin saber, en el simiente de cuerpos estelares y de la vida.

¿Por qué esta mejora no es más popular?, pensó. Casi todos prefieren comprar una mejora de la cámara intraocular o una ampliación de memoria, para traer en la cabeza todas esas fotografías que toman con sus cámaras intraoculares de última generación. Pensó en todos aquellos que pagan miles por mejoras de realidad, para ver a quien les plazca, para no ver a quienes no les placen o para encontrarse rodeados de cosas increíbles y exclusivas, como aquel artista que adaptó su realidad para percibir todo en técnicas de pintura, para después brindarle al mundo la realidad de su existencia, esta técnica se consagró entre los artistas e ilustradores con el nombre de corealidad. ¿Pero cómo se les fue esto? ¿Cómo?

Decidió escribir lo que pensaba, con determinación comenzó una carta dirigida a todos y a nadie, ¿por qué? Pensó que era lo adecuado, el papel es tangible, es real y además desde hacía ya mucho tiempo en el planeta que no se escribían cartas de esa manera, era especial. Intentó describir aquel mundo que coexiste con nosotros todo el tiempo, secuestrado por la imperfección de los sentidos biológicos humanos, y que ahora yacían expectantes y ansiosos de ser apreciados por el ojo corriente, por el poeta, por el pintor, por el artista. Se rasgó los sesos buscando los términos ideales, que dieran el peso a aquella magnánima visión que ahora el poseía, aún sin saber qué era lo que significaban esos resplandores en el firmamento ni el azul de los árboles. No lo logró y se arrepintió de nunca haber comprado una mejora de lenguaje, de cualquiera; que idílico sería aquello que escribía, si sus párrafos se hubieran leído en francés, o que potentes e intimidantes, si se hubieran pensado en ruso o alemán, más aún si para el momento él, además, hubiera tenido una ampliación de léxico o una mejora de redacción. Pero a pesar de solo poseer su idioma y vocabulario natural, en algún párrafo de su escrito se versó algo así:

“Mientras permanezcamos humanos, no somos nada más que nuestros sentidos, la forma del contexto, somos el mundo que elegimos ver.”

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