Image default
Portada » El síntoma
Colaboraciones Destacadas Opiniones

El síntoma

Diálogos en el diván | Agustín Palacio 

“Ese día, estaba terminando de hacer mi tarea. No era tan tarde, tal vez las 09:00 p.m.; veía a a mi madre que caminaba de un lado a otro de la casa, se asomaba por la ventana algo angustiada; parece que buscara algo o tal vez estaba vigilante. Ella me decía que era momento de cenar y que tenía que hacerlo en 15 minutos, estaban por dar tal vez las 09:30. Al terminar, mi madre me dijo que era momento que fuera a dormir, por tanto hizo que me levantara de la mesa para asistir a mi cuarto a la cama. Al llegar ella dejó encendida la televisión; por ese momento se encontraba transmitiendo un capítulo de los Looney Tunes, si mal no recuerdo era aquel capítulo en donde Bugs Bunny huye constantemente de un cazador al cual le prepara trampas y ríe de él. No sé en qué momento ni cuando paró, pero la situación se repetía continuamente. Yo sabía que a las 09:30 p.m. tenia que estar en cama, encerrado y viendo dibujos animados.”

Recuerdo esta experiencia que en algún momento escuchaba en el consultorio, lo siguiente a ello, era un hombre de 45 años años dándose cuenta que el ritual emprendido noche a noche era el distractor perfecto para evitar darse cuenta de la constante violencia que su madre sufría por parte de su padre al llegar alcoholizado noche tras noche. Había quedado aturdido con la conexión que pudo establecer a lo largo de diversas sesiones, donde encontraba repudiable el acceso de sus hijos a elementos televisivos como programas, dibujos animados y demás esquemas que él sentía que distraían de las cosas “que de verdad importan”. 

Los traumas gestados de pequeño habían quedado ocultos ante la proyección de disgusto que le provocaba los elementos televisivos, ocultando una situación que para él implicada dolores y culpas inconscientes de los que no había podido hacerse cargo. Es importante subrayar, tal vez como lo he escrito en otros artículos, la importancia de aquello que llamamos “el síntoma”, no como una fuerza a la que hay que erradicar, sino más bien como método de búsqueda que lleva a dar cabida a los procesos inconscientes que causan malestar en el ser humano. Por tanto, regreso a una frase muy mencionada de mis maestros en la universidad “El síntoma es amigo, no enemigo”. Claramente los síntomas generan malestar, no por su capacidad de existir, sino por lo que esconden, ocultan o reprimen ante la vista del sujeto; por tanto, podemos llegar a mencionar que en determinado momento, la mejor ayuda que puede aportar el aparato psíquico a la supervivencia del sujeto es precisamente el síntoma. 

Recuerdo a mi paciente de 45 años inamovible, estructurado y determinado en su hacer y pensar, visiblemente con dificultades para denotar sus propias emociones y poderles dar algún significado, pienso insidiosamente en cómo el recuerdo que oculta ha sido parte de la formación de su ser, pero al mismo tiempo un recuerdo protector que invisibilizaba la angustia proveniente de lo que sucedía en el cuarto de al lado, de la posibilidad de poder contener cualquier ápice que reflejara que él estaba enterado de todo lo que sucedía y que sin embargo no decía nada, como tratando de olvidar, hasta que en la práctica diaria parece ser que hizo efecto. Es entonces que lo traumático vuelve cuando es destapado, cuando nuevamente se hace visible; cuando se es capaz de detectar en el otro los afectos que no han sido dominados. 

Darle nombre a eso ocultó nuestra una capacidad de contener y elaborar diferente. Darle nombre a lo que sucedió o que se representa en la vida de manera incipiente o constante puede enmarcar la puerta virtuosa al contacto emocional, a que las dificultades por primera vez sean vistas desde el terreno de lo infantil, como aquella herida que no ha podido cicatrizar. A veces cuando observo a los demás, viene a mi mente ese planteamiento: ¿Cuántas heridas son las que tenemos abiertas y que no han podido ser cicatrizadas?, ¿Cuántas de esas heridas existen y se encuentran en el aparente olvido… sin contenido? 

Te puede interesar: Pagar por mi salud

Al abrir el recuerdo de la experiencia que fue contada anteriormente, un hombre de 45 años estructurado, determinado e inamovible por fin pudo llorar; llorar como aquel niño de poca edad que estaba sometido al pánico de sus vivencias familiares, con tantas emociones encontradas, por una parte la preocupación constante de la vulneración de su madre sufriendo a manos de un padre que él también amaba y al mismo tiempo decepcionado por darse cuenta de esa otra cara de él; la de la violencia y el exceso. El terror nocturno tenía que ser dirigido a un lugar para convertirlo en algo manejable; el aparente búnker que su madre le formó noche con noche, se convirtió por el contrario en un calvario, en una prisión a la que estaba condenado a estar sentado viendo dibujos animados sin poder hacer algo, cuestionándose una y otra vez a sí mismo; comenzando tal vez a construir un enojo que no podría sacar a la madre amada y vulnerable que lo protegió encerrándolo y haciéndolo participe de esas escenas, ni tampoco al padre que idealizaba, amaba y sentía orgullo pero a la vez el pánico y el deseo de someterle. Este cúmulo de emociones fueron dirigidas entonces a lo único que podía ser dirigido, la televisión y sus dibujos animados; eso sí podía ser odiable.

Artículos Relacionados

La educación en línea y su laberinto de soledad

La prisión del psicólogo

¿Fundirte con tu pareja, o perderte en ella?

Cargando....