El ukulele se encontraba en la oficina, sepultado entre carpetas y columnas de papel, sin sonar, sin tocar una melodía. Estaba deprimido. Poco antes, en aquella tienda donde sobresalía por ser el más lujoso, tenía grandes expectativas de sí mismo. Se imaginaba en la portada de un disco. Esperaba a que el músico de clóset, ahora administrativo, acabara su trabajo para que lo usara, por lo menos, en una reunión familiar. Sabía que sonaría mal, pero a estas alturas, la caricia más torpe lo llevaría al clímax. El ukulele nunca sonó.

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