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El comprensible desinterés por las elecciones en Coahuila

La crisis sanitaria generada por la enfermedad Covid-19 y los puestos que se van a elegir son motivos suficientes para que la ciudadanía no le ponga mucho interés a las elecciones que se llevarán a cabo el próximo domingo 18 de octubre.

De acuerdo con el Observatorio de La Laguna, en 2014, año en el que México y el mundo no estaban pasando por una pandemia, el 60.41 por ciento de los coahuilenses con capacidad para ir a votar no asistieron. Ese año también fue una elección huérfana, sólo se renovó al Congreso local.

Este 2020, con una elección retrasada, huérfana y con un ambiente polarizado, invita a que la ciudadanía se abstenga y acuda en menor proporción a las urnas.

El pasado 5 de septiembre iniciaron formalmente las campañas electorales. En algunos de los casos vimos rostros conocidos, personajes que ya han tenido la oportunidad de poseer una posición en el poder legislativo local y que defraudaron de sobremanera a quienes votaron por ellos.

Los priístas Shamir Fernández y Eduardo Olmos o hasta los panistas Fernando Izaguirre, Gerardo Aguado y Maru Cázares son personas que, en el caso de los adscritos al partido tricolor, buscarán una tercera y segunda oportunidad respectivamente en el Congreso, y los del blanquiazul la reelección para mantenerse otros tres años en el cargo.

Como parte de las actividades organizadas por el Instituto Electoral de Coahuila, se realizó el primer debate regional entre las y los candidatos de la Región Laguna. El ejercicio duró poco más de dos horas y lo único que vimos fueron discursos robóticos, sin propuestas concretas y sin opiniones ni posturas claras.

Preocupa cómo las y los candidatos se animan a ofrecerle al electorado proyectos y promesas que no pueden cumplir. Las tareas de los y las diputadas están muy bien delimitadas por la ley: fiscalizar, representar y legislar. Si cumplieran a cabalidad con ese triángulo de responsabilidades otro gallo cantaría.

En Coahuila, desde que se tiene memoria, hemos tenido un Congreso servil y agachón ante el poder ejecutivo. En esta Legislatura que está por terminar funciones vimos a una oposición maleable, crítica hacia el Gobierno Federal pero complaciente y tibia con la administración estatal. En General, de acuerdo con el estudio Satélite Político, las y los diputados le aprobaron 8 de cada 10 iniciativas al gobernador Miguel Riquelme. Una vez más, como sucedió con Humberto y Rubén Moreira, el Ejecutivo también está fungiendo como amo y señor del legislativo.

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Es complicado invitar a los coahuilenses a votar con este panorama. Las y los diputados, sin duda, nos han defraudado, se han olvidado de los intereses de la ciudadanía. No han representado a quienes los pusieron ahí, por tres años, ganando más de 91 mil pesos mensuales.

Sin embargo, participar podría ayudar a diversificar la conformación del Congreso, a que sea más complicado construir cotos y grupos de poder, a que no todos le digan que sí al gobernador, a que, por lo menos, alguien o algunos se interesen por el bien ciudadano y defiendan sus intereses, a que fiscalicen y pidan cuentas a los funcionarios públicos estatales, a que vigilen el gasto público, a que pronuncien en tribuna las irregularidades que detecten al interior del gobierno.

En fin, en medio de un grisáceo proceso electoral, el mes próximo las y los candidatos se darán cuenta que la ciudadanía está molesta, desilusionada y desinteresada con el quehacer político, ojalá las y los próximos diputados entiendan que su deber no es con el gobernador o con su partido, sino con la gente que diariamente sufre las consecuencias de su indolencia.

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