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A la luz del encendedor

Por Elena Palacios

Luis enciende un cigarro mientras espera el autobús. Son casi las nueve de la noche, pero no siente cansancio. Fuma sin prisa, casi elegante. Con aire disimulado mira a cada persona que pasa. El camión se detiene en la parada. Antes de abordarlo, el fumador aplasta contra un poste lo que queda del cigarro. Elige el asiento trasero y abre el periódico vespertino que lleva bajo el brazo. Encuentra en la sección roja la nota que le interesa: nada se sabe aún de la identidad del llamado “asesino poeta”, quien lleva ya tres víctimas en apenas tres semanas, no deja huellas que lo delaten, salvo un poema distinto en cada uno de los cadáveres, uno de Neruda, uno de Bécquer y uno de Manuel Acuña

Lee y relee el texto, encuentra un extraño placer al hacerlo.

Con la navaja afilada que siempre carga, recorta la noticia, dobla varias veces el papel para que quepa en su bolsillo, luego cierra el periódico y lo abandona sobre el asiento de al lado. El resto del viaje cierra los ojos, no para dormir, sino para ver mejor las fantasías que pueblan su mente. A punto de levantarse y pedir la bajada, llama su atención un libro que cae al piso del autobús desde las manos de su dueña. Horal, alcanza Luis a leer en la portada. No necesita ver el nombre del autor; Jaime Sabines, piensa, uno de mis favoritos. En un rápido movimiento, la joven se inclina, levanta el libro y pide bajar. Luis baja también. 

Pasan de las diez. Aún queda un tramo de casi un kilómetro hasta su casa. La calle descansa desierta y en silencio. El hombre se detiene a encender otro cigarro para dar a la joven la oportunidad de caminar delante de él. Levanta la cara para arrojar el humo hacia la luna inmensa y redonda. Comienza a seguir a la muchacha y la ve colocarse los audífonos del celular. Luis sonríe a su buena suerte. La joven mujer camina de prisa, pero distraída, parece buscar algo en el bolso. Es más alta que yo, aprecia él, que siempre se ha lamentado de su estatura mediocre.

Luis escucha el tono del whatsapp. Es un texto de Adela, su esposa: “Amor, compra otro jarabe, se acabó y la niña tiene tos. No te tardes”. 

Puta madre, murmura contrariado. Conoce el barrio de memoria. Calcula la distancia hasta la farmacia, puede apresurarse, comprar el encargo y regresar para encontrar de nuevo a la joven. Con esa intención, acelera el paso, la alcanza y la rebasa, sin mirarla.

Entonces ella le habla. 

⸺Disculpa, ¿traes encendedor?

Luis se paraliza. Hablar con ella no entra en el plan. Nunca ha habido palabras de por medio con las otras, ni siquiera se permite el contacto cara a cara, hasta ahora. Ella insiste.

⸺¿O cerillos?, por favor ⸺el acento suena a norte, pero un norte dulce, acariciante.

Están a la altura del terreno baldío a espaldas de una bodega abandonada. El corazón de Luis punza en su pecho, casi duele; nervioso, traga saliva, sus manos se humedecen. Del mismo bolsillo en el que lleva la navaja, saca el encendedor, se acerca a ella en ese acto, tan simple e íntimo a la vez, del hombre que ofrece fuego a la mujer, y cuya equivalencia sucede cuando la mujer acomoda el cuello de la camisa o ajusta el nudo de la corbata. Un click y la luz del encendedor, solícita y temblorosa, le deja ver el rostro femenino, descubrir los enormes ojos de gato, la sonrisa casi de niña, el cabello mecido por el viento frío. La lumbre se deja tomar por el cigarro. La chica levanta la cara para aventar el humo y dice:

⸺¡Qué luna!, como para tomarla a cucharadas. Mira…

Luis voltea hacia el cielo y siente, ahora sí, una dolorosa punzada en el pecho. Primero, una sensación ardiente; enseguida, helada como el metal; luego, nada, la aterradora sensación de la nada.

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Adela baja el volumen del televisor y se asoma por la ventana. Su marido no llega y la niña no deja de toser. En el buró de Luis ve el frasco de pastillas. Exhala resignada. Otra vez se le olvidaron, debe andar siguiendo a alguien por la calle, obsesionado, como siempre; maldita manía, menos mal que es inofensiva, piensa mientras toma el celular para mandarle otro mensaje.

Al día siguiente, el periódico anuncia el cuarto crimen: Luis Sánchez, según su identificación oficial, encontrado en un lote baldío, junto a una bodega desocupada. El asesino, según su costumbre, apuñaló repetidamente el pecho de la víctima y dejó sobre el cuerpo un poema, esta vez, de Sabines.

*Este texto forma parte del libro “Cuentos cortos para la gente que duerme sola” y su reproducción fue autorizada por su autora.

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