Por Miguel Ángel Centeno

Durante seis años he tenido la oportunidad de impartir clases de psicología educativa a alumnos de licenciatura, estudiar esta asignatura sin duda ha representado un cambio de perspectiva sobre el proceso enseñanza-aprendizaje y una forma de potencializar la pasión por la instrucción en las aulas, pero también ha sido una forma de confirmar una y otra vez en los cerebros de los alumnos el hastío que a veces deja la educación tradicional. 

Estudiando los enfoques o modelos educativos analizamos entonces la educación tradicional y las prácticas denominadas conductistas. Como una de las primeras lecciones de la psicología educativa el estudiante de esta ciencia conoce el modelo conductista y la mecánica del proceso conocido como estimulo-respuesta, la capacidad de utilizar reforzadores para obtener la conducta deseada, reforzadores positivos y negativos, entre otros conceptos. 

En el enfoque conductista lo más importante es la conducta observable y poco nos detenemos a pensar en los procesos mentales y emocionales que se engranan para que finalmente la conducta emerja. Recompensas y castigos nos estimulan cada día y son un ingrediente esencial para obtener las conductas deseadas: memorización para el examen, asistencia y puntualidad, participación, trabajos finales y otros productos. Trabajos se califican y se acreditan cursos bajo esta dinámica, pero qué sucede con la pasión, con la idealización del estudiante y el interés por el aprendizaje, con su curiosidad, con sus preguntas. Qué sucede con el ser autodidacta, con la disposición para aprender. 

Ring! Suena el timbre y los alumnos salen como disparados, en ausencia de los maestros solo hay respiro y desorden, y algo similar sucede en muchos hogares ante la ausencia de los padres. ¿Por qué sucede esto? ¿Porqué crecemos en el devenir del acato y el desafío? siempre pensando que una fuerza externa debe contenernos, darnos cauce, darnos guía, o de lo contrario no tendremos voluntad, no tendremos estructura, no tendremos límites. Y entonces ¿qué sucede con nuestra inteligible naturaleza? 

Particularmente en estos días he escuchado una y otra vez la máxima “es que la gente no entiende” haciendo referencia a todos aquellos que en esta etapa de confinamiento continúan haciendo reuniones, fiestas, asistiendo a lugares públicos sin usar un cubre-bocas o congregándose en parques y plazas. Ante este tipo de regañonas expresiones no pude dejar de pensar en nuestra inercia a ser guiados, a ser reprimidos por un control externo y también pensaba en nuestra desconfianza en el propio orden y el propio discernimiento. 

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Es entonces que comencé a observar y observarme (ya que también soy la gente) y tuve la impresión de que al inicio de la cuarentena, o cuando todavía lo era, parecíamos como asustados, acatando más las instrucciones de las autoridades de salud, con más orden, esperando el momento en que los contagios disminuyeran para poder salir y hacer nuestras vidas habituales, sin embargo, al pasar los días y ver que lejos de terminar los contagios los números crecían, pareciera que algunas personas comenzaron a cansarse del confinamiento y salieron a hacer sus vidas normales o mejor dicho con pocas precauciones. Observando pues este fenómeno no pude dejar de pensar en esos alumnos que están desesperados por escuchar el sonido del timbre para salir corriendo, que reniegan de los maestros autoritarios pero luego reniegan también de aquellos que dicen no tienen autoridad. ¿Y qué hay en el centro? ¿Qué hay del propio control? ¿Cuándo vamos a cambiar la inercia de este forma de educar? ¿Cuándo vamos a dejar de transmitir esos mensajes? Esos mensajes que flotan en el aire y son escuchados por niños y jóvenes que constantemente interiorizan “es que la gente no entiende”.

Sin duda todo cambio o toda revolución trae consigo etapas de desajuste, miedo y desconfianza, desconfianza en los demás y hasta en nosotros mismos, sin embargo, necesitamos comenzar al menos por nuestro lenguaje, por nuestra convicción, sí es posible: aprender sin el yugo de los profesores, beber con moderación, tener una vida sexual libre y responsable, trabajar por objetivos más que por horarios, tomar las medidas necesarias para protegernos de los contagios de diversas enfermedades, tomar medidas como ser más selectivos para salir sin dejar de salir por completo, tomar una sana distancia, lavarnos las manos, no estornudar hacia los demás, tener en general hábitos más saludables, adaptarnos a nuevos estilos de vida sin dejar de vivir plenamente. Y es que ahora más que nunca debemos funcionar como un colectivo, ahora más que nunca debemos recordar que estamos dotados de un discernimiento y una voluntad dirigida desde nuestros sentidos de responsabilidad y empatía; y es que yo aún sigo creyendo como espero muchos otros, que la gente sí entiende. 

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Soy psicólogo, maestro en terapia familiar y de pareja, y soy catedrático en la escuela de psicología de la Universidad Autónoma de la Laguna, realicé un libro de texto sobre psicología del mexicano para la Universidad Autónoma de Durango y también escribo poesía, he publicado para la revista Estepa del nazas del teatro Isauro Martínez y actualmente está en edición mi libro de poemas.

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