¿A poco no te acuerdas de la frase de Porfirio DíazPobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de EU? Hoy nosotros podríamos parafrasear: Pobre México, tan cerca del político -que sólo piensa en la próxima elección- y tan lejos del estadista -que piensa en la próxima generación-. El estadista toma decisiones y ejecuta acciones efectivas, aunque sean drásticas, para enfrentar una crisis como la del coronavirus; el politiquero minimiza el problema, tilda de alarmistas a los medios y lejos de gobernar como debiera, cree que sigue en campaña con multitudinarias giras, abrazando gente y besando niños, contra toda recomendación sanitaria.

Así lo hizo el presidente mexicano que fue criticado duramente a nivel nacional e internacional por actuar de esa manera irresponsable durante más de un mes, no obstante el acelerado incremento de casos de coronavirus en el mundo, mientras que sus empleados en el gobierno y sus enceguecidos adoradores le aplaudían y festejaban sus errores, ocurrencias y bandazos. El estadista tiene visión, iniciativa, actúa con transparencia, transmite sólo información confiable y emite claridad al comunicarse con sus gobernados, constituyéndose en factor de unidad nacional.

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El politiquero no ve más allá de su limitada y obtusa visión distorsionada, carece de iniciativa, es opaco y esgrime “otros datos” infundados e inverosímiles, suele confundir en lugar de aclarar y es factor de confrontación que polariza a la sociedad. Resulta paradójico el poder y la fuerza del político por la atracción que ejerce en las masas, frente a la debilidad del fallido estadista ignorante, incapaz e inepto que se encierra en su burbuja mesiánica sin ver ni escuchar las voces que le advierten cómo su enceguecida soberbia está llevando al despeñadero al país, como lo hizo su antecesor que hoy disfruta de rampante impunidad.

Según el estudio de GEA-ISA publicado la semana pasada, la aprobación ciudadana del mandatario cayó de 57% en diciembre de 2019 a 47% en este mes de marzo y la desaprobación aumentó de 38 a 46% en el mismo lapso, en buena medida por la errática manera de manejar la crisis del COVID-19. De ahí la urgencia de hacer a un lado la ceguera, la necedad y la cerrazón para dar paso a la visión, apertura e inclusión que acerque a México al estadista que ve en el poder un medio para servir y lo aleje del político que lo ve como un fin para servirse a sí mismo y a sus intereses personales y transexenales. ¿A poco no…?

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