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Estúpido y sensual Beethoven

Correspondencias | Alfredo Loera | @alfredoloera

Sin duda el sordo de Viena ha sido uno de los más grandes artistas de la historia. Según Fernando Vallejo, el más grande de los artes es la música. La literatura no tiene esa inmediatez, no posee esa universalidad, de ahí la nostalgia del autor de la extraordinaria novela La virgen de los sicarios. Ya desde la lengua existe una barrera. La literatura necesita de los traductores, no sólo de una lengua a otra, sino de una época a otra dentro de la misma lengua. Para nosotros los hispanohablantes, El Mío Cid Campeador resultaría ininteligible sin la versión de Pedro Salinas al español moderno. Lo mismo pasa con Shakespeare: un hablante de la lengua inglesa requiere de una versión contemporánea. Pero la música en su ejecución está liberada de estas barreras. Más aún, el ejecutante, al ser completamente social, público, como artista es superior al creador íntimo, al demiurgo del cuarto cerrado, el cual saldrá y mostrará la obra una vez terminada, una vez corregida. El artista musical, así como el actor (y me refiero al verdadero actor, no a quien sube al escenario a hacer berrinches o a dar chistoretes), es superior por el simple hecho de que arriesga el traspié en la ejecución y sobre todo se presta al arte de improvisar en el mejor sentido de la palabra. Dialoga profundamente con los espectadores, de ahí su gozo y gloria o sufrimiento y debacle. El padre de Pavarotti cantaba igual o mejor que Pavarotti, pero jamás pudo con la presión del público: en cada presentación se esperaba un portento. He ahí la mayor expresión artística.

Beethoven es conocido en nuestro siglo como un compositor, pues el hombre murió hace ya casi doscientos años. Sin embargo, es más justo recordarlo como un ejecutante. Venido de la ciudad de Bonn, una pequeña provincia cercana a Bélgica, conquisto la Viena de principios del XIX, capital cultural de la época, y desde luego lo hizo por sus conciertos, pero no únicamente por eso, sino por prestarse a duelos con otros músicos. Es famosa su victoria sobre Robert Schumann, que se volvió loco al cabo de la muerte de su amada Clara, y de quien el poeta Francisco Hernández dedicó uno de sus mejores libros: De cómo Robert Schumann fue vencido por los demonios. Por ello la cautela es cardinal para los artistas, en especial si son románticos, están a nada de enloquecer. Otro ejemplo es Friedrich Hölderlin, de quien Hernández dedicó otro de sus libros: Habla Scardanelli.

Beethoven no se volvió loco, pero sí quedó sordo. No se sabe muy bien el origen de su padecimiento. Se culpa al vaso de plomo con el cual bebía a diario. Le mermó los riñones y los intestinos, y eso le afectó indirectamente el oído. Desde  muy joven, alrededor de la treintena de su edad, padeció continuas diarreas. En sus cartas a su amigo Wegeler aparece la angustia ante la pérdida más preciada para un músico: el sentido del oído.

Puedo decir que estoy viviendo una vida miserable; durante dos años he evitado casi las reuniones sociales porque me es imposible decirle a la gente: «Soy sordo». Si perteneciera a cualquier otra profesión sería más fácil, pero en mi profesión es un estado espantoso, más porque mis enemigos, que no son pocos, ¿qué dirían?

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Beethoven fue un hombre sin tapujos. Goethe, quien fue también su amigo, jamás pudo comprenderlo, a pesar de que su arte y su personalidad lo cautivaban. El autor del Fausto, con todo y su extraordinaria capacidad poética, frente al músico resultaba un tanto pusilánime. Beethoven es el artista moderno, quien no se rebaja a los valores burgueses ni al dinero, es decir, sabe que su arte es superior a cualquier concepción burguesa o convencional de la vida. Él va más allá. No creía, como Bach, ser uno más de los cortesanos; el artista con Beethoven siempre está en lucha con la imposición moral, ideológica y económica, y sus consecuencias materiales para el mismo. Sin duda un precursor fue Mozart. Por lo tanto, hoy en día la música de Beethoven quizás nos parece excesiva, pero yo me pregunto si más bien en nuestro tiempo habremos perdido algo, ¿no será que estamos hasta cierto punto mutilados? ¿No será que nuestra sociedad se ha vuelto desmedidamente cínica? En una de sus cartas el músico de Viena, dice que el cínico se distancia de la vida para no vivirla, pero ningún arte verdadero podrá salir de dicha posición. No puede entenderse la Novena Sinfonía si estas palabras, pero no sólo la Novena, la Eroica y la Quinta en do menor, la Séptima. La estridencia de sus puños sobre el piano en la Sonata Patética o en la Sonata Hammerclaiver nos estremece y nos hace observar que aún tenemos emociones. Nos saca de nosotros mismos, nos desnuda si es que nos dejamos seducir. La música de Beethoven hoy en día puede ser incómoda porque nos evidencia ante los otros. Pero yo soy de la convicción de que el arte verdadero tiene esa aura que posee la música de Ludwig. Fue el primer músico en descubrir la velocidad: escuchemos el cierre del tercer movimiento de la Novena; mucho le debe el rock a sus sinfonías (y a su melena jeje), pero en especial a sus cuartetos de cuerdas, con la Grosse Fuge, de la cual Stravinski dijo que no había mejor pieza musical, pero lo mismo podemos decir del Cuarteto 14, de sonido ciertamente extraordinario en el adagio inicial, considerado por Wagner pura melancolía, o el 15 o el 16. Según J.W.N. Sullivan, Beethoven renovó la música pues en él puede advertirse la grandeza del ser humano en el hecho de soportar las más grandes calamidades. No lo sé, estimado lector, tú dímelo.

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