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Generaciones van, generaciones vienen

Correspondencias | Alfredo Loera

En el epílogo de Temor y temblor, Kierkegaard escribe que todas las generaciones empiezan donde mismo, ninguna puede enseñar a otra a amar o a comprender su tarea. Tampoco ninguna de ellas puede ir más allá que las otras, a menos de ser lo suficientemente presuntuosa como para considerarlo. “Cuando una generación comienza de ese modo, lo trastrueca todo, y entonces no deberá extrañarse de que el mundo parezca estar al revés”. Ninguna ha sufrido, en proporción, más que las anteriores, agrega el danés, y no es válido alardear del sufrimiento en comparación con aquellas del pasado; la tarea de esa generación residirá, precisamente, en aprender a lidiar con la angustia acumulada desde del inicio de la Historia en la realidad humana.

Francisco José Amparán, el gran cuentista lagunero y, también, gran maestro de Historia, una vez nos dijo a sus imberbes alumnos de bachillerato, por allá de 1999, que nuestra generación, los nacidos en la primera mitad de los ochenta, iba a ser la generación clave para el desarrollo futuro de México. Iba a ser la primera ocasión en que la mayoría de la población nacional entraría en una edad laboralmente productiva, con la ventaja de poseer la juventud necesaria para darle un cambio, un nuevo vigor a nuestra dinámica social, caduca desde el 68. Recuerdo esa mañana, al volverme en dirección a mis compañeros, quedar confundido; parecía que Amparán, con dicho comentario, deseaba hacernos ver la principal tarea de nuestra generación. Como bien lo decía Kierkegaard, ninguna puede hacer comprender a la otra. Cada generación empieza donde mismo. Mi generación, considero, es aquella del narcotráfico. Sí, era cierto, iba a ser la primera vez que México contaría con gran fuerza productiva. Irónicamente, concentramos todas nuestras energías en la exportación de amapola. No intento juzgar burdamente un proceso complejo. Quizá sea comprensible, dadas las circunstancias del mundo. 

Pero salgamos a la calle, a pesar de la pandemia; no te preocupes, estimado lector, sólo será un momento. Además, cargamos con nuestros aditamentos de rigor. Gel antibacterial, cubrebocas, ¿qué más se requiere? Subamos al camión, paguemos al chofer y sentémonos. Veamos por la ventanilla la banqueta, las casas. Saquemos nuestro libro de Kierkegaard; te convido un poco de lectura, mira lee un poco; algo nos interrumpe, un enfrenón del autobus. Algo pasa afuera, ¿se trata de un retén? Está cerrada la calle. El chofer hace maniobras, da la vuelta, y por la ventilla nos es posible observar los vehículos de la Guarda Nacional, más al fondo, están cateando una casa. Pero eso no es lo más inesperado. Justo en medio de dos camionetas, con su uniforme militar, sus botas y su rifle FX-05, ahí está Eduardo. Hoy tendrá unos 25 años.

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Tú no lo sabes, estimado lector, pero yo también fui maestro, no de Historia, como Amparán, ni tan brillante, pero sí de Inglés. ¿Y quién es Eduardo? Un antiguo alumno: cursaba la carrera de Arquitectura. Lo recuerdo, especialmente, por su carácter cálido, por su timidez, pero, sobre todo, por sus dibujos. Jamás vi un dibujante más diestro, lograba unas manos dignas de Leonardo Da Vinci. Llevaba sus bocetos en un cilindro. Más de una vez me los mostró; creo haber tenido la suficiente sensibilidad para valorar sus dibujos, los cuales, sin duda, alcanzaban a tener un nivel cautivador. Eduardo lo sabía y por eso me los mostraba. Yo sólo le di clases de Inglés . Él no era muy bueno para los idiomas; no obstante, más de una ocasión le aseguré que, si se lo proponía, en verdad, podría ser artista. Más de una ocasión consideré llevarle libros sobre arte, estética, etcétera. Siempre me ganó el tiempo, la desidia, la urgencia de mi propia generación. Él era uno de los pocos becarios de una de las universidades más caras de la ciudad. Tenía beca del 100%, pues era parte de un programa titulado “Líderes del mañana” o algo por el estilo. Eduardo, por su origen social, y por el racismo de la población estudiantil, nunca se adaptó. A veces, platicaba con él, pero, como digo, únicamente le di clases dos semestres a lo mucho. Siempre tuve en mi cabeza la idea de que el talento de Eduardo se habría impuesto a los prejuicios del ambiente estudiantil y docente. Siempre creí que Eduardo había tomado mi consejo y habría compaginado la arquitectura con la pintura. De algún modo, ingenuamente, creí que le había ayudado a encontrar su tarea generacional. Resarcir de alguna manera la debacle de la mía.

No nos engañemos, la realidad es otra. Todos empezamos donde mismo. Eduardo abandonó la arquitectura y el dibujo. Hoy es un soldado (no encuentro otra palabra más exacta) en esta guerra. Es real, no hay en estas líneas un gramo de ficción melodramática.

  

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