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Por Teresa Muñoz

Presentar un libro no es cualquier cosa. Siempre se debe tener mucho cuidado cuando se recomienda una lectura, es necesario enamorar a los demás de la misma manera como ese libro ya lo hizo contigo, tratando de que el otro vea los elementos que hicieron surgir ese gusto, esa fascinación; así, cuando se pueda dar el diálogo en torno a lo leído, este vaya mucho más allá de la primera visión del que recomienda, para lograr esa plática extraordinaria que resulta con los libros que se convierten en nuestros favoritos.

En el caso de Guerra de intervención de Alfredo Loera, son muchas las cosas que me hicieron engancharme con la lectura, lo cual me lleva a las preguntas ¿por qué leerla? ¿Qué interés pudiera tener para todos ustedes comenzar a leer esta novela? Primero, su extensión: me gustan las novelas gordas, que parece que no te vas a acabar en un día, llenas de historias que se hilan unas con otras, que te llevan de un suceso a otro, de un personaje a otro, de una vida a otra.

A pesar de la portada que nos remite al espacio y nos puede hacer pensar que es una obra de ciencia ficción o de viajes siderales, no lo es. Si tuviera que clasificarla, lo haría dentro de la novela de aventuras, entre realistas y psicodélicas, entre de guerra y locura, aventuras de hombres que se encuentran solos es este mar de posibilidades que es la vida.

Guerra de intervención es una novela que habla sobre el sinsentido que a veces tiene la realidad para muchos de nosotros, también es una novela del desarraigo, la sensación de no pertenencia que cargamos, aunque estemos en nuestro país, en nuestra casa. Hay momentos muy hilarantes, pero no de carcajada sonora en voz alta, sino de esa sonrisa que se expande ante lo que no puedes creer estás leyendo, y cuya forma loca de ser (narrada o vivida por los personajes) te hace reír.  Como esas ideas de conspiraciones que tienen los personajes, las historias que ellos creen son verdad y para nosotros los lectores, son absurdas, como si hubiera una especie de sensación estrafalaria en sus existencias.

La novela nos narra en ciertos momentos la guerra de Irak, lo cual nos permite entrar en la mente del personaje de Mark y su conflicto, la guerra que vive consigo y la sociedad, desde que se alistó al ejército norteamericano. Tenemos solo dos personajes principales que van construyendo un entramado de casualidades, Mark López y el doctor Prometheus Maximus Claudius, quien ya con ese nombre extravagante nos anuncia que su historia será la que levante nuestras sonrisas de duda ante la excéntrica veracidad de lo que hace, lo que narra en su diario o lo que va contando a manera de soliloquio a Mark, mientras trata de llevarlo a seguir un sistema de vida, creado por él mismo, donde Mark se sentirá (según palabras del mismo doctor) mucho mejor.

Mark López es deportado de los Estados Unidos y llega a vivir a una vecindad en la ciudad de Gómez Palacio. Trabaja en un call center pero su visión de vida sigue puesta en Estados Unidos, país al que quiere regresar no como un anhelo o deseo de hacer una nueva vida, sino porque él está convencido de que su vida real está allá, él fue a la guerra por ese país que considera suyo y así nos lo hace ver a través de sus pensamientos que siempre se desarrollan en inglés como prueba total de que es en realidad un ciudadano norteamericano; incluso se permite ser despreciativo con sus jefes, sus compañeros y en general con todos. Es un ser huraño encerrado en la vecindad y en sus pensamientos repetitivos.

Mark López se cruza con el doctor Prometheus Maximus Claudius gracias a la eventualidad de vivir en la misma vecindad y a partir de entonces se convierte en una especie de Sancho Panza que, sin querer, como deslizándose a otra realidad todavía más fantástica que la suya de concebirse ciudadano norteamericano, comienza a creer todas las historias del doctor.

El doctor es un ser que pareciera ha perdido la cabeza, pero al mismo tiempo da la impresión de tener toda la razón. Sus ideas sobre el universo, la conspiración de los Anonakis, la inminente llegada de un planeta, la maquinación de las grandes corporaciones para robar la salud de todo el mundo, pueden parecer absurdas, pero también las vive de tal manera que pueden ser ciertas. No hay punto medio, o le crees o no. Es ese el sentido quijotesco del personaje, Don Quijote decidió entrar a una realidad diferente de lo que era su vida a partir de la lectura de novelas de caballería y cuando terminamos de leer el libro no sabemos si Don Quijote se lo creyó todo o solo hizo que los demás creyeran que él vivía en ese mundo.

Así pasa con el doctor Prometheus Maximus Claudius, y la repetición de su nombre a lo largo de la novela va dándonos la sensación de algo demencial; pareciera que Alfredo Loera quisiera recordarnos que un nombre no es solo la manera como se llama uno, sino que el nombre lleva implícita la batalla que se libra en la vida, la personalidad con la que ya naces o el destino. Y el nombre del doctor Prometheus Maximus Claudios implica las tres situaciones: la batalla, la personalidad grandilocuente y el destino que se toma muy en serio y debe cumplir. La personalidad absurda que da el tener el nombre de tres grandes personajes, la batalla que emprende con su nombre de gran emperador contra las grandes corporaciones y contra la ignorancia de la humanidad, para lograr un mejor mundo; y el destino que no les contaré porque sería como llevarlos al final de la novela antes de que ustedes la lean.

El doctor usa a Mark como una especie de conejillo de indias para comprobar sus ideas, lo espía, lo atiende, lo cuida, pero de alguna manera es como si no lo escuchara; de todas formas, Mark no es un dechado de palabrería, al contrario, Mark se la pasa sintiéndose miserable en sus pensamientos recurrentes, estas historias de guerra, estas historias de sus amores en Norteamérica, esas historias que de pronto él ya no sabe si vivió o las inventó. Por otro lado, el doctor sabe que todo lo que él mismo piensa, teoriza, escribe, es completamente cierto.

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Dos personajes, uno siempre inseguro de la realidad, y el otro absolutamente seguro de la misma. Sin embargo, la irrealidad que Mark tiene en relación consigo mismo, se asemeja más a la verdad que lo que el doctor asegura es la verdad de sus descubrimientos.

El doctor tiene un diario donde escribe la historia de su vida y el momento en que descubrió toda la teoría conspiratoria alrededor de la cual va tejiendo su actuar. Los dos personajes tienen una cojera, pero, a diferencia de Mark, el doctor viaja de una ciudad a otra, de un lugar dentro de la ciudad a otro, se desplaza a pesar de su cojera, se mueve sin cesar hacia donde pueda encontrar más evidencia, más datos que lo ayuden a terminar su teoría. Incluso su pensamiento, la manera como expresa sus ideas tienen algo de frenético, de actividad incansable.

Mark en cambio, siendo más joven, teniendo la ambición de regresar, no hace nada, está estático, en espera de que le sucedan cosas, posee una abulia existencial, como si ya hubiera hecho todo para vivir y lo único que le queda es estar inerte, o dejar que el doctor mueva los hilos de su existencia hacia donde el mismo doctor los necesite.

La novela nos atrapa en mucho por esta unión de personajes completamente opuestos: uno joven el otro viejo, uno estático el otro peregrino, uno sumido en sus pensamientos, silencioso, el otro parlanchín. El doctor como hombre de acción y el otro pasmado ante la realidad, a pesar de haber sido el prototipo del hombre de acción que siempre es representado por el soldado.

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