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Influencers para chicos y grandes

Ruta Norte Laguna | Jaime Muñoz Vargas | @rutanortelaguna

Entre las muchas profesiones aparecidas tras la invención de las redes sociales hay una que destaca por su brillo y su importancia: la de influencer. Nosotros, los rucos provenientes de la era de las cavernas, jamás tuvimos tales paradigmas, de modo que nuestro sueño fue ser futbolistas, pilotos, cantantes, modelos, y ya luego la vida nos ubicó en actividades imprevisibles y grises, convencionales. Hoy, gracias al torrencial intercambio de información suscitado en y por las redes, se ha abierto la posibilidad de ser famoso y rico al unísono gracias a la chamba todavía algo indefinible de influencer. ¿Y qué jale es este? Consiste básicamente, según he visto, en crear mucho “contenido” (las comillas son imprescindibles) atractivo para algún sector de la población dispuesto a convertirse en destinatario habitual, en receptor de los mensajes y casi por añadidura en fan/auspiciador de tal o cual personaje.

Casi todas los tópicos de interés público han sido cubiertos. Hay influencers de chismes, moda, deportes, cocina, cine, sexo, viajes, tecnología, todos de diferentes calidades discursivas y desenvoltura ante las cámaras. Los niños y los jóvenes suelen ser sus principales adictos, y la veneración del público llega al grado de convertir a los influencers en seres sobrenaturales, dueños de verdades casi netafísicas. Hasta hace poco pensé por esto que los influencers sólo podían tener punch ante personas de corta edad, pero ayer, por un video, supe de un caso que me pasmó: el de un tipo ya verdolagón que es considerado (no sé si decir autoconsiderado) influencer y por ello se dedica a dictar, valga el lujoso verbo, conferencias sobre éxito financiero o algo así. En el video de marras (jamás había usado esta horrible locución adverbial adorada por el periodismo añejo: de marras) el sujeto pontifica frente a un público adulto y de repente arremete a vituperios contra un mesero que andaba por allí.

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Como digo, no me asombró que un influencer muestre un perfil de superioridad idiota e incluso no me asombra que el público celebre frases minusvalorativas, ya que hoy es muy común encontrar personas que en cualquier medio a su alcance manifiestan odio o rechazo a la pobreza en todas sus variantes (aporofobia, la llaman desde hace dos décadas). Lo que más me asombró fue ver, no sin tristeza, que la concurrencia estaba constituida por adultos acaso no muy viejos, pero adultos, la mayoría hombres. ¿En serio hay admiradores de influencers mayores de veinte años? Pues sí, lamentablemente sí. Esa escoria actual de las redes sociales, los influencers, no perdona sexo, clase social, interés temático y ahora edad. Ya no es necesario ser niño o adolescente para caer seducido por tarambanas y pagar por oír sus vacuidades en un salón de conferencias.

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