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La supervivencia del ser humano – acorde con su naturaleza social — se dio por medio de la formación de comunidades con otros de su especie, en relaciones enfocadas a producir lo necesario para su existencia. Estas relaciones de producción — de las que nacen las relaciones sociales — llevaron a la creación de la sociedad, con todas las contradicciones que eso supuso y aún supone en esta época de explotación, crisis y agudización de las diferencias entre las clases sociales. Uno de los símbolos de este desarrollo histórico es la ciudad, el espacio que conglomera a una parte considerable de la humanidad, donde millones trabajan, conviven, intercambian y forman lazos entre sí. 

La realidad — y por tanto, el concepto — de la urbe entraña mil y un componentes de todos los colores, desde los más vivaces hasta los más tétricos. Y esta realidad y concepto fue el que en 1972 dio como resultado el libro Las ciudades invisibles, de Italo Calvino.

La vida de Calvino fue un retrato de los devenires del siglo XX. Nació en el municipio de Santiago de las Vegas en La Habana, Cuba, el 15 de octubre de 1923, hijo de un ingeniero agrónomo y una botánica. Se puede decir que en Cuba nomás tuvo su acta de nacimiento, pues en 1925 su familia regresó a Italia y se instaló en la localidad de San Remo. Sus padres eran de inclinaciones socialistas, y eso resultó en que Italo y sus hermanos evadieran los rigores de la educación religiosa, a lo que se añadió que cuando estalló la Segunda Guerra Mundial fue llamado a filas por el ejército, del que desertó para unirse a los partisanos. De esta experiencia nació su primera obra, Los senderos de los nidos de araña (1947), que lo colocó en la tradición del neorrealismo. Después de una breve afiliación al Partido Comunista Italiano de 1944 a finales de los 50, Calvino se estableció en París de 1967 a 1980, época en la que se aproximó al grupo OULIPO (acrónimo de Ouvroir de littérature potentielle, que se traduce como “taller de literatura potencial”), conocido por plantearse estrictas restricciones a la hora de escribir y buscar incentivar el desarrollo creativo. En estos años se publicaron las obras Las cosmicómicas (1965) y la que nos compete hoy, Las ciudades invisibles.

El libro consta de 55 descripciones de alguna ciudad ficticia de entre una y tres cuartillas de duración, enmarcadas como un diálogo entre el veneciano Marco Polo y el emperador Kublai Kan. Estas ciudades se agrupan en distintas temáticas, como son “las ciudades y la memoria”, “las ciudades y los ojos”, “las ciudades escondidas” o “las ciudades y los muertos”, entre otros. A pesar de esta clasificación, ésta no pasa de ser algo meramente formal, pues aunque las ciudades agrupadas sí manejan hasta cierto punto el tema que las titula, no comparten alguna subtrama que las relacione directamente y el tratamiento en ocasiones es tan distinto que una ciudad tras otra se disfruta por sí misma, más que en relación con las demás. 

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Cada ciudad, identificada con un nombre de mujer — como Zaira, Dorotea, Leandra, etc. — es en sí misma una imagen, una viñeta que se presenta al lector con una cierta independencia de las demás, aunque el estilo de Calvino une la narración de principio a fin, esto implica que el tránsito entre relato y relato de las distintas urbes sea variable. En el libro de Calvino, una ciudad puede existir suspendida entre dos montañas por medio de cuerdas, cadenas y pasarelas, como es la ciudad de Octavia; otra puede parecer un barco para los que llegan por el desierto y un camello para los que llegan por mar, como es el caso de la ciudad de Despina. En la ciudad de Zoe, los habitantes cambian diario de residencia y en todas las viviendas de la urbe se puede cocinar, trabajar, orar, vender y reinar; mientras que la ciudad de Andria fue hecha con tal detalle que cada aspecto de la misma coincide con la trayectoria de un planeta o alguna propiedad de los astros, de manera que el día es idéntico en el cielo y la tierra. Mientras tanto, se dice que la ciudad de Zobeida fue levantada por hombres de distintas naciones, todos los cuales tuvieron el mismo sueño de una mujer corriendo por una ciudad desconocida, y crearon Zobeida repitiendo el recorrido del sueño. La ciudad de Maurilia existe mostrándole a los viajeros fotografías y tarjetas postales de cómo lucía la vieja Maurilia, y en Armilla lo único que da fe de la ciudad son las tuberías, regaderas, tinas y sistemas de drenaje que se alzan hacia el cielo sin ninguna pared, piso o techo que los recubra…

Ejemplos como estos conforman Las ciudades invisibles. A pesar de la brevedad de los textos, la mezcolanza y la exploración de conceptos a partir de la ciudad es un atractivo del libro, aunque toma un poco de tiempo acostumbrarse a la descripción (más que narración) de Calvino. Y es que en las urbes de Las ciudades invisibles, el espíritu de la escritura son los juegos de palabras, la elaboración de ideas, los diferentes microanálisis de una o varias partes de la realidad citadina realizados a través de recursos literarios como la metáfora o la hipérbole para incitar a la reflexión o llamar la atención sobre el centro del relato. No es meramente un compilado de cuentos que coinciden en la temática citadina (cosa que tiene su mérito propio), sino un caldero hirviente de ideas que la ciudad gatilló en Calvino, y que florecieron en ciudades por derecho propio. 

Algo similar ocurre con las conversaciones entre Polo y el Gran Kan. A pesar de ser el hilo conductor del libro — se supone que todas las ciudades son narradas al Kan por el mercader veneciano cada que regresa de sus viajes —, los diálogos entre ambos que abren y cierran cada capítulo se entienden más como una guía de reflexión, un conglomerado de opiniones que abonan a la temática de la urbe y que sirven incluso para dar pie a discusiones sobre el lenguaje, el paso del tiempo y la existencia misma, pues Macro Polo y Kublai Kan llegan a abstraerse tanto en su discusión que llegan a preguntarse si existen en verdad. Está claro que ambos personajes están ahí más como un ejercicio metanarrativo de Calvino que para dar un periodo histórico específico al compilado de ciudades, pues se llegan a mencionar artilugios modernos como el aeropuerto o la radio, cosa que evidentemente ni Polo ni el Gran Kan conocieron. 

Las ciudades invisibles conoce perfectamente sus prioridades. Lo que el libro se propone es servir de reflexión alrededor de la idea de la ciudad, y eso se dedica a hacer a través de sus 171 páginas. El marco de que las ciudades son descritas y reflexionadas entre Polo y Kan está ahí para darle cuerpo al resto de meditaciones que traen las 55 ciudades contenidas entre esos diálogos, así como un espacio para que el lector pueda respirar, que no sea sólo una descripción tras otra. La heterogeneidad de las meditaciones y las discusiones entre el veneciano y el emperador, por supuesto, implica que algunas parecerán prudentes, otras meramente curiosas y otras más tan abstraídas y guiadas por la semiótica (por la cual Calvino tuvo un gran interés) que pierden el piso y se vuelven meramente un ejercicio de retórica, como es la duda que nace entre Polo y el Kan si existen o no.

Pero entre todo esto, el desarrollo de la ciudad permanece, y así las incertidumbres y posibilidades que encierra. Citando a Calvino durante una conferencia que dio el 29 de marzo de 1983 a estudiantes de la Columbia University de Nueva York, y que la editorial Siruela pone como nota preliminar del libro: 

“¿Qué es hoy la ciudad para nosotros? Creo haber escrito algo como un último poema de amor a las ciudades, cuando es cada vez más difícil vivirlas como ciudades. Tal vez estamos acercándonos a un momento de crisis de la vida urbana y Las ciudades invisibles son un sueño que nace del corazón de las ciudades invivibles. Se habla hoy con la misma insistencia tanto de la destrucción del entorno natural como de la fragilidad de los grandes sistemas tecnológicos que pueden producir perjuicios en cadena, paralizando metrópolis enteras. La crisis de la ciudad demasiado grande es la otra cara de la crisis de la naturaleza. La imagen de la “megalópolis”, la ciudad continua, uniforme, que va cubriendo el mundo, domina también mi libro. Pero libros que profetizan catástrofes y apocalipsis hay muchos; escribir otro sería pleonástico, y sobre todo, no se aviene a mi temperamento. Lo que le importa a mi Marco Polo es descubrir las razones secretas que han llevado a los hombres a vivir en las ciudades, razones que puedan valer más allá de todas las crisis. Las ciudades son un conjunto de muchas cosas: memorias, deseos, signos de un lenguaje; son lugares de trueque, como explican todos los libros de historia de la economía, pero estos trueques no lo son solo de mercancías, son también trueques de palabras, de deseos, de recuerdos. Mi libro se abre y se cierra con las imágenes de ciudades felices que cobran forma y se desvanecen continuamente, escondidas en las ciudades infelices.” (p. 15)

Este ejercicio reflexivo, este idealismo lingüístico, esta contemplación de la modernidad con la suficiente perspicacia para reconocer sus contradicciones y problemas  sin preocuparse por ver la relación entre ellas y cómo encajan dentro de la imagen más amplia son el núcleo de Las ciudades invisibles. Esto es lo que se desengrana en cada página, en la descripción minuciosa que se hace de cada ciudad, que en verdad claman por segundas lecturas. Y que claman ser rearmadas en una narración más grande sobre esa realidad tan variada y contradictoria que es la urbe. Como escribe en uno de los diálogos entre Polo y el Gran Kan:

“Marco Polo describe un puente, piedra por piedra.  

— ¿Pero cuál es la piedra que sostiene el puente? — pregunta Kublai Kan. 

— El puente no está sostenido por esta piedra o por aquella — responde Marco —, sino por la línea del arco que ellas forman.

Kublai permanece silencioso, reflexionando. Después añade: 

— ¿Por qué me hablas de las piedras? Lo único que me importa es el arco.

Polo responde: 

— Sin piedras no hay arco.” (p. 96)De igual manera, Las ciudades invisibles de Italo Calvino está y estará ahí para quien busque pensar un momento en las piedras que componen el arco conocido como ciudad, ya sea para iniciar una conversación más amplia, ya sea para disfrutar de la variedad, imaginación y cuidado al detalle y forma en cada descripción, que se vuelven el receptáculo de mil viñetas urbanas descubiertas y por descubrir. 

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