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Jaime Augusto Shelley: IL MIGLIOR FABBRO

Correspondencias | por Alfredo Loera

El martes 29 de septiembre murió a los 83 años el poeta Jaime Augusto Shelley (Oh, weep for Adonais -he is dead!). Hagamos, entonces, un recuento de su obra, sus enseñanzas, pero, en especial, de su vitalismo.

Su lírica, sin duda, es una de las más originales e importantes del siglo pasado en México; es considerado uno de los renovadores del lenguaje poético de su tiempo. Más allá de los juicios hechos por terceros, los cuales el lector puede revisar por su cuenta, quizás, valga la pena recordar las propias ideas de Shelley sobre la poesía. Tuve la fortuna (sin vanagloria) de haberlas escuchado de su propia boca.

Lo único perdurable es la emoción. La poesía es lenguaje, pero lenguaje cargado de emoción. La poesía no expresa sentimientos; estos están domesticados, ya se encuentran acotados e interpretados por las convenciones sociales y personales. La emoción, por otro lado, es espontanea, contradictoria, a veces incomprensible y, particularmente, amoral. Es la verdad poética emanada de una experiencia humana. El poeta -tal como lo aconsejaba Rilke-, antes de escribir, necesita vivir, experimentar, pero no de forma artificiosa. No se experimenta con la intención de escribir. Se experimenta para vivir la vida. Sólo cuando ocurre este proceso, es cuando, tal vez, y sólo tal vez, quien escribe podrá hablarnos. Nadie lee poesía porque pocos poetas alcanzan a decir lo que todos en realidad ya sabemos. El principal obstáculo del escritor o el poeta es la censura propia: no atreverse a mostrar, a exponer la emoción, por medio del lenguaje poético. No será honesto. No tendrá ningún caso escribir si no se dirá todo. La escritura sólo se justifica para decir verdades, y éstas, desde luego, no son verdades empíricas. Las convenciones, los ocultamientos son propios de la charla, de la comunicación en sociedad, espacio donde son adecuados y pertinentes. Las convenciones en la cosmovisión y en la forma matan lo poético.

Palabras más, palabras menos, muchas veces le escuché decir al maestro Shelley, mientras fumaba su cigarro Camel Wide. Lo decía, a veces con sorna, otras muchas ocasiones exasperado, pues, en ese tiempo, sus alumnos de la Escuela de Escritores de La Laguna muy apenas comprendíamos sus enseñanzas. Pero hablemos de sus versos.

JAS (así firmaba) es principalmente un antipoeta; y no se me malentienda, para nada lo antipoético es un defecto. Ya Nicanor Parra había abierto la nueva senda de la lírica en su libro Poemas y antipoemas. Shelley me parece un continuador de dicha estética. La antipoesía es poesía, es la poesía que se escribió después de Neruda, Valery, Eliot, Pound, Rilke. Por tal motivo, JAS recela del hermetismo y de las imágenes excesivamente metafóricas. Evade la afectación falsa, la cursilería. Es un poeta en busca de la comunicación con el lector. Baja de la torre de marfil, porque para él la poesía no es un acto metafísico, sino uno social. La poesía, para él, contrario a las teorías literarias dominantes, sí tiene una función bastante definida: crear comunidad.

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A lo largo de sus poemas existe una gran desconfianza por el lenguaje y por la tradición. Desea ser lo más claro y simple posible. Como ya se dijo, al igual que Parra, sabe que la gran mayoría de los poetas ha sido víctima de versificaciones retorcidas, las cuales son incomprensibles, incluso para ellos mismos. Un ejemplo de lo anterior es su poema “La silla”. Es una crítica evidente a los poetas, donde se hace notar que la poesía no está en la metáfora, sino en la intuición poética. Lo poético se puede comunicar sin tanto embrollo. El verdadero poeta es quien así lo manifiesta. Acá un fragmento:

Si tengo que mirar un día

la silla como la miro ahora

y tengo que callar a los poetas

para decir tan sólo:

es negra

Es un excelente texto, pues lo poético de una experiencia cotidiana (una silla negra), logra transmitirse en un lenguaje común, para de esta manera darnos a entender que se puede hacer un poema casi de cualquier cosa, cuando existe la intuición y el despojo de los vicios de la tradición lírica. 

Si me voy a quedar aquí

o en otra parte

y voy a contemplar la silla

digo qué me cuesta callar a los poetas

y decir tan sólo

¡es negra!

Otro ejemplo de lo mismo es el poema “A quien corresponda”. 

Si me lo permite:

Sr. Ministro

Sr. Banquero

Su Ilustrísima

-indistintamente-…

Usted,

como todos los demás,

trae una muerte dentro:

¡aprenda a usarla!

En este sentido, su poesía pude ser divida en dos facetas. La más importante, considero, es la social. Gran parte de su escritura mantiene una constante preocupación por la toma de consciencia social. La segunda faceta es la amorosa. De la primera, podemos encontrar, en sus diferentes libros, una vasta cantidad de textos. Destaco entre varios “Guía de la Ciudad de México”, “Pesadilla o realidad”, “Desolación”, “Más allá de los muros”, “Hierro nocturno”, “Himno a la impaciencia” y “Perfil del corrupto”. De este último tengo una especial predilección. Me permito compartir el poema completo.

Hay pobres enseres, gritones y asustados

que viven su pequeña grandeza

adquirida en el soborno

la traición y la mentira.

Hay pequeñas creaturas de terror

que sirven a sus amos

creando imagen imperial

donde sólo medran los desastres.

Hay caciques de la tergiversación

que no aprenden a decir verdad.

Hay jefecillos, infantes de la envidia,

que sólo aspiran a masticar mendrugo

en el festín de espejos crueles.

Desconfiados siempre,

otras especies, más bajas y sucias

que vigilan sus pasos, los cercan y devoran.

Oscuro ese designio

cuando no se sabe, qué, para qué

o para quién; sólo los gusanos,

las hienas y las ratas

pueden, en abyecta circunstancia,

esgrimir una respuesta.

Compadezco su temor,

la sucia muerte.

Me avergüenzo, incluso,

de su estar en existencia.

Pero así es.

La naturaleza se sirve aún

de esas formas

en tránsito fortuito y mendaz,

para que de la putrefacción

brote la vida.   

Su poesía amorosa no deja de ser interesante. Lejos de plantear el amor como un sentimiento recubierto de idealismos (pues recordemos que para Shelley el sentimiento está domesticado), para él es más importante dejar desbordar la emoción, a pesar de que en el texto pueda manifestarse contradictoria. Un ejemplo es el poema “De ti”. Presento un fragmento.

Náufrago del beso, del silencio,

el corazón te aguarda.

De ti lo que el tiempo,

la memoria, los espacios ajenos me han dejado constelado.

De ti el abrazo,

el aire suave transitando en la mirada:

cientos y cientos de palabras viejas rondándome la lengua,

dejándome todo espera,

Aún recuerdo su voz, su carisma de viejo lobo de mar, su amor por la poesía, la literatura y el pensamiento; su generosidad para enseñarnos a un grupo de jóvenes quienes deseábamos escribir sin tener la más mínima idea de lo que eso significaba.

Hay muchas anécdotas, que otros compañeros podrán, con mayor detalle, rememorar. Yo me quedo con dos. La primera de ellas fue cuando nos leyó el poema Las furias y las penas de Neruda, por el hecho de haberme atrevido a mostrar en el taller un poema de amor malísimo (casi todos mis poemas son malísimos). Al escuchar a Neruda en la voz del viejo Shelley, me di cuenta de lo extraviado de mi andanza poética. La segunda anécdota, mucho más extraordinaria, es la ocasión donde nos leyó el poema de su ascendente Percy Bysshe Shelley Adonais: An elegy on the Death of John Keats. Lo hizo en español, no recuerdo la traducción, pero de pronto, por la pura emoción del texto, JAS intercalaba de memoria fragmentos del original inglés. En esos momentos nos era posible advertir, como nunca antes, la prosodia de la gran lírica inglesa. Or go to Rome, or to Rome! De ahí también el verso que incluí al inicio. Oh, weep for Adonais -he is dead! Murió el maestro Shelley. Sus alumnos siempre lo recordaremos, por enseñarnos acerca de la poesía y de la vida: a final de cuentas son la misma cosa. Oh, weep for Adonais -he is dead!  

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