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José Guadalupe Suárez; imaginante

“Sólo el arte penetra lo que el orgullo, la pasión, la inteligencia y la costumbre erigen por todas partes: las realidades aparentes de este mundo. Existe otra realidad, la verdadera, que perdemos de vista. Esa otra realidad siempre nos está enviando señales, que, sin arte, no podríamos recibir.”

Samuel Bellow

Por Alejandro González Enríquez

Lo más bello siempre se esconde en lo cotidiano, en lo que pasa desapercibido a los ojos y que muchas veces no se le presta atención. Así me pasó la tarde de un domingo por la calle cuando en la búsqueda por encontrarme con el maestro Guadalupe Suárez, pasé mil y un veces frente al lugar donde estaba instalado en el jardín de los artistas y fue por casualidad que pudimos encontrarnos y entablar una larga conversación.

El maestro, quien es originario de un poblado lejano en el Estado de México, desde muy pequeño tuvo afinidad por la plasticidad y la expresión estética, dado que su madre hacía bordados en los que él colaboraba.

Pasado el tiempo y ya con residencia en el área metropolitana de la Ciudad de México, comenzó estudios formales de pintura en Ciudad Nezahualcóyotl. Rápidamente fue progresando y no pasó mucho tiempo para que sus profesores le comentaran que ya no tenían más que enseñarle y fue así que intentó matricularse  en la academia de San Carlos y luego en la Esmeralda, pero ninguna de estas fue de su agrado porque tenía muy claro lo que quería, aprender óleo. 

Esta búsqueda constante en su preparación, pero a su vez con un rumbo muy fijo, lo llevó a trazar lo que definiría su temática y matriz técnica. En una ocasión, trabajando en la creación de escenografías para la UNAM, se planteó la siguiente pregunta; ¿Será que una pintura vale más si se nota su pincelada o si ésta se encuentra escondida? A lo que su maestro y mentor de ese momento le respondió que no tenía importancia, pero que si quería aprender a esconder sus pinceladas le diría quién podría ayudarlo. Entonces lo contactó con maestro Adrián Tavera, el cual desarrolló una técnica casi renacentista con escenas de ensueño que permearon en la psique de su joven alumno.

De sus trazos brotaron personajes y contextos de fábula, paisajes que sólo aparecen en nuestros sueños, con una expresión romántica como si del siglo XIX se tratase, pero con una luminosidad que asemejaba mucho más al barroco o al manierismo. El surrealismo tiene la particularidad de utilizar muchos recursos técnicos, pero también personales que nos hacen desmenuzar las emociones, sentidos y pensamientos con analogías mostradas en muy diversas circunstancias. Y hay algo que a mí me llama mucho la atención y es que en el caso particular del maestro José Guadalupe, siempre hay una reminiscencia de formas naturales que se muestra de manera muy sutil en cada cuadro y a lo largo de sus diferentes etapas. 

Un grado mayor de complejidad exige la sintetización de las ideas y da como resultado la abstracción, ese pensamiento complejo que está hasta en la propia naturaleza, pero que sólo el ser humano ha podido entender. Hasta ese punto ha llegado el maestro, después de un encuentro con Rufino Tamayo en el que dijo. “¿Por qué no pintas en serio? Tienes todos los elementos para hacer un buen abstracto”, pero para llegar a esto le tomaría 15 años, despojarse de muchos cánones y premisas establecidas para llegar a ese punto de libertad de creativa.

En la actualidad su obra va y viene del abstracto al surrealismo (sólo cuando alguien se lo pide) y en su basto trabajo se puede entender muy bien lo maravilloso e intenso que es la creación artística y que la búsqueda creativa jamás se termina.

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