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La devaluación de la política

¿A poco no resulta indignante lo devaluada que está la política, cuando debería ser la disciplina más digna,entendida en su sentido teórico de servir al ciudadano? Por desgracia, en la práctica, la mayoría de quienes se dedican a este oficio, lo hacen para beneficiarse a sí mismos y no a quienes están obligados a servir, mientras que el resto de la ciudadanía, por lo general, prefiere no involucrarse en ella, cuando debería ser todo lo contrario.

Porque, como dijo el filósofo español Fernando Savater: Elegir la política es el paso personal que cada ciudadano debe dar, desde su aparente pequeñez que no renuncia a buscar compañeros y cómplices para obtener lo mejor de lo posible frente a las fatalidades supuestamente irremediables. No se puede permanecer pasivo e indiferente ante los errores -voluntarios o involuntarios- y las pifias, corruptelas e ineficiencias en que incurre la clase gobernante.

Por ello, debemos hacer nuestras las palabras del politólogo Pierre Manent: La ambición de la democracia es hacernos pasar de una vida sufrida, recibida, heredada, a una vida querida. Es decir, que lo negativo que otros nos han legado, nosotros podemos y debemos enmendarlo con nuestra participación cívica y política, que no se debe circunscribir al acto de votar; esto es apenas el principio.

A ello le sigue: dar seguimiento a las decisiones y acciones de quienes integran los tres poderes y niveles de gobierno, estar más y mejor informados del quehacer público, exigir el cumplimiento cabal y puntual de las responsabilidades de los actores gubernamentales, formar parte de algún organismo cívico o político y estimular nuestra capacidad de análisis crítico.

En la medida en que la mayoría ciudadana deje de ser sólo mudo testigo del acontecer cotidiano y se convierta en actor protagónico del devenir regional y nacional, podremos romper el nocivo paradigma de la parálisis social para dar pie al decidido y comprometido activismo cívico que logre cumplir con el objetivo de revertir la acelerada devaluación de la política. ¿A poco no…?

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