Portada Reportajeinvestigación deuda, influencias y gastos sobre secretaría de inversión público productiva de Miguel Riquelme
Image default

Correspondencias | Alfredo Loera | @alfredoloeramx

No puedo más que hablar desde mi pequeño mundo. Escribir, pensar las grandes ideas se vuelve complicado. No creo ser mejor que ninguno de mis contemporáneos. No creo tener ideas originales. La verdad es que para mi la escritura no es en sí una vocación, sino más bien ha caído en mis manos de forma fortuita. Puedo considerarme escritor porque escribo, porque he intentado participar en el oficio, con mis colegas; porque me preocupa el estilo, el ritmo de la prosa, pero en ningún sentido por el temperamento. 

Soy en todos los ámbitos un hombre simple, un hombre confundido, sin respuestas. ¿Cómo podría ser entonces un escritor? No llevo un cuaderno de notas, no apunto mis reflexiones; cuando redacto no tengo idea de qué voy a decir. A veces me trazo un plan que es abandonado en la primera frase. Estas líneas han empezado a fluir sin pensarlo mucho. Me detengo cuando no vienen más pensamientos. Redacto porque otros proyectos de mi vida fracasaron.

Un amigo escritor alguna vez me dijo que el escritor escribe porque quiere reafirmarse. Es probable que haya escritores con ese motivo. Se advierte en muchos camaradas. El culto a la propia personalidad es un manjar irresistible para más de uno. No es mi caso. Detesto el culto a la persona. Detesto la valoración literaria por la forma de hablar, de vestir, o porque el escritor forma parte de un grupo encumbrado moral o políticamente. Prefiero las palabras, las llanas palabras. El nombre de la identidad creadora me parece válido que se rescate. Pero no el individuo de carne y hueso. Al menos no para valorar lo que está escrito; para la vida desde luego, para la felicidad desde luego, pero, para ser honestos, no veo mucha relación entre la literatura y la felicidad. La felicidad muchas veces está relacionada con desconocer, con callar, con ocultar. Pero la literatura va en el camino contrario, va en el decir, en el revelar, en el señalar. Por ello es tan incómoda, para todos, incluso para mí. La literatura es desafío. Sólo quienes no tiene nada que perder pueden adentrase de verdad en ella, porque lo más probable es que serán absorbidos por el abismo.

Por eso creo que la escritura no es reafirmación. La escritura en el sentido real de la palabra, en el sentido significativo de la palabra, requiere un fuerte abandono de la personalidad. Se necesita olvidarse de los tabús personales, de los miedos, de la filias. La escritura es sobre todo confrontación, es una lucha interna con las palabras de otros. El lenguaje nos contiene a nosotros, y el lenguaje se impone con su fuerza y tradición en nosotros. Desde luego que alguien puede pretender que esto no es cierto y redactar, plasmar palabras en la computadora o en la hoja como si no existieran esos enormes colosos de la poesía, como Melville, Cervantes, Shakespeare, Dostoievski, pero esa actitud es un engaño, muy parecido al que muchos individuos cada día realizan para inventarse la felicidad. Lo celebro, yo también lo hago, es necesario hacerlo para no perder la cabeza en este mundo desquiciado, porque ciertamente está desquiciado: basta con observar la conducta de los gobernantes del mundo. Sin embargo, insisto, eso no va en la misma corriente que lo literario, que la escritura poética, y lo poético no tiene una relación intrínseca con el verso. La escritura es otra cosa. No me atrevo a dar una definición, me conformo con describir la experiencia, platicarla y compararla con la de otros. En ese sentido me vienen a la mente las palabras de Keats, acerca de la naturaleza del poeta. Keats quien a los 25 años ya lo había escrito todo.

Te puede interesar | ¿Para qué sirve la poesía?

 En cuanto al carácter poético en sí (quiero decir esa especie de la cual yo soy miembro, si es que algo soy; esa especie distinta de la de Wordsworth) no es en sí, no tiene una noción de individualidad, no tiene un yo; es todo y nada, no tiene carácter, disfruta de la luz y de la sombra; vive en el gusto, sea agradable o desagradable, excelso o bajo, rico o pobre, mezquino o elevado. Disfruta tanto al concebir un Yago como una Imogena. Lo que fastidia al filósofo virtuoso hace las delicias del poeta camaleón. No le molesta deleitarse con el lado oscuro de las cosas más que con el lado luminoso […] Un poeta es lo menos poético de todo cuanto existe; como no tiene identidad, continuamente informa y ocupa otros cuerpos; el sol, la luna, el mar y los hombres y mujeres, que son criaturas de impulsos, son poéticas y tienen atributos inmodificables -el poeta no los tiene, no tiene identidad.

Artículos Relacionados

Acusan a la familia Bailleres por amenazas de muerte contra activistas

Editorial

Realizan nuevos cobros en La Jabonera; ahora a personas beneficiarias del DIF

Editorial

Amenaza de tiroteo interrumpe actividades en la Antonio Narro

Editorial
Cargando....