Por Elena Palacios

Es 23 de diciembre y tan temprano, las cobijas a cuadros rojos y blancos, negros y azules, ya cuelgan, recién lavadas, en los tendederos de Cuca. La fachada limpia: las macetas regadas, los adornos de cerámica sacudidos y, flanqueando la puerta principal, dos plantas de nochebuena, compradas en la alameda, caras para el presupuesto de Cuca, pero al menos, por temporada, es un gusto al que no quiere renunciar.

Es seguro que adentro, la viuda se afana también con las tres habitaciones, la sala comedor, y sobre todo, la cocina y el baño. No porque esto no sea la rutina del día, de la semana, de la vida, sino porque la navidad se halla terriblemente cerca, y Cuca espera, como cada año, que esta navidad sí sea una navidad verdadera, de ésas que se ven en la tele: la casa llena de luces y adornada, la mesa poblada de delicias, los aromas a canela y a pino, las mejillas de los niños: cálidas y sonrosadas, y el corazón de los adultos, contagiado de ternura y generosidad. 

Es 24 y comienza el atardecer. La casa de Cuca espera limpia y solitaria, pero van llegando hijos y nietos que ahogan el silencio con sus ruidos y la soledad con presencia, no con compañía. Los chiquillos buscan entretenerse, aunque sea a base de gritos y pequeños pleitos. Los adultos con sus prisas y sus quejas, todas de orden económico. Al padre muerto hace un año, ni se le extraña ni se le nombra. Llevaba muchos años ausente por voluntad propia. La forma de olvidarlo de Cuca, fue guardarle rencor. Un rencor callado apenas suficiente para no extrañarlo ni nombrarlo.

Es nochebuena. Desde la cocina, Cuca observa el escenario: ella sirve platos y vasos; todos cenan y conversan: que si las tiendas a reventar, que si la ciudad llena de zanjas, que si lo caro, que si las ofertas; los chiquillos con su gritería; los adolescentes asomados al mundo de las redes sociales, uno que otro adulto, igual; las hijas y las nueras, en el chismorreo; los varones pidiendo más tamales: no me des de queso, sólo de rojo. Luego toca abrir regalos. La alegría infantil, el desencanto adolescente, la obligación de poner buena cara de los adultos. Cuca abre un regalo, es un chal gris. A ver si te gusta, dice la hija. Se acerca un hijo y le entrega trescientos pesos: me pareció mejor dártelos para que te compres lo que a ti te guste. Cuca agradece y los guarda en su monedero. Otro hijo se acerca y la abraza, te debo el regalo, mamá, ya no me quedó nada, le dice al oído. No te preocupes, responde Cuca.

Ponen música, se ríen. Las envolturas rotas se quedan en el piso, en los sillones. Los niños juegan a perseguirse. Los adultos bailan, Cuca recoge la mesa y se pone a limpiar. Después se sienta en el sofá y mientras mira distraídamente a los que bailan, dice a una nieta: enséñame tu muñeca nueva

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Cuca sale a despedirlos hasta afuera: Dios los bendiga, manejen con cuidado. Préstame doscientos, te los pago en enero, junto con tu regalito, pide en secreto el hijo. Al fin, todos se van. 

Termina de recoger, apaga las luces, todas. Luego se arrepiente y enciende los foquitos de la ventana y los del árbol de navidad. Regresa al porche y recoge las dos macetas de la flor roja, simbólica de la navidad, las coloca junto al abeto artificial. Se lava los dientes y se pone la ropa de dormir. Se mete en su cama, la misma en la que duerme sola desde hace más de veinte años. La reciben las sábanas frías, poco a poco, su cuerpo entrará en calor. Cierra los ojos. Suspira en calma. Recuerda las navidades de su niñez y la primera que pasó junto a su marido. Luego las demás: las de sus hijos cuando eran pequeños. Vuelve a suspirar, se acomoda de lado y mentalmente da gracias, porque eso es lo que se espera: ser agradecida y no quejarse, no pedir. Bastante tiene con su familia: hijos, nietos, nueras; y con que hayan estado esa noche con ella. Se queda dormida.

Es 25 de diciembre. Muy temprano, Cuca despierta alentada por el silencio de la calle, el silencio de su casa, de su habitación. El silencio de su vida. Da gracias, ahora sí con motivo: una vez más sobrevivió a la navidad. No una escena navideña de televisión como la que espera desde siempre, pero sobrevivió: no “la pasó sola” ni abrió las llaves del gas para morirse. Se levanta, va al baño y luego a la cocina. Calienta un café y dos tamales de queso: sus preferidos, los lleva a su buró y enciende el televisor. Le quedan tres o cuatro horas para ella antes de que llegue la familia al recalentado. Tal vez el otro año, piensa sin creerlo, tal vez el otro año la navidad sea mejor.

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