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La iconografía del malestar

La madrugada del 6 de enero del 2013, personas armadas irrumpieron en Tornado y ametrallaron a los asistentes. Siete personas fueron asesinadas*. Cinco más sufrieron lesiones. Después de la masacre, a alguno de los malandros se le ocurrió pintar la fachada del antro con sangre de las víctimas. 

Pasaron días, semanas, meses, años. La sangre fue tapada con una capa de pintura barata que con el paso del tiempo se deslavó y dejó a la vista de todos, transeúntes y automovilistas, quienes circularon por ahí el macabro recuerdo de la sangre (la pinta es visible aún en Google Maps, fechado en el 2014). Al Estado nunca le importó cubrir ese mensaje. Incluso hubo un cambio de administración municipal en el transcurso de ese tiempo y el recado permaneció mal cubierto.

En cambio, este año, dos días después de que aparecieron consignas en muros y bancas por el #25N, en la Alameda Zaragoza y en la fuente que está frente a un colegio en Lerdo, fueron borradas. Además, el agua de las fuentes fue teñida de rojo y removida el mismo día de la intervención. Las manifestaciones fueron eliminadas de inmediato. 

Las autoridades y buena parte de la ciudadanía se manifestaron en contra, pero ¿en realidad a quién le incomodan las pintas? ¿Por qué incomodan? Sin duda al gobierno más que a particulares, pues el Estado es exhibido. Se demuestra, además de la carencia de empatía por parte de los funcionarios ante las exigencias de miles y miles de chicas, la ineficiencia e indiferencia ante las formas legítimas de manifestación. 

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El Estado y sus voceros dejan de lado la causa de la protesta y se vuelcan hacia el señalamiento, “no son formas”, fue el eslogan para combatir las pintas y las intervenciones, y fue adoptado por buena parte de la ciudadanía conservadora. El mismo presidente municipal y la directora del órgano del Estado que se supone debe ver por la mujer, se declararon contra la forma de protestar. En cambio, este mismo año, aprobaron que fuera colocada la escultura de un árbol hecho cacerolas y sartenes como forma de “homenaje” a las mujeres.

Si uno camina por el barrio donde crecí en el centro de Torreón, aún son visibles en algunas fachadas agujeros de bala que sólo fueron blanqueados con cal. Siguen estampados a manera de amenaza. Me atrevo a decir que algunos orificios ya cumplieron una década siendo parte de la decoración callejera. 

 Me causa conflicto la reacción de varias personas ante las protestas feministas, en especial con las pintas. ¿Por qué se incomodan al leer una frase que refleja el hartazgo? ¿Por qué no existe esa molestia con toda la publicidad que existe en las calles? ¿Recuerdan la cara de los candidatos en espectaculares y en volantes y en carteles en toda la ciudad durante las campañas, y más aún, la intervención ciudadana ante esos monigotes que invaden nuestro campo visual (quién no le ha pintado bigotes o ha dejado chimuelo a un candidato que posa en un cartel), impuestos por “el ejercicio democrático”? ¿Por qué incomoda más una pared pintada que una violación, una desaparición, un descuartizamiento, una ejecución?

No hay duda de que nos desenvolvemos en un mundo plagado de signos visuales. Que decodificamos esos signos y los hacemos propios o los obedecemos. El Estado nos impone prohibiciones o nos da permiso mediante señaléticas. Nos implanta visualmente a quienes pretenden gobernarnos. Nos sanciona y nos amedrenta. En cambio, no le interesa intervenir fachadas, banquetas o cualquier espacio público (o privado) para que dejemos de recordar sucesos violentos. La sangre de la maestra asesinada durante el desfile del 16 de noviembre permaneció durante tres días después del ataque. La fachada de la Quinta Italia Inn permanece con los agujeros que la vistieron en la masacre.

Le apostamos al Estado, esa entidad que no es tangible cuando la requerimos pero que es monstruosa cuando la incomodamos, y perdimos. 

Perdimos porque  las prioridades e intereses están por encima de la ciudadanía, de su incomodidad y molestias. En especial cuando el Estado se pronuncia en contra de las manifestaciones, pintas e intervenciones. Como si existiera una manera correcta, una manera legítima de protestar. ¿Por qué protestamos?, porque hace falta.

En el 2015 varios compañeros y yo salimos a pintar consignas a un año de la desaparición forzada de los 43 estudiantes de Ayotzinapa. “Nos faltan 43”, “Fue el Estado”, “El Estado es narco”, aún son legibles en algunas bardas de la ciudad que no pertenecen a ninguna institución del estado o plaza pública. En cambio, las que hicimos en camellones de la Bravo, por la Cuahutémoc, fueron pintadas al cabo de una semana.

De los 14 a los 19 años pinté varias paredes, el grafiti ilegal era mi pasatiempo. Algunos tags de mi juventud aún son legibles en varias paredes de la ciudad. ¿Por qué siguen ahí?, ahora me doy cuenta de que permanecen porque no exhiben la ineficiencia del Estado, y están más cerca de ser un balazo blanqueado que una consigna de hartazgo.

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