investigación deuda, influencias y gastos sobre secretaría de inversión público productiva de Miguel RiquelmePortada Reportaje
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Hoy, rayando el alba, llegué a Los Ángeles: una comunidad inmersa en la sierra de Durango, a unas cuatro horas y media de la capital. Es el sexto pueblo al que llego en menos de diez meses. El sexto pueblo al que vengo huyendo de la niebla.

Todo iba perfectamente hasta que la vi por primera vez. 55 años de una vida digna y honesta, mandada al carajo de esa manera. Nací en el hospital Siglo XXI, en la Ciudad de México, donde esperaba, deseaba, morir. Con todo y todo, amaba mi pinche capital, sus lugares históricos, sus eventos, sus tianguis domingueros. Mi infancia, adolescencia y juventud fueron normales, tanto como me lo permitieron los problemas económicos de mi familia. Claro, el barrio es bravo y hubo ratos duros, pero supimos sobrevivir (porque vivir del todo, no era); supe hacer relación, nunca busqué el mal para nadie (¡lo juro, que me mate la niebla si no!), me gradué con Mención de la Normal, le entré de maestro, nada fuera de lo corriente. Sí, tuve que hacer bola con las marchas y plantones del sindicato, y dos que tres favores del gobierno me ganaron enemigos, pero ¡oigan, no se pude tener contentos a todos! ¿o sí? Pues a la enseñada me dediqué, en varios lugares hasta eso, pero más que nada en la Prepa Nueve, donde salí de bachillerato. Enseñé por muchos, muchísimos años; de lo que se requiriera ¿eh? Filosofía, Literatura Iberoamericana, Derecho. Porque hay un chingo de gente que enseña, pero maestros, de esos muy pocos.

Con eso y poco más, mi matrimonio y temprana viudez, la política a huevo y pasar porros, la vida iba bien. Nada de grandes cambios en la gran capital. Al menos no para mí. Las grandes apuestas siempre son las más ingratas. Con enseñarle bien algo a los chavos que de verdad iban a la prepa debía bastar ¿no? Supongo que por eso no veía mucho el cielo antes de esto. Había demasiado por hacer en la tierra. Como dijo El Cabrero: me puse a medir el suelo que me tocaba de andar.

Hasta ese primer día.

Eran las tres de la tarde. Ya no tenía más labores en el plantel, regresaba a casa a seguir revisando los exámenes de los jóvenes. Por alguna maldita razón, romper la rutina quizá, volteé a las alturas. La vi. El supuesto azul encima nuestro estaba diluido, ligeramente bloqueado por una fina capa extrañamente gris. Sutil, muy sutil su presencia, pero innegable; en el momento, me quedé un poco de a seis, ¿y esa madre? Pero entonces recordé que algo habían dicho en la radio sobre una contingencia ambiental (era la capital después de todo), así que se lo atribuí a eso y seguí mi camino a casa. “Unas semanas de que todos hagan caso al mentado ‘hoy no circula’ y se irá”, pensé.

Pasaron unos días.

En dos que tres vistazos curiosos (o morbosos; no me avergüenzo, acepto las dos interpretaciones) seguí constatando esa delgada niebla, como decidí llamarle. “Paciencia, kimosabi, paciencia”, me dije en cada ocasión, “¿Cuánto puede durar una contingencia?”

Los días juntaron semanas, tarde que temprano se me hizo un asunto viejo. Después de esas semanas, una vez de pura casualidad volví la mirada arriba, mientras salía del mandado.

Ahí estaba.

Todavía.

La niebla.

La extrañeza fue mayor. ¿Y eso? ¿Qué era, el esmog? Pero el esmog no se ve tan así, ¿entonces qué…? Ni me pregunten cómo, pero me convencí una vez más de que era la pinche contaminación. Ya en mi queridísima capital, ¿cuándo era eso raro?

Las semanas juntaron un par de meses. Las clases, evaluaciones, costumbres, todo trataba de seguirlo.

Pero la niebla.

Seguía.

¿Cómo?

Orgulloso como soy (no se mientan, todos lo somos), pensé que solito hallaría la respuesta. No lo lograba, nada me llenaba el ojo. Después de la contingencia, los índices de contaminación estuvieron “normales” (si es que eso es bueno). Nada en el ambiente explicaba esa capa, ¿de dónde podía venir, entonces?

Poco después de iniciada mi infructuosa investigación, en una de mis cada vez más rutinarias inspecciones celestes, mi preocupación subió varios niveles: la niebla se hizo un poco más densa.

Era viernes. Salía de mis obligaciones junto con otro maestro cuando noté el cambio. “Mire nomás cómo está el cielo de gris, ya ni chingamos con la contaminación, de veras”, le dije al compañero, más que para creerlo, para aliviar mi creciente temor, al hacer a otro partícipe de lo que veía. No pude salir más contrariado.

“Psh, ¿de qué me habla, don Rogelio? ¡Si está azulísimo el día! Mire nomás qué belleza”, replicó mi compañero docente, chasqueando los dientes en reprobación de mi comentario.

En aquel instante, a pesar de la súbita consternación, logré contenerme de expresarla en lo más mínimo. No podía ser ¿verdad? Con esa cortina gris tan visible y ahora volviéndose más densa, ¿cómo podía el cielo estar azulísimo? Supuse (con terquedad, mea culpa) que ya se había acostumbrado demasiado al cielo capitalino para ver diferencia.

Fue por eso que al día siguiente, durante la tradicional partida de conquián con los amigos, hice un comentario parecido entre la plática, tratando lo mejor posible por que sonara a declaración casual. Sus meros rostros destrozaron mis esperanzas. Me tiraron al loco, se burlaron de mí. Si el cielo de la tarde estaba perfecto.

Nada me indicó que un nuevo intento calmaría mis tensados nervios, pero de todas formas traté una tercera ocasión de hallar tranquilidad en otra persona, luego una cuarta, luego la quinta, con compañeros, con conocidos, con algún alumno, incluso. Nadie veía la niebla encima nuestro. Sólo yo. Cuando tuve que reconocerlo, me temblaban tanto las manos que a duras penas pude controlarme para mis clases. Nunca me había pasado algo así. El terror comenzó a entrar libremente en mí, alimentado por el hecho de que la niebla se estaba volviendo irregular pero constantemente más espesa, más uniforme. Este terror me llevó en algún momento a buscar en secreto un oculista, pues de pronto me consumieron las pesadillas de estarme quedando ciego. Este terror no hizo sino alcanzar proporciones aplastantes cuando dicho oculista sólo atinó a decirme que mis ojos “están en perfectas condiciones para alguien de su edad”. ¿Acaso era que me estaba volviendo loco? Sea como fuera, aún aterrado, tenía que ser cauteloso. Si estaba perdiendo la cabeza, el que alguno de mis enemigos se enterara sería mi fin. Podía perder el empleo, o peor, la reputación. Logré controlarme al sopesar esa amenaza. Tenía que hallar una solución a la niebla.

Las jornadas continuaron sucediéndose. El temor ya nunca me dejó, desde que me levantaba hasta que me iba a dormir. Salir a cualquier lado se volvió una tortura, mi hábito de nunca mirar al cielo se perdió para siempre. Hela ahí, ¿mi verdugo? ¿Mi maldición? ¿Mi locura?  ¿¡Qué era!? ¿¡Qué es la niebla!? Mientras fracasaba y volvía a fracasar en develar una razón lógica, mi temperamento, a pesar de mi mejor esfuerzo, empezó a cambiar. Dos o tres veces, para vergüenza mía, me remarcaron que estaba raro, que lucía nervioso, como esperando un filo en la oscuridad. El más notorio de esos comentarios fue una de las asambleas del sindicato, salido de una boca muy particular: la de Felipe Velázquez, “compañero” de generación, y un sincero rival desde que recibí la plaza que él quería en el magisterio (que se joda, ¡si yo me la gané, me vale madres lo que diga!).

Sábado por la tarde. La asamblea llevaba unos diez minutos de terminada, pero el cotorreo casual mantenía la sala de conferencias medio llenona. Estaba cerca de la puerta del salón, fumando, un hábito que, por cierto, aumentó en frecuencia desde que me hice consciente de la niebla (pero que de todas formas no podía satisfacer a media sala, sólo al lado de la salida; porque vicio sí, pero donde no se vea).

Entonces, apareció Velázquez. “Buenas noches compañero Rodríguez, ¿cómo le va?” dijo. Tenía la pinche costumbre de hablarme con gran cordialidad y enjundia nomás para chingar y hacerse mi cuate. “Bien” le contesté, seco, cómo no. Inofendido por mis modos, volteó a las puertas abiertas, al exterior, que por supuesto yo estaba tratando de evitar. De pronto, el alma se me enfrió.

“¡Vea nomás el cielo!” Dijo Velázquez, “¡Qué hermosa la tarde! ¿No se le hace, compañero?”, terminando con su típica sonrisita sarcástica. La mente se echó a correr como perseguida. Mi voz se quedó atrás, dejándome mudo. Velázquez llenó el silencio con un nuevo comentarios que dejó caer mi sangre unos grados más bajo cero: “¿O cómo la ve usted, compañero Rodríguez?”

Los hechos y las incertidumbres se atropellaban en mis neuronas. Preguntitas sardónicas como esas ya estaba acostumbrado, pero ¿sobre ese tema en particular? ¿Por qué lo dijo? ¿Acaso sospechaba? ¿O sabía? ¿Me estaba viendo loco o qué chingados? Muy a fuerzas logré expulsar un “S-sí, muy linda. La tarde la v-veo muy linda” apresurado antes de medio despedirme y salir hacia el carro pensando mil madres. De vuelta a la casa acompañado de mi maldita cortina.

No asistí a otra asamblea después de eso. Llámenme exagerado, no me importa, ¡no podía descartar ninguna posibilidad! Me puse más abusado con mis conocidos desde ese día. ¿Sabrían? ¿Lo estarían notando? Cada vez me costaba más ocultar mi temor al cielo, conforme la niebla progresaba. La situación, no mucho después, se volvió más desesperada (sí, más).

Esa maldita visión que pasó por algún motivo a atormentarme día y noche no sólo comenzó a poblar mis pesadillas (que no me dejaban descansar como la niebla no me dejaba ser) y a taparme el azul natural de nuestras alturas. También comenzó a bloquearme la luz del sol, oscureciendo muy literalmente mi camino. Pronto necesité las luces altas del coche para ir a cualquier lado, ni quien me ayudara si iba a pie. Pronto eso también resultó inútil. Y así, pronto sucedió el accidente.

Regresaba a casa del trabajo más tarde que de costumbre, por una reunión docente de la que no me pude pelar. Casi todo el trayecto fui lento y con las luces, evidentemente, pero a un par de calles de llegar, me confié y tomé vuelo. Lejos de esa pinche niebla ¡ya! Apenas logré ver al otro coche lo suficiente antes para tratar de esquivarlo y no dar el golpe de lleno. Desperté en el hospital, horas después. Gracias a Dios (si es que está ahí), el médico que me trató fue breve: contusiones, una fractura aquí y allá, algunos cortes, pero viviría. La demanda e investigación no fueron tan cortas. Inevitablemente empezaron a preguntar, ¿cómo rechingados se te va darte cuenta del carro que viene hacia ti y te le estampas? Celular nunca he tenido, ¿a qué madres le echaba la culpa? Alegué la más vil distracción. Mediocre, y dadas las circunstancias poco creíble, pero una que dos mordiditas fueron de gran apoyo a mi argumento, aparte de ceder a la indemnización, claro. Un par de semanas después, estaba fuera, listo para “regresar a la vida”. Nada más lejos de la realidad. Ya no podía más, desde que desperté en esa cama me di cuenta.

Tenía que irme. Tenía que huir, ¡tratar de alejarme de esa, esa… cosa!

Fui con las amistades que me quedaban en el sindicato. A fuerza de excusas y justificaciones, logré convencerlos de que mi súbita necesidad de dejar el nido eran completamente normales. Empezaron a buscarme un destino, y coincidentemente sucedió que por esas fechas un profe en Jalisco murió y (qué extraño) no heredó su plaza. Un par de llamadas y estuvo arreglado. Hola, Guadalajara.

De milagro dormí la semana antes de irme, y el día antes lo pasé insomne por completo. Tomé el vuelo, pues el carro se tuvo que ir para costearme la mudanza (sin mencionar los daños). Una hora de trayecto. Una hora de horrible ansiedad. Una hora en que me negué a abrir la ventanilla hasta que la insistencia de la azafata me obligó a levantarla. No lo podía creer. Me apresuré a salir de esa pinche lata voladora, cuánto me costó no ponerme a empujar a todos antes de mí para estar en esa pista, contemplando aquella imagen. El cielo. Estaba que lastimaba de azul. De la emoción hasta quise llorar. Sentí el calor del sol cercar mi piel. Lo había logrado.

Dormí como muerto toda la semana siguiente, y por unos meses, fui de lo más feliz adaptándome a mis nuevas labores. Sí, mi condición de defeño no me granjeó la mejor bienvenida de los tapatíos, pero qué importaba; me había salvado de la niebla: era libre, y lo estaba disfrutando. Los años que pasé apartado del cielo los quise recuperar en ese tiempo, borracho de alivio, mientras comenzaba a retomar mi vida, hacer planes. Por primera vez en muchísimo rato, estaba tranquilo. Pero esta tranquilidad no hizo más que explotar, sus esquirlas hiriendo mi espíritu. El detonante: un maldito pinche día, cuando volteé, la niebla estaba otra vez ahí, fina pero clara como al principio. Carajo. ¡Carajo!

Menos de cuatro meses después dejé Guadalajara, otra vez a punta de favores, excusas, y ahora perdones. No pude evitarlo. La niebla, ¡la niebla creció más rápido que en el DF! Ni a golpes libraría el semestre. Tardé más en conseguirlo, pero a costa de las molestias me aseguraron un puesto en León, Guanajuato. Y allá corrí. Ni para qué contarlo.

A mediados del tercer mes, el gris ya estaba presente. Yo sabía que no tardaría en espesarse; lo sabía, pero maldita sea, ¿con qué cara pediría otro cambio así tan rápido? Traté, de veras me esforcé por aguantar lo más posible, redoblando precauciones y rogando porque el ritmo no se acelerara. No llegué ni a empezar el cuarto mes.

Cansado, con crecientes ataques de nervios y la cola entre las patas, pedí el cambio. La regañada me la esperaba, tardar en convencerlos también. Lo que no deseaba era que, cuando la oportunidad llegó en Aguascalientes, viniera cortesía de una amenaza: “Tanta pinche cambiada no se va a poder pa’ siempre, Roge” escuché del teléfono, “No sé qué chingados te trais, pero quédate un añito en Aguas, ¿crees que puedas?”

Para resumir, no mucho tiempo después, las mismas ganas de salir corriendo me acorralaron en esa ciudad también. A la enorme desesperación se pegó el dilema. La advertencia fue lo suficientemente clara; pedir cambio ya no era viable, ¿entonces, ahora? Estuve piense y piense varios días, aunque esa cortina nubelesca no me ponía las cosas peladas para reflexionar a fondo. Incluso me hice el enfermo ante los directivos del colegio para estar más tiempo preguntándome y tratar de responderme qué pinche madre iba a hacer. Las marcas de pisadas en el departamento que conseguí estaban yo digo que casi casi cinceladas de tanto que lo caminé buscando la nueva solución. Esta forma de concentrarme fue prácticamente mi única actividad entre sol y luna, pues claro está que el insomnio no me volvió a dejar desde Guadalajara. Fue en una de las noches que en mi cabeza se presentó una opción, un “y si…” que, en comparación a sus antecesores, sonó viable para mi agotadísima existencia. Justo después de su primer planteamiento, me cuestioné de la forma más honesta (y preocupada) si no me había ya en verdad loco, si no estaba solamente dando patadas agotadas (que sí, pero ¡carajo! ¿Y si funcionaba?). La discusión con lo que quedaba de mí esa madrugada sobre ese nuevo eje fue brutal. Era tanto una pendejada como una bajeza, ¿pero de resultar? ¿Qué más daba? Media hora antes de que amaneciera, para bien o mal, quedó acordado, ¿qué? Cobrar todos los préstamos que hice a amigos alguna vez en la vida, mangonear los hilos por última vez para adelantar mi jubilación, y desaparecer.

Por ese sencillísimo plan salí cual bala a poner las cosas a chambear. El teléfono del buró lanzó llamadas como siento que ninguno lo ha hecho desde que llegaron los pinches celulares. Empezó la cobrada, la ensuciada de garras. Perdí muchos amigos ese día, de eso ni duda, no importa cuán diplomático y necesitado traté de sonar. Y qué buenos amigos, verdad de Dios (de nuevo, si es que sigue ahí, o para empezar estuvo, ya no sé), porque aunque mentaron a mi madre más veces de las que creí posible en unas cuantas horas (de considerar, viendo nuestra costumbre por insultar), casi todos me devolvieron el favor, haciendo que mi cuenta tuviera un saldo considerable en menos de una semana. Al menos en la calle queda gente honesta.

La jubilación no estuvo tan de regalo. Cinco añotes que me faltan para poder pedir con todas las de la ley la pensión no son fáciles de hacer pasar por poco. Pero este es el México que nos hemos (o han, quién sabe) hecho. Tres Fridas por aquí, cuatro por allá, una llamada para conseguir otra llamada para conseguir el favorcito, la mención de las palabras mágicas: “soy del sindicato”. Fue un asunto de días; tortuosos, pues la niebla me presionaba peor que líder sindical en elecciones. Lo último de mi influencia se consumió en el acto.

Pero lo conseguí. Con el ahorrito y “jubilado”, la última parte del plan fue un relaje. Un día, sin avisar a nadie ni renunciar siquiera al plantel, fui a la central camionera. A correr, seguir el viaje, ahora sí, solo. Decidí darle a la ciudad una última chance con Zacatecas. No resultó.

No hubo discusión. A pueblear, esconderme en los rinconcitos olvidados de este bendito país.

La razón por la que ahora estoy en Los Ángeles de Saldimas, a media sierra duranguense. Creo que me estoy volviendo bueno en esto. La llegada de la niebla se ha irregularizado en su rapidez, así que tal vez pueda por fin escapar, ¡ser libre! ¿Podré si me escondo bien? Quizás, quizás esta sea la buena. No lo he dicho las suficientes veces, pero no comprendo aún por qué comenzó a sucederme esto ¿qué hice? ¿Qué más tengo qué hacer? No merezco más de esta vida, esconderme entre míseros pueblitos, sufriendo lo que ellos, a veces sin lo más básico, lo que en mi capital estaba saliendo de la puerta, ¡no lo merezco!

Ya es de mañana. La casucha que conseguí tiene un solo cuarto y una letrina, así que no tardé mucho en acomodarme. Es la propiedad más alejada del pueblo, al borde del bosque; tiene una sola ventana, por la que puedo ver toda la localidad. Hace unos minutos, volteé al paisaje para checar cómo estaba el cielo.

Estaba vivo y muy claro.

Pero cuando miré al pueblo, por un momento, me pareció que las casas estaban extrañamente borrosas.

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