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La obertura

Sólo eran las nueve de la mañana para la ciudad. El reloj de la vida estaba en marcha.

Esta era una ciudad de comprensible latir veloz e irrefrenable, siempre en taquicárdica lucha entre sus muchos corazones contradictorios. Laberinto sin salida para el incauto, libro abierto para el astuto. Siglos enteros de la historia de un país convivían en las edificaciones que coronaban las calles y avenidas, desde la pomposidad de un pasado colonial hasta la fría efectividad de lo contemporáneo, pasando por elegantes diseños de corte europeo de antes y después de la revolución que sacudió la nación hace ya tantas décadas. La combinación era irregular. Tanto dos edificios contiguos podían estar separados en edad un mísero par de años como por siglos. El abandono que mostraban algunas de estas estructuras, aún las más venerables, eran el mejor reflejo de una verdad sencilla: las prioridades eran otras.

La ciudad de la que hablamos tenía la reconocible capacidad de causar mares de reacciones y sensaciones en quien la pisaba por primera vez, no se dijera de quien la transitaban por más tiempo, o peor, por siempre. No era para menos, pues sus habitantes y el (in)consciente colectivo que formaban tenía una serie de características que impactaban desde todas las perspectivas posibles. Como en un juego de baraja el azar que parecía determinar el rostro que la ciudad presentaría tal o cual día, como en la baraja también, la astucia, la prudencia y la chapuza podían desde las sombras hacer los movimientos necesarios para que la metrópoli te mirara con los ojos que quisieras, y como un pozo primigenio, las opciones para combinar eran infinitas. En escaso recorrido, uno podía sentir que había atravesado países totalmente diferentes entre sí. Museos, puteros, antros, bibliotecas, parques, esquinas o domicilios usados para vender droga, bares, iglesias, sex-shops, restaurantes de precios totalmente ridículos, fondas y puestos esquineros donde el más pobre diablo podía echarse algo a la panza, complejos departamentales valuados en millones y edificios en ruinas usados por pordioseros como hogar clandestino. Todo a media hora de distancia o menos en automóvil.

Si se decidía por dejar que las piernas lo llevaran por ahí, la paleta de matices ya de por sí titánica que la ciudad ofrecía se volvía incalculablemente enorme gracias a sus hijos, los ciudadanos. No se puede hablar de una localidad sin quienes le proporcionan el aliento de vida, y como se mencionó antes, aquellas y aquellos que cumplían ese propósito en la ciudad de la que hablamos eran expresiones de unas características tan variadas como sobresalientes.

En esta ciudad, caminar por las calles era un arte que generaciones de experiencia dibujaban una línea muy clara entre los residentes y los visitantes. Y no se hace referencia aquí sólo a los extranjeros. En esta ciudad, la gente podía hacerte sentir en casa lejos de tu patria, como podía lograr que te sintieras extraño en tu propia tierra. Las situaciones que las personas protagonizaban en esas aceras eran tan únicas como las personas mismas, aunque en la más pura esencia todas fueran casi idénticas. Seres bien trajeados y formales cruzando direcciones con existencias vacilantes y harapientas, estudiantes a media carrera y graduados sin empleo, bohemios y maestros de la prudencia, víctimas y victimarios, eruditos de los libros y sabios de la vida, ateos y profetas anunciando la segunda venida de Jesús, conocedores e ignorantes, revoltosos por profesión y revolucionarios por moda, gente honrada con la cara sucia y especímenes viles sin una mancha en la camisa.

En este espectáculo llamado la calle, entre las peleas de teporochos, las demostraciones de amor al despedirse en las paradas del microbús, el artista que malbarata sus caricaturas, su voz o instrumento para subsistir, los organilleros tocando con la esperanza que su venerable caja musical siga para siempre y no se descomponga como irremediablemente lo hará, las andanzas de la juventud siempre vilipendiada, el romanticismo pasado de moda de los viejitos, los robos al mayoreo y menudeo, los puestos de películas piratas afuera de la secretaría de economía, la basura tirada o mal recolectada, los discursos y consejos de vida eterna del primer aventado con un micrófono y una bocina a su disposición, todas las pieles, ojos y cabellos experimentaban la igualdad que la constitución (que tantos no habían leído pero que sabían que ahí estaba) hace tanto les había garantizado, pero que los bolsillos se habían robado. Todo esto descubierto después de sólo caminar por la calle.

Después de hacerlo por un rato, uno aprendía a endurecerse cuando la situación lo requería, de querer conservar el dinero por el resto del camino. Como es más notorio en las grandes capitales, nunca faltaban los infortunados que se te acercaran a pedir una moneda, por la excusa y causa que fueran. Te ofrecían sus miradas tristes, sus voces cansadas, patéticas o exigentes (porque ya se habían acostumbrado a exigir la limosna), sus ropas raídas, sus infancias perdidas, sus pueblos añorados, sus miembros cercenados, y a cambio te regalaban una bendición, un “chido carnal”, la paz momentánea de tu conciencia o la salvación de tu alma, según la interpretación. Una pregunta siempre quedaba, ¿eran las autoridades de aquel pueblo tan incompetentes que los ciudadanos veían como mejor opción buscar el apoyo de sus compañeros de a pie, o eran los ciudadanos tan desconfiados de su gobierno que rechazaban cada esfuerzo sincero por mejorar sus vidas? La realidad de una existencia donde la credibilidad y el respeto de las instituciones eran desmentidas por todos los que se pasaban el rojo. Con el policía al lado.

Cuando el contacto entre los individuos superaba la primera vez y relaciones se formaban, éstas seguían cumpliendo al dedillo lo que la ciudad pedía de ellas. Las pláticas y la mentalidad variaban según la hora del día, aunque la persona fuera la misma. La amistad, la bohemiada, el desarrollo intelectual (si se quería para empezar), el ocio, la imaginación propiamente dichas tendrían su momento. Después, sobrevivirían todas en los albores de una modernidad cada vez más confusa, como sobreviviría la cultura, pues la cultura, los bailongos en la plaza los domingos, los antojitos esquineros, las ferias de baratijas, los puestos piratas, los periódicos de nota roja, los mercados informales que cierran calles, los policías ignorados abajo del rojo, los niños educados a base de golpes, los piadosos que le cooperan a cualquier pordiosero, los traqueteos de los bailes típicos, el medio libro al año, los puntos turísticos maquillados, los grandes y pequeños robos, la línea entre locales y foráneos, el echarse la bola, las procesiones sufridas, las peticiones a todos los santos, la transa legalizada, las luchas perdidas, la indiferencia aprendida; todo sobreviviría, como sobrevivirían sus ciudadanos, ya que si algo habían aprendido era a sobrevivir, seguir de pie en aquella inconmensurable ciudad nada diferente de todas las demás, sólo demasiado grande para ocultar las contradicciones de la especie que la habitaba, siendo la más grande de todas la realidad de que día tras día podía tratarte con la más hiriente indiferencia, pero cuando la tragedia golpeaba, otorgaba sin dudarlo la más bella, sincera y esperanzadora solidaridad.

Fueron las nueve de la mañana.

Poco después de la una de la tarde, escasos elementos del cuadro habían cambiado de lugar o esencia. Los maletines y las mochilas de turno matutino reinaban otra vez después de su periodo de claustro. Los cláxones se peleaban sobre el pavimento. Una marcha bloqueó una de las avenidas al corazón de la urbe, al compás de una consignas y demandas siempre dejadas sin contestar. Los amigos y las parejas comenzaban a celebrar el inicio del fin de semana. La comida estaba en la mente de todos, y esos todos se dirigían hacia ese nuevo objetivo, más aún, al objetivo después de ese. Comerían para descansar, descansarían para aguantar la jornada faltante, aguantarían el resto de la jornada para recibir su sueldo, recibirían el sueldo para saldar las cuentas pendientes, saldarían las cuentas pendientes para sobrevivir el día, sobrevivirían el día para usar el dinero y tiempo que les quedara en cualquier nimiedad antes de que el ciclo volviera a empezar. Como pensaron que sería. Hasta que la sinfonía del caos humano, de pronto, fue silenciada por un retumbar millones de veces más ensordecedor. El resplandor desapareció al mundo, el viento huyó del lugar en todas direcciones, la tierra se convulsionó con violencia inenarrable, el tiempo se detuvo y regresó a periodos ignotos, la vida revivió su etapa más primordial. Todo, en segundos.

La explosión se hubiera pensado inconcebible en el pasado. Quienes miraban en su dirección al momento de su concepción quedaron ciegos y quienes no quedaron sordos por su grito natal lo compararon con el aullido del mismísimo Diablo o de un dios capaz de la ira, si es que realmente existe diferencia.

Los rascacielos se tambalearon y despedazaron en grandes cascotes.
Los cascotes cayeron y masacraron a la gente a sus pies.
Los automóviles se estrellaron y derramaron rojo donde lo encontraron.
Puestos telefónicos cayeron sobre casas.

Pedazos de vidrio llenaron de hoyos piel de desdichados.
El viento lanzó a vivos y muertos a un triste final.

Incluso los pocos aviones que habían despegado fueron derribados con fatales consecuencias. Y en el centro de la catástrofe, el caos más absoluto conocido alguna vez por el humano.

La onda inicial desintegró cuanto encontró en kilómetros a la redonda. Todo se fue por esa energía que salió como regurgitada por el centro mismo de la tierra, al tiempo que el azul del cielo quedó dividido por el titánico río de humo negro que tuvo por origen la herida que en tan poco sufrió la ciudad. Los muertos, por primera vez en su historia, se contaron por centenas de miles, tantas vidas fulminadas en el mismo instante.

La señora Ofelia, de 60 años, se estrelló contra una pared movida por el viento mientras salía de una tienda de juguetes. Su hijo Ramón la visitaría con su familia dentro de dos semanas, y había comprado un regalo para su nieta Frida. Sería la primera vez que la vería en siete años.

Simón fue aplastado por el derrumbe de la estación del metro. Tenía 25 años. Fue tan súbito que murió aún feliz porque por fin había conseguido trabajo. Murió pensando en la vida digna y estable que ahora podría dar a su esposa e hijo.

Carlos, figura prominente de un partido político, falleció en el choque que sufrió su auto, gracias a los movimientos de la tierra. Salía de una comida en que había arreglado una transa con una constructora para una obra pública. Dejó esta vida sin haber recibido los ceros que acordaron como su tajada.

Mónica, trabajadora doméstica, estaba en la capilla del santo de su devoción. Como siempre, oraba por su hijo, que había sido internado en el hospital. Fue aplastada por la cúpula del templo, no sin antes haber visto como la imagen del santo se hizo pedazos en el suelo.

Daniel se volteó en su motocicleta. Huía de haber robado un celular y una bolsa. Vendería lo conseguido para comprar un regalo a su madre y unos alcoholes para los amigos.

Inmensa fue la sombra de la muerte que pasó ese día. El duelo fue gigantesco, hasta que los sobrevivientes en aquella urbe ultrajada descubrieron en los siguientes días un hecho terrorífico. Aquel día no fue sino la obertura, el inicio de una serie de eventos que nadie, nunca, olvidaría.

Dieron las dos de la tarde.
La ciudad ya no era la misma.
Ya nunca lo sería.

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