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Las cavernas

Correspondencias | Alfredo Loera | @alfredoloeramx

Tal vez el enigma de la montaña sea el abismo oculto al interior de ella. La caverna en cualquier sentido que se la mire resulta fascinante. Al menos yo lo descubrí desde muy joven, cuando sin saber bien a bien lo que hacía, en compañía de unos amigos, me adentré a la mina de Ojuela. Pensamos que sería algo sencillo, cruzar la montaña hacia el otro lado. Pocas veces como esa tuve tanto miedo de caer al precipicio. La mina aún no había sido restaurada. Recuerdo los maderos de los viejos puentes, a punto del colapso. Recuerdo también los pasajes laberínticos. El guía con una lámpara de aceite a duras penas alcanzó a sacarnos. A la entrada se abría un pozo sin fondo. Desde luego, esto no fue ninguna hazaña, pero lo fue para mis ingenuos catorce años. Algo tienen los túneles oscuros que nos cambian.  

Diez años después tuve la oportunidad de recorrer las Lumbreras de Parras de la Fuente, Coahuila. El agua era extremadamente fría, pero la oscuridad del pasadizo subterráneo llamaba. A pesar de que todo ocurrió sin contratiempos, alcanzamos a tocar lo más profundo del hipogeo. Es un lugar turístico, mi experiencia no va más allá que la de un turista urbano, pero no me dejarás mentir, estimado lector, que uno siempre vive su propia vida como si se tratara del héroe. De alguna manera la oscuridad de aquel sitio me hizo comprender el mundo de otra manera. 

Los antiguos, aún mejor que nosotros, lo sabían. Ya Gilgamesh se vio obligado a entrar en la oscuridad húmeda y remota para encontrar el antídoto a la muerte.

El Girtablilu tomó la palabra

y dijo, dirigiéndose a Gilgamesh,

“Nadie ha habido, Gilgamesh, 

que haya entrado en la montaña;

nadie que haya visto

sus hondonadas.”

A lo largo de doce dobles-leguas,

su interior es oscuro,

es densa la oscuridad,

no hay ninguna luz […]

El Girtablilu se dirigió

a Gilgamesh, el rey:

“¡Ve, Gilgamesh. . .

-La montaña Mashu está abierta para ti. . .

Supera montes y montañas. . .

y vuelve sano y salvo. . .

La puerta de la montaña

está abierta para ti.” […]

Cuando hubo caminado

cuatro dobles-horas,

era densa la oscuridad ,

no había ninguna luz;

no podía ver ni adelante

ni hacia atrás.

Cuando hubo caminado

cinco dobles-horas

era densa la oscuridad,

no había ninguna luz;

Y ciertamente no la hay. La caverna, el túnel, el pozo sin fondo de la montaña puede llegar a ser aterrador, pero no sólo por la ausencia de luz, sino porque se manifiesta como lo desconocido. Es la psique encaminándose hacia sus profundidades. Es el yo que se pregunta por lo inescrutable. Es la muerte solitaria, la muerte aterradora. Imagina perecer en esas depresiones ya sean concretas o simbólicas. Es el lugar idóneo para desorientarse.

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Otro de nuestros grandes héroes también tuvo que bajar, esta vez al averno, para preguntar a Tiresias por el camino que lo llevaría de regreso a Ítaca. Ahí también la lobreguez era densa. Sin duda esta historia fue revivida por Dante al encontrarse perdido en medio del camino de la vida en otra selva oscura. A la entrada del vasto túnel que es el infierno a lo largo de la Comedia, según el poeta, aparecen estas palabras:

Por mí se va tras la ciudad doliente

Por mí se va al eterno sufrimiento

Por mí se va con la maldita gente

Y aunque estas palabras son parte de un texto literario mucho más complejo que cualquiera de mis vivencias, no puedo dejar de hermanarlas con el pánico sufrido al estar frente a las puertas de una mina abandonada o cuando he transitado por alguno de sus túneles. Fernando Vidal Olmos, el autor del “Informe sobre ciegos”, fue uno más de los hombres del subsuelo quien se vio en la necesidad de recorrer las profundidades para comprender en esta ocasión el lado B de la ciudad de Buenos Aires. Quizás el pánico nos domina al principio, pero entonces ¿por qué descendemos? Sin duda, para conocer y ahí se encuentra el gozo. Aunque hay quienes fueron obligados, como le ocurrió a Susana San Juan, la pequeña niña que sintió desmoronarse una osamenta entre sus dedos. 

A este respecto, no puedo evitar mencionar el pasaje en el cual Don Quijote se adentra a la Cueva de Montesinos. Ahí se halla al mago Merlín. Al salir jamás volvió a ser el mismo, como ninguno que se haya atrevido a dar el paso hacia las oquedades.

Por eso siempre son reiterativas este tipo de escenas en la literatura, y también por eso existe siempre la tentación de vivirlas y revivirlas. Para personas que experimentan la vida literariamente no dejan de ser entrañables.  

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