El fútbol, como la vida, está marcado por momentos. El desenlace de un partido está directamente involucrado con pequeños instantes que transgreden las reglas de la física, de la ciencia y de todo aquello tangible y comprobable.

Patear la pelota con la firme intención de que se incruste en la red es un acto que necesariamente debe ir cargado de fe. Si el jugador no cree en el poder de sus piernas, en la agilidad de su mente y en la sensibilidad necesaria para que la maldita bola caprichosa llegue hasta donde él desea, entonces el fútbol le dará la espalda.

Hoy, en la final de la Liga de Campeones de Europa, que además cerró la temporada futbolística de todo el orbe antes de la copa mundial de fútbol que se llevará a cabo en la tensa, polémica y sacudida Rusia, un portero alemán no tuvo fe, no creyó en sus piernas, ni en sus manos; no creyó que, ante sus ojos, en un escenario inmejorable, estaba viviendo un sueño que terminaría en su peor pesadilla.

Recuerdo a Moacyr Barbosa, monolítico arquero de la selección brasileña del mundial de 1950. Lo recuerdo no porque lo haya visto, sino por los inmejorables relatos que le han dedicado próceres de la escritura como Eduardo Galeano, uno de los literatos más apasionados por el juego de la pelota. Moacyr, uno de los mejores porteros del mundo, estaba jugando la final del mundial en casa, en el mítico Maracaná de Río de Janeiro, ante más de 200 mil personas que se sabían campeonas, que tenían la plena confianza de que iban a aplastar a la diminuta Uruguay, una selección que representa a un país pequeñito al sur del continente, que se destacaba por sus altos índices de pobreza y su eterno complejo de inferioridad que contrarrestaban con una garra poco antes vista.

Alcides Ghiggia, héroe uruguayo por excelencia, pateó el balón y el silencio abrazó a las tribunas del Maracaná. El gigante Barbosa fue por la pelota. La quiso atrapar para evitar el derrumbe de un imperio que aún estaba en ciernes. De pronto, como si se tratara de una película, los uruguayos celebraban un gol que les iba a dar su segundo y último campeonato mundial. El gigante brasileño volteó hacia su marco y vio a la bola, promiscua y caprichosa, acariciando con irreverente lascivia a las redes que la adoraron y la hicieron venirse con un grito estremecedor.

Hoy, Loris Karius, el jóven portero alemán del Liverpool de Inglaterra, hizo honor a la tragedia de Barbosa. Arruinó el sueño de toda una afición que se ha hecho grande en el fútbol gracias al sufrimiento, a las derrotas, a los fracasos y a las épicas victorias. Karius, un alemán defendiendo un arco inglés, no tuvo los arrestos de Alcides Ghiggia ni de aquellos 11 uruguayos que masacraron las ilusiones de todo un pueblo.

Eduardo Galeano, en “El futbol a sol y sombra”, dijo que el portero bien podría llamarse mártir porque en él recae la responsabilidad de ser el héroe de toda una nación, o el villano más odiado del mundo.

En este caso, Karius, quien pudo inscribir su nombre en la historia gloriosa del Liverpool, pasará a ser el mayor responsable de una de las derrotas más dolorosas para su club.

Al terminar el partido, su llanto regó el marchito pedazo de césped que yacía bajo sus pies. Su uniforme negro, acorde a una ceremonia luctuosa, lo utilizó para taparse el rostro, para pasar desapercibido en un partido que lo vieron millones de personas alrededor del mundo.

La afición de Anfield, hoy más que nunca, si tiene un atisbo de humanidad, tendrá que hacer gala al lema que los ha encumbrado como una de las pasiones más sanas y auténticas en la historia del fútbol. Esta noche, con sus banderas rojas y sus bufandas y sus playeras y sus cánticos, tendrán que abrazar a Karius, besarle la frente, secarle las lágrimas que estarán corriendo sobre sus mejillas, mirarlo a los ojos con infinita profundidad y decirle: “Don´t worry, you´ll never walk alone”.

 

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