El negocio no iba bien. Me faltaba aprender del comercio para poder sobrevivir en esta vida. El timbre del celular me sacó de mis preocupaciones. En el chat de Whatsapp escribieron que se reunirían en un bar por la noche.

Al llegar al bar, lo vi, tenía una sonrisa debajo de su bigote estilo Dalí, unos lentes de pasta resaltaban sus ojos oscuros, unos rizos cubrían sus pobladas cejas y vestía una playera lisa. Se sentaba en la cabecera de una mesa con diez personas. Yo me senté del otro lado. Al lado de él, un hombre bien parecido recargaba la mano en su pierna y no le quitaba los ojos de encima con una sonrisa maliciosa; él reía a carcajadas con la plática del grupo.

Pidió una ronda de perlas negras para todos. No me dio tiempo de reaccionar si estaba de ánimos para bebidas fuertes. A las dos horas ya cantábamos todos eufóricos en el karaoke las canciones que él había escogido con gran audacia.

Cuando paró la música me susurró al oído, “Te voy a enseñar a divertirte, que es lo único que debes de aprender bien en esta vida para sobrevivir”. Un escalofrío me recorrió el cuerpo, estaba en presencia de Il Diavolo.

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