Image default
Portada » Los canarios
Destacadas Sábado de Cuentos

Los canarios

Sonriendo con mucha curiosidad, observaba a los canarios de tonalidades amarillas, a sus 5 años apenas alcanzaba la gran jaula que los contenía, ese cuarto en especial tenía un aroma peculiar, no porque fuera el cuarto de lavado, quizá por su poco uso o por ser el hogar de aquellos pequeños pajaritos.

Con especial atención,  veía aquellos canarios con un copete diferente, “aplastado” como decía ella, también fijaba su mirada en las patitas chuecas de algunos de ellos; le gustaba ayudar a su abuela para cambiarles el agua y ponerles alpiste.

-¿Puedo tocarlos? Le preguntaba con curiosidad a su abuela.

-No, mami- como cariñosamente le respondía- no, porque se asustan.

-Ándale, déjame tocar uno-insistió, al tiempo que de forma sigilosa metía la mano a la jaula- quizá fue su tenacidad o el miedo a que lo hiciera cuando nadie la viera, que de pronto la abuela saco la manita de la niña para intentar hacerlo ella, al momento los canarios comenzaron a revolotear de un lado a otro dentro de la jaula, la pequeña niña los seguía con su mirada de asombro, temerosa que alguno se lastimara, cuando de repente con un movimiento preciso,  la abuela había dejado sin escapatoria a uno de ellos –Ven para acá- le dijo con una voz suave, al tiempo que lo sacaba cuidadosamente para mostrárselo a su nieta.

Fue un momento de silencio cuando sus pequeños dedos lograron acariciar el plumaje de la cabeza,  la abuela lograba sentir el temor de la pequeña ave, aprisionada por una mano que casi lo cubría por completo, justo en el instante que conectaba con la dicha de la niña por tocar por primera vez una de estas aves.

Mientras repasaba sus dedos sobre la cabeza le preguntó -¿Cuándo van a romperse  esos huevitos?-con la curiosidad propia de una niña de su edad.

-Ya no tardan, unos días más-le respondió con esa voz paciente, como quién no sabe de reloj, ni de tiempo.

Soltó al canario dentro de la jaula donde pronto se posó en uno de los palos que se detenían en los delgados barrotes.

-¿Los puedo tocar?-preguntó mientras abría impresionada sus ojos.

-No, no podemos, porque sino la pajarita ya no los quiere- respondió con la firmeza de un general pero a su vez dando la tranquilidad de un límite que no podría sobrepasar.

-¿Por qué tienen sus patitas chuecas?- impresionada de ver a unos cuantos con patas deformes.

-A veces así nacen- le respondió con la profundidad de quien no comprende más allá de lo que ve.  Ella se quedó tranquila con la respuesta.

La abuela, tomó aquella gran jaula con ruedas, y jalándola la sacó al patio donde el sol indirecto calentaría el ambiente de las aves.

-¿Te ayudo?- preguntó con una gran disposición.

-Si, ándale, empújala.- contestó mientras miraba esas ganas de ayudar, dejando que su inocencia  creyera sobre su gran esfuerzo.

Al terminar de sacar la jaula más grande, más otras tres donde tenía apartados a otros canarios por diferentes motivos, se fueron despacio al interior de la casa, para quedarse un rato frente al televisor, ahí no había opción para más canales, solo podrían ver “él de siempre”, con la teoría que la televisión estaba descompuesta o tal vez se descompondría de darle la vuelta al cambiador de canales de una televisión “Philips” que había llegado a casa en los años sesentas, apenas unos quince años atrás.

Detenida frente a una película de la época de oro del cine mexicano, esperaba a que su abuela terminara de quitarle la cáscara a esa manzana con un cuchillo, para después hacer gajos fáciles de comer para una niña pequeña, haciéndolo casi a la perfección; mientras, afuera se escuchaba el trinar de los canarios con tonos alegres y que en melodías afinadas  motivaban a otros canarios a hacerlo también; junto a ellas una perrita difícil de tratar, imposible jugar con ella, bien sabía la lección de no tocarla, mucho menos hacerla enojar.

Hacía calor, pero lo que más  podía mitigar  las altas temperaturas era elegir entre un pequeño ventilador verde militar marca “General Electric” que venía sofocando el calor desde finales de los años cincuenta o  mojarse con la manguera siempre y cuando Doña Goyita lo permitiera.

-Por fin bajó el sol!- dijo la abuela con tono de invitación para ir a la tienda de la esquina  que quedaba justo al otro extremo de la cuadra; entusiasmada la niña saltó, pensando en la “concha” de pan dulce que le esperaba.

Ahí van las dos, caminando despacio, disfrutando cada paso, como quién no tiene prisa, como quién sabe que el tiempo solo es suficiente si se sabe valorar la vida.

Ahí van, las dos generaciones, de la mano, cuidando de la niña, cuidando su infancia, cuidando ese carácter inquieto y atrevido para que no fuera a volar y escapar de ese nido creado para que las dos en un punto de la vida, pudieran conectar sus almas, que las llevaría a volar juntas más allá de la eternidad.

Artículos Relacionados

Determinismo y libertad

Alfredo Loera

Algo entre Carolina y yo

Elena Palacios

Flores de laurel en el jardín de Carmela

Elena Palacios
Cargando....