A lo largo de mi vida he tratado de librar una batalla agotadora, mi necesidad de transfigurar.

Las personas o cosas existen en mi mente como ideas, los detalles resaltan de su entorno para quedar alterados en el trasfondo de mis ojos.

Empiezo con una imagen fija, después se vuelve multifacética, sus líneas entran en movimiento, ceden de su realidad y en un giro se dispersan.

La frecuencia y la intensidad acústica y visual me induce; colores, gestos, sonidos, voces ocupan mi atención, pero, cuando me atrapan esos otros, (lo que sea que ellos sean), también en profundidad me paralizan. Es cuando mi fascinación pasa a descontrol.

Con dificultad, trato nuevamente de visualizar lo que existe en mi camino, regresarlo a su paisaje cotidiano de su ambiente ordinario.

No tengo claro por qué descifro su lenguaje subjetivo, tampoco el detonante que lo estimula, aun sin buscarlo se presenta. Se presenta en esos vacíos de repletos mentales, mentales cerebrales, cerebrales emocionales, emocionales especulativos. La experiencia es… sentirme ofuscado, lleno de susto. 

Muy desconcertante como imaginaba la vida, la mayor parte de ella mirarla con una visión distorsionada ─fantástica percepción o deformación primitiva─, equivocado o contrario vivía preso de una extraña afición.

Encausar mi desorden no era fácil. Hacer, rehacer, deshacer, volver a recuperar los instantes, interpretarlos de nueva cuenta. Explicar la realidad con los estallidos de las ideas, surgía con incomodidad. Esa constante sensación de angustia irremediable, fibrosa y malhumorada, ha tenido mi actitud en pedacitos; defecto de personalidad, inmadurez o exceso de sentidos. No se trata de algo que pueda controlar fácilmente, tampoco es un comportamiento malcriado, obsesivo o huraño  —o tal vez lo es, sin darme cuenta─. Mi esquema de conducta es inmaduro —comentan, lo deducen—. Cuando debo mirar, hablar, deseo que el tiempo vaya de prisa, cierro los ojos, busco entretener mí vista, para no ver a quien me mira. Responder, no hablar a quién lo hace. Quiero que los minutos se vayan con urgencia. Requiero de astucia (cosa que no tengo) para relacionarme con mis iguales-desiguales. Los que conozco, los necesito cerca (pero no muy cerca); compartir lo suficiente pero sin que me tomen por sorpresa.

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Interactuar es agotador —no es difícil para ellos─. Yo los observo, reviso sus pasos, se escuchan, se notan, se dan a notar. Poco fallan, sus días malos no parecen terribles, planean, existir no es un desafío.

Yo los observo, no los dejo, pero también me miran, como si quisieran explicar lo demasiado importante para hacerme una advertencia que soy diferente. Les inquieta estar cerca de mí, desespero a quien me encuentra y quien lo hace, le lastima mi presencia al controlarme, trato de reconocerme, no soy como ellos, soy como esos otros que están en mi cabeza.

¿Es pues mi condición subjetiva conocimiento o debilidad emocional?  De manera que no busco conmiseración, cuidados o trato especial. Me escucho… miro con atención ¿soy un…incapaz? 

No importa qué locura me cometo ser, soy un sobreviviente, un desorientado, terriblemente cautivo de un síndrome. Pero busco que mis días sean más llevaderos, los celebro, sonrío, me sumerjo en los otros que ahora tienen vida en creaciones de distintas figuras. Quienes las miran dicen que son extrañas y asombrosas. Es mi manera de entender las cosas, obliga a quedarme en silencio y manifestar lo que sea que vive en mi interior.

Mi relativa memoria prodigiosa hizo de mi mundo hasta acentuarlo con mayor claridad. Incluso tocarlo sin temor.

¿Creemos ser lo que somos?, tal vez lo somos en los otros. Parte de un todo, un mismo experimento, en donde la percepción de cada uno se crispa profunda, superficial o desenfocada. 

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