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Los pedigüeños de Torreón

El Pensador Amateur | Federico Sáenz Negrete | @FSAENZN

Don José, así le voy a decir pues no conozco su nombre y escribo esto un 19 de marzo, es un viejecito que no se quita la sonrisa de su rostro ni para dormir, eso creo. No es que la tenga congelada, ni tatuada, ni tampoco creo que su esfuerzo mercadotécnico por obtener limosna le haya hecho diseñar un acercamiento amable y alegre hacia el cliente en lugar del típico lastimero que explota la culpa y que utilizan casi todos los pedigüeños.

No, Don José es un tipo que se te acerca flotando en los semáforos y te sonríe, pero te sonríe en serio y a fondo, con una honestidad y certeza que te cautivan. Bajas de inmediato el cristal de tu ventanilla y le compartes una moneda a lo que sin inmutarse te da las gracias y flota hacia el siguiente auto.

Al ponerse la luz verde, te alejas preguntándote si lo que te pedía era una moneda. No lo dudé en ese momento. Estamos acostumbrados en México a recibir al menos tres peticiones de ayuda en cada semáforo y vaya que en un día pasamos por al menos treinta de ellos en nuestro diario peregrinar y más allá de la simple transacción o intercambio que se lleva a cabo cuando extiendes tu mano para entregar una moneda, hay un flujo de humanidad que va quedando en desuso, estamos ignorando que la persona que tenemos enfrente tiene nombre e historia,  que una larga cadena de desaciertos e infortunios, muchas veces ajenos a sus ilusiones, la obligan a pedirnos ayuda.

Esa sonrisa tenía un significado que no supe descifrar en su momento. Me pareció tan hermosa y cautivadora que compré boleto y le di una moneda, como si Don José estuviese vendiendo su sonrisa. El también tomó la moneda sin chistar y dando por terminada la transacción, se dirigió al siguiente automóvil, hay que aceptarlo, pero hay algo que quedó flotando en el ambiente que me hace dudar. Como si en ese preciso crucero fuese necesario, por aquello del equilibrio emocional del universo y demás asuntos tan de moda, que dos personas intercambiaran una sonrisa. Lo de la moneda lo inventamos nosotros y quedamos bastante conformes ambas partes del negocio monetario, pero ese extra que también se llevó a cabo es parte del guión que alguien más escribió para que esto siguiese funcionando.

Don José es bajo de estatura, muy bajo debería decir. Dicen que eso es el rastro que la deficiente alimentación dejó en su humanidad. Es de clara raigambre indígena, probablemente del estado de México o de Tlaxcala, tal vez del estado de Hidalgo o… de San Luis Potosí, no sé. Su mirada no se borra de mi mente. Sus ojos son de un azul extraño que denota algún ancestro español o en un descuido hasta principios de catarata. Es una mirada que no estorba a la sonrisa franca que comparte de manera intuitiva.

He aprendido a considerar a Don José como parte del paisaje, un oasis amable que se resuelve con una moneda y que es olvidado al siguiente semáforo, la vida es un ferrocarril con innumerables estaciones y cada una compite para hacerte olvidar la anterior.
Siempre me he propuesto conversar con Don José aprovechando el par de minutos en los que la luz roja impone sus condiciones. He planeado preguntarle de dónde es, cuántos hijos y nietos tiene, dónde viven, por qué se dedica a mendigar, etc.

Siempre ha estado ahí, huérfano de asistencia, con la misma disposición, día tras día, en el mismo crucero, como si hubiese obtenido la concesión de algún sindicato de esos que en este bendito país abundan.

Para muchos como yo, todos los mendigos son iguales. Personas que el infortunio de la vida los ha orillado a solicitar ayuda de sus semejantes para poder sobrevivir.

El cruce de la ciudad  para ir de una actividad a otra permite que pases por muchos semáforos y tomes nota de la cantidad y variedad de pedigüeños que pueblan los cruceros, es evidente que ante la espantosa crisis económica que sufrimos, ante la escases y mala distribución del trabajo, hayan florecido otras actividades lucrativas, algunas más legales que otras.

Abundan historias del excelente negocio que representa dedicarse a tan humillante profesión. Los que observan detenidamente dicen que en las tiendas de conveniencia, donde estos hermanos en desgracia entregan su morralla para obtener billetes y consumir sus alimentos, saben perfectamente a cuánto ascienden los ingresos de estas personas y hablan de cantidades bastante atractivas.

En alguna ocasión le comenté a mi compañero de trabajo en la desaparecida Operadora de Bolsa

–          Memo, esos indígenas que tocan el saxofón en el crucero, obsérvalos, analiza su horario, es de tres horas diarias y llegan a la tienda de la esquina a intercambiar monedas por billetes, ven, vamos a ver a cuánto ascienden sus ingresos.

Nos sorprendimos bastante, hasta le llegué a comentar:

Tú y yo, de corbata, con facha de gente decente, con rastros de cultura, con aplomo, con seguridad, ¿no obtendríamos un poco más si nos dedicáramos a eso?

Guillermo soltó una macabra carcajada que no requirió mayor comentario, asunto concluido, para él, para mí, no.  Desde entonces, siempre me han intrigado los pedigüeños y no fue hasta que Don José se cruzó por mi camino que vine a recapacitar de nuevo sobre este tema.

De niño, recuerdo, no había mendigos en los semáforos, se limitaban a las banquetas. Eso sí, es un gremio que siempre ha utilizado estudios de mercado bastante razonables para establecer sus puestos de venta. Siempre a la salida de los templos para exigir congruencia entre el golpe de pecho y el compartir la riqueza, a la salida de las oficinas del pago del agua y la electricidad para que las migajas cuantiosas las regales, a la salida de las cantinas para que apoquines y mitigues la culpa, y así nos podemos ir. Siempre eligen con excelente tino un sitio con altas posibilidades de ser vistos y de llamar la atención de clientes con recursos disponibles y animo predispuesto. Me llamaba mucho la atención cuando mi edad era de un dígito, que contingentes de gente mayor llegaba al bote de basura de la casa, justo cuando se sacaban los desperdicios para que el camión recolector los recogiera. Hurgaban cuidadosamente e iban tomando todo aquello que fuese de utilidad. Lo hacían con tal pulcritud que nadie podría notar que habían hecho su trabajo. Era gente que llegaba resignada, paciente, sosegada, a hacer su trabajo. Me impresionó ver lo contento que se ponían cuando descubrían un buen trozo de alimento. Lo guardaban atesorándolo y en alguna ocasión llegué a ver desde la ventana de mi cuarto escondiéndome tras el amparo de las cortinas a las que abría una rendija suficiente para observar en secreto, que envolvían el tesoro bajo el manto protector de  un trapo limpio. Seguramente que ese tesoro sería el alimento estelar para su familia en la cena. Varias veces alguna lágrima recorrió mi infantil rostro ante esas lecciones de la vida. Osea que lo que yo desprecio ante el gozo de mi abundancia, es recogido con veneración por un adulto que espera así comprar un día más en la lucha por la supervivencia.

Eso me causó una simpática paradoja. Por un lado, me enseñó a valorar enormemente lo que mi padre tenía la fortuna de poder entregarme para mi bienestar, así fuese el vestido que me cubría, el alimento que me mantenía vivo, la escuela que me instruía, etc. Me acostumbré a no desperdiciar nada, a utilizar todo hasta sus últimas consecuencias y a terminar toda la comida que me servían y a valorar el trabajo de los que me atendían. Pero, si no desperdicio nada, ¿de qué se va a alimentar el pedigüeño? Bueno, esa paradoja era muy compleja para un niño de nueve años.

Siempre me ha parecido un despropósito poco inteligente que haya personas que carezcan de todo, no es saludable, no es ético, no es conveniente, no es estético, no es… justo.

El ruido de los furibundos conductores que hacían sonar sus bocinas me hizo volver al momento presente. Por andar recordando tramos de mi vida, no caí en cuenta que me había tragado un turno del semáforo viendo la mirada de Don José que sostenía su mano y me miraba sin inmutarse ante el viaje que emprendí y que habrá durado cuatro minutos. Don José soportó estoico en la postura apropiada mientras yo iba de mi infancia a mi trabajo en casa de bolsa. Algo le habrá pasado a él también porque en lugar de dejar al tonto que no reaccionaba, hubiese ido a recolectar sus ingresos con los que venían detrás y sobre todo aprovechando el hecho que mi descuido alargó la fila hasta el límite del record Guinness.

No, Don José no se movió, Ese día no le di moneda. Cuando el concierto de bocinas y mentadas me despertó de mi efímero sueño, solo atiné a devolverle la sonrisa y a arrancar veloz para lograr aprovechar el verde y huir de la vergüenza ante los enfurecidos conductores.

Fue la primera vez que no le di una moneda a Don José y, lamento decirlo, la última vez que le vi.

A la mañana siguiente, pensando en mi descuido del día anterior, me había preparado con dos monedas para compensar el desfalco que mi inoportuno sueño le causó a sus finanzas. No lo vi. Lo busqué entre las filas de coches pensando que había modificado su estrategia de recolección y no di con él. Lo busqué atento en el siguiente semáforo pensando que habría emprendido alguna estrategia de relocalización o de exploración de nuevos mercados y… nada.

Probablemente se enfermo, alguna gripa inoportuna o algo así, seguramente que en un par de días lo veremos de nuevo en su puesto de combate. Tendrá algo así como setenta y cinco años pero se ve de una pieza, hecho de madera antigua, de la buena. Don José estará pronto en el semáforo de siempre, seguro que sí.

Pasaron los días y Don José no aparecía. Le pregunté al que vende diarios si lo había visto:

–          ¿Quién, el viejito de la guaripa? No, ni su rastro.

No me hago ilusiones, la vida sigue su camino y hay asuntos que hay que asimilar, no tienen remedio.

A los pocos días, un hombre mal encarado con espíritu refunfuñon, armado de silla de ruedas, sustituyó a Don José en el semáforo. Como si el sindicato que controla el gremio hubiese guardado el sitio los días prudentes para esperar la recuperación de Don José y ante la baja inevitable por causas de fuerza mayor, hubiesen decidido sustituirlo por el siguiente miembro en el escalafón sindical.

No lo pude asimilar. Cambié mi ruta para no pasar más por ese crucero. No podía entender que un viejecito con una sonrisa celestial ya no formara parte de mi paisaje. La última vez que le vi fue la primera vez que no le di moneda. Fue la ocasión en que penetré en su mirada y me quedé atrapado en ella, abriendo una ventana a los recuerdos de mi infancia y del inicio de mi vida profesional. Fue el día en el que escuché ese estruendoso concierto de bocinas y mentadas que despertaron de mi ensueño.

No, Don José ya no sería parte de mi vida. Ese enorme hueco lo he intentado llenar enterándome de la personalidad de la exageradamente variopinta multitud que puebla los cruceros de mi ciudad.

Así he aprendido a admirar a José Luciano, un enanito en silla de ruedas que aplica heroicamente sus cortos brazos para hacer rodar las ruedas de su instrumento y avanzar con gracia entre los coches para ofrecer su botecito y recibir ayuda. El sudor que cae de su rostro y recorre su infantil gesto lo enmarca la sonrisa de alguien que, simplemente, le echa ganas. El me dijo el nombre de Don (hay personas que vaya que se ganan ese título) Manuel Pérez, capítulo aparte en el tema de la dignidad y el estoicismo.

Don Manuel Pérez vendía semillas en el crucero de la esquina en donde está mi trabajo. Seguido le compraba, sobre todo cuando el Santos tenía partido pues es imposible ver un partido de fútbol que te interesa sin estar bajo la terapéutica bendición de despepitar calabazas. Lo de la cerveza es para que no se atragante uno, es peligroso no aligerar el proceso de la digestión con un buen líquido hecho de malta y lúpulo.

Don Manuel era un tipo de pocas palabras, más bien de cero palabras. Se limitaba a espetar el nombre de su producto y nada más. Un día apareció con muletas pues le habían amputado una pierna. Su trabajo lo hacía con enorme dificultad pero con una entereza y determinación que me daban diariamente una lección de vida que voy a apreciar por siempre. Sucedió lo que su enfermedad ¿diabetes? Tenía que provocar. Le amputaron la otra pierna y ahora apareció con su esposa empujando su silla de ruedas. Don Manuel, con su cachucha de siempre, seguía pronunciando el nombre de su producto con la misma fiereza. Recibía la moneda, entregaba su mercancía y al siguiente cliente. Nunca pidió nada más allá de los diez pesos que valía la bolsa de semillas. Hombre escueto, austero, resignado, fiero, digno, estoico… ejemplar.

De nuevo, el fluir de la vida se impuso.

–          Qué le pasó a Don Manuel. Le  pregunté a José Luciano que se aplicaba con esmero a hacer rodar las ruedas de su silla por entre los automóviles.

–          Murió en febrero señor. Sentenció el hombrecillo tan grande en tantos aspectos, excepto en su estatura corporal.

Alberto Flores es un hombre siempre tiznado de la cara. Se dedica a escupir fuego en los semáforos y tiene una personalidad y figura muy particular. Alguna parálisis sufrió de niño que tiene unas extremidades inferiores que apenas lo sostienen. Tiene que apoyarse en una muleta que le ayuda a compensar la debilidad de sus piernas. Lo que le falta de fuerza en los pies le sobra en la mirada. Tiene una cara de persona inteligente que te sorprende.

–          Gracias jefito. Me contestó cuando le acerqué una moneda y se la puse en su mano.

–          Oye, ¿cómo te llamas?

–          Alberto Flores jefito

–          Y qué, a poco no sabes hacer otra cosa, tienes una cara de gente inteligente que no puedes con ella.

–          No pos si le sé a la electrónica pero…

Las bocinas impidieron seguir con la conversación. Ese pero… puede encerrar todas las historias que quiera uno fabricar. Desde una posible discriminación por su estado físico, hasta algún pecadillo inconfesable que le haya impedido participar en la economía formal.

Su esposa, fiel, le pedalea el triciclo donde le transporta como si fuera mercancía. Allá va la pareja siempre cambiando de crucero, sabedor de que la saturación va en contra del éxito de alguien que se dedica al negocio del espectáculo.

Tengo tiempo que no he visto a Alberto, espero que esté bien en donde quiera que esté.

Lewis es un joven con parálisis motriz, le digo así en recuerdo del actor irlandés que ganó el óscar con un personaje que tiene la misma enfermedad en la película “Mi pié izquierdo”. Incluso he dado rienda suelta a mis ánimos de actor y he imitado bastante bien los movimientos de alguien que la padece. Lewis carga siempre una bolsa de dulces, paletas o chicles. Se para frente a tu ventana y te obliga a aceptar uno o dos y a veces hasta tres. Te ves obligado a corresponderle dándole una moneda con el riesgo de que te vuelva a dar otros dos o tres caramelos por tu generosidad. A veces me sorprende sin una sola moneda y terco se para frente a mi ventana y con el caramelo me golpea el cristal hasta que me digno bajarlo y aceptarle su regalo.

–          Gracias pero no traigo. Aún así me dio dos caramelos. – A la vuelta de doy una moneda.

–          Grracciasss. Logra pronunciar retorciendo su cuello para lograr producir el sonido coherente y me vuelve a dar otros dos caramelos.

Qué barbaridad, este amigo tiene un talento innato de promoción, sería excelente director de lanzamiento de nuevos productos, bien por el Lewis. Me pregunto quién le lleva las finanzas o si alguien le regala los caramelos o si en realidad no está siendo utilizado por alguien que quiere posicionar una nueva línea de caramelos en el mercado, todo es válido.

El nombre real de Lewis es Gabriel Villegas Jiménez y me dice que le duelen las piernas, que tiene que estar parado demasiado tiempo y que le cuesta mucho soportar la fatiga.

–          Ignacio, chécate esas menonitas.

Resulta que tanto en Chihuahua como en Durango y Zacatecas hay eficientes comunidades de menonitas que en los treintas vinieron de Canadá, procedentes de Alemania, a trabajar y producir.
Las comunidades son en general muy prósperas pero, como en todos sitios, hay excepciones. Esas excepciones vienen a Torreón a vender galletas de avena en los semáforos.

Es un contraste ver entre el enjambre de franeleros que como chanates se amontonan en el parabrisas del ingenuo que no supo amenazar con su negativa, entre los vendedores de baratijas, mapas y novedades, entre los indígenas que solicitan ayuda, entre la enorme cantidad de fauna que puebla los cruceros, a espigados rubios y rubias ataviados como si estuviesen haciendo un casting para una película de Heidi.

–          Velas, son dos hermanas y parecen gemelas.

Una vez que hacían su recorrido en la fila del semáforo, cada una atendiendo una fila, repartiéndose el mercado de manera eficiente y ordenada, se subían al camellón y mientras la luz verde daba paso a la línea de coches muchos de ellos comiendo galletas, las dos gemelas recorrían el tramo que habían avanzado con rumbo al puesto de partida como si estuviesen recorriendo una pasarela de moda, erguidas, vestidas como si fiesta de disfraces se tratara, con paso de modelo europea en el desfile de modas más importante.

Esto solo se ve en Torreón.

Dónde más te topas a un gaitero, si un gaitero y encima haciéndolo bastante bien. Luego te lo topas tocando el violín, no solo Alberto entiende eso del fenómeno de saturación. Ya tengo su tarjeta pues ha creado un ensamble para amenizar fiestas y no digo aquí su  nombre porque no me ha pagado la publicidad.

En qué otro sitio te topas a un muchacho que lucha en las fuerzas inferiores del Santos por encontrar un sitio en el mundo del deporte y que, con una habilidad inaudita, alegra tu estancia en el semáforo haciendo que el balón recorra su cuerpo, tocándolo de un sitio a otro sin que se le caiga al suelo. Es tal su habilidad, su genio, su capacidad, que no me atrevo a definir si es deportista archi habilidoso o es simplemente un extraordinario mago ilusionista.

O al tipo manco con cara de broma que hace girar unos aros con un desparpajo y una alegría realmente sorprendentes. Lo escuché en la radio pues en la esquina de su sitio de trabajo, hay una estación y pues los locutores simplemente bajaron a entrevistarlo. Toda una estrella del mass media, y lo sabe.

O a los estoicos tarahumaras, dueños de una misteriosa e inquebrantable sabiduría. Se te acercan con una dignidad admirable a darte la oportunidad de que les ayudes y ante la negativa, para ellos absurda, repasan en la profundidad de su mirada una milenaria historia de lucha que en un segundo te relampaguea. Se marchan pacientes a continuar con su camino sin comprender el egoísmo que impera en estas tierras, para ellos, paganas.

O a las educadísimas niñas de etnia náhuatl que sus únicas palabras en castellano son “por favor” y “gracias” y las emplean con una gracia y alegría que aclara el momento y lo vuelve amable mientras su madre carga con el más pequeño de la familia en sus espaldas y recorre siempre cuesta arriba la línea de coches que aguardan impacientes en el semáforo implorándoles un mendrugo de pan.

El que de plano no se mide es Raúl Licerio Téllez que empuja su andador para avanzar penosamente hacia los autos a los que ofrece su sonrisa, una paleta y una bendición. 40 grados centígrados y la dificultad de dominar su cuerpo no le desaniman para mostrar una alegría que no sé de dónde saca, bueno, sí creo tener idea.

No puedo terminar este escrito sin hablar de Doña Cuquita.

Refugio Velázquez Aguilera es una mujer de, para mí, cien años. Ella dice que tiene ochenta pero cualquier observador agudo puede rastrear en sus arrugas los resquicios de una revolución que beneficio a pocos y perjudicó a tantos. En su mirada de asombro seguro hay rastros del comenta de Halley que en 1910 surcó nuestros cielos. En su caminar pausado se ve el peso tantas sequías y tantas tolvaneras, no, Doña Cuquita no puede tener menos de cien años.

En su ruta comercial, nos ha asignado el sábado como día de recolección y la esperamos con alegría pues su entereza, su decisión de afrontar la vida con fuerza y determinación nos dan ánimos para enfrentar nuestros problemas.

Era tal la fiereza con la que reclamaba su ayuda que le decíamos la rentera.

–          Ahí viene la de la renta. Decíamos en broma cuando la veíamos cruzar la calle con rumbo al negocio.

Ella también ha ido dejando su salud en el camino. Ya no camina, una nieta empuja su silla de ruedas y la fuerza de su centenaria humanidad alcanza para las dos. Da ternura verla llegar en invierno, arropada y enfundada en una enorme cantidad de mantas, coronada por un gorro de estambre que da el toque final. Sé que un día no vendrá más, pero su figura permanecerá de pie en mi imaginación soportando el vendaval.

Pero el que más me ha emocionado es un hombre sin brazos y sin una pierna
que vimos empujando su silla de ruedas con la única pierna que tiene. La empujaba
en reversa y torcía el cuello para ver su dirección. Era domingo, recién salíamos de misa
en la iglesia de San Pedro apóstol en la colonia San Isidro y nos dirigíamos felices a comer
en familia.

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Nos dimos cuenta del tipo que con enorme esfuerzo e increíble habilidad hacía avanzar
su silla de ruedas a pesar de contar solo con una pierna.

Di vuelta a la manzana para volverlo a encontrar. Mis hijos le reconocieron como uno de
tantos pedigüeños que pueblan la salida de la iglesia. Me detuve, bajé el vidrio y le ofrecí
veinte pesos (poco dinero pero una fortuna para estándares de una limosna). Y le comentamos
que era admirable su esfuerzo.

Agradeció el dinero y nos comentó que él estaba muy agradecido con la vida, que tenía salud,
no como tanta gente fregada que padecía de algún mal.

Por poco y me suelto llorando enfrente de él, tanta enjundia, tanta vitalidad, francamente me
desbordaron. Saque un billete de mayor denominación y se lo ofrecí en compensación a la
lección profesional de vida que nos acababa de dar.

Nos alejamos y por el retrovisor solo alcancé a ver a un hombre que no desfallece y que lucha
con las herramientas que tiene y no pide más.

Mis hijos, se llevaron en su corazón la semilla de la grandeza.

Me despido recordando a mi Tía Alicia Sáenz Larriva, hermana mayor de mi padre y que falleció a los ocho años en 1930. En enero de ese año, un día de crudo invierno, llegó a casa sin el abrigo nuevo que le acababan de regalar sus padres, mis abuelos. Aurora, su madre, mi queridísima abuela, la esperaba en la puerta de la casa y le clavó la mirada ante la ausencia del abrigo.

–          Ay mamacita, me topé a una niña pobre que tenía mucho frio. Que al cabo tu me puedes comprar otro, ¿sí?

Aurora fue incapaz de regañar a su hija, la abrazó y la llevó de la mano a la mesa para darle de comer. Ninguna de las dos sabía que ese año, el negocio familiar sucumbiría ante la espantosa crisis económica mundial y que Alicia, la inteligente y hermosa Alicia, moriría en unos meses de tifoidea, enfermedad no curable en aquel lejano y fatídico 1930.

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