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Por Alejandro González Enríquez

Habíamos abordado ya en diversas ocasiones el trabajo de artistas en los cuales sus obras se pueden insertar dentro de corrientes mágicas y surreales. Particular es la historia de nuestro país que acogió en la segunda mitad del siglo XX a una variada multitud de artistas extranjeros pertenecientes a estas corrientes, destacando casos como los de Remedios Varo y Leonora Carrington que hoy en día se han vuelto muy famosas.

Sin embargo, es necesario precisar que ellas no corresponden propiamente con los principios del manifiesto de 1924 y tampoco así a la mayoría de artistas tanto locales como extranjeros que produjeron piezas en México durante este periodo. La diferencia principal radica en que la propuesta del manifiesto habla de una libertad creativa a través de los sueños, mientras que los maestros mexicanos se nutrieron de la mitología, el simbolismo, la alquimia, las costumbres y la idiosincrasia de este país entre muchos otros aspectos.

Todo ello no hace menos valiosa la producción artística, sino que le brinda su carácter único y es por eso que ha tenido buena aceptación en el resto del mundo. Aunque aún hay mucho que mostrar, indagar y descubrir; podemos hablar casi de una escuela creativa con su estética única que traspasa las barreras del tiempo y que hace eco no sólo en México sino en Estados Unidos también.

Un descubrimiento impresionante son las obras de Luis Rafael Cruz, un joven artista que es muestra de que estas barreras creativas son atemporales. Nació en la comunidad de la Barranca, municipio de el Álamo, Veracruz en 1990. Aunque es pedagogo de profesión, desde muy niño sintió inquietud por las artes, con una sensibilidad única, era conocido como “el niño que todo lo ve bonito”; con el paso del tiempo fue profundizando su interés y en 2007 ganó un concurso de dibujo. Luego se avocó a aprender óleo, técnica que ha dominado con maestría.

Luis considera que las obras también deben tener un sustento teórico, curioso en su formación, ha tomado diversos talleres de técnicas y composición además de la inspiración propia. De herencia huasteca, su familia posee un gran bagaje en tradiciones, costumbres y conocimientos ancestrales en medicina y en magia. Los rituales para la muerte y las cosechas han marcado su vida y con preocupación ve la pérdida de todo esto en el mundo globalizado.

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Las comparaciones se hacen evidentes siempre, pero él demuestra con su talento que este arte viene de la profundidad de la magia con la que ha vivido, de su delicadeza al pintar. Éstas figuras profundamente estilizadas emergen del lienzo, de ese interés por la moda y la elegancia, son amalgamadas por las finas capas de veladuras, esfumados y esgrafiados que el artista utiliza. Cada serie habla de un periodo en el que él ha vivido y varían en gamas de colores desde lo más profundo y místico del azul hasta la estridencia del rojo. Los seres animales se funden con los vegetales mientras que los telones de fondo como el paisaje se van definiendo en medida que el artista madura.

Cada día amanecerá con un sueño nuevo que Luis plasmará en su lienzo, esos lienzos que lo están defiendo como pintor, como artista, como profesor y como ejemplo de que para la originalidad hay que aceptar lo que se es, voltear a la raíz para proponer lo nuevo. Lo nuevo en cada pintura creada por él que es un goce estético a la vista.

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