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Ya son 53 años y la matanza de Tlatelolco aún duele

Ya son 53 años de la matanza de Tlatelolco; un crimen de Estado, un acto de represión que aún duele y que dejó marcada a toda una generación.

Alguna vez pisé la Plaza de las Tres Culturas. Junto con mi socio, caminamos alrededor de la unidad habitacional, recorrimos los pasillos, la zona arqueológica, la iglesia. El cielo era gris y espeso. El humor de aquel lugar era desagradable, como si entre la brisa de la tarde se escucharan los gritos de las y los estudiantes que fueron masacrados por el brazo armado del gobierno mexicano: el Ejército.

Elena Poniatowska, Luis González de Alba, Paco Ignacio Taibo II y un sinfín de autores y autoras han retratado lo que sucedió aquel 2 de octubre de 1968 en libros, películas y artículos en prensa escrita y hasta digital.

El PRI gobierno, encabezado por Gustavo Díaz Ordaz, reprimió un movimiento que cada día crecía más. Les quiso callar la boca a plomazos, pero hoy, a 53 años del hecho, seguimos hablando y explorando sus consecuencias.

No se vale romantizar la matanza, pero sí vale recordar que, en México, el Estado, desde su edificación y diseño, ha crecido gracias a la represión y a tratar de imponer un orden social a través de la violencia sistemática.

Actualmente, el gobierno de López Obrador le ha dado un espaldarazo de confianza al Ejército Mexicano, lo ha defendido y continúa trabajando en la recuperación de su credibilidad.

Afortunadamente, para muchos ciudadanos y ciudadanas, la memoria no es corta. Recordamos que fue el Ejército que ejecutó órdenes siniestras como las matanzas de Tlatelolco, el Halconazo, Acteal, Tlatlaya y hasta Ayotzinapa. Las fuerzas armadas mexicanas, al final de cuentas, responden a las órdenes del jefe supremo, es decir, el presidente de la república, no a las necesidades de la sociedad.

Tlatelolco fue una muestra de que, en cualquier momento, el Estado puede acallar, reprimir, pisotear y vulnerar los derechos humanos de las personas. Hoy la comunidad estudiantil debe estar agradecida con todos esos jóvenes que marcharon por una ideología, por una vocación y por defender sus derechos. La sangre derramada en los pasillos de la unidad habitacional y en la explanada y en todos los rincones de Tlatelolco no debe ser en vano.

Son 53 años de un acto brutal al que no se le ha hecho justicia. No basta con disculparse y recordar la efeméride. Hoy en día, en cualquier universidad pública del país, expresarse libremente es una odisea. Los cacicazgos reinan. Los partidos políticos dominan y pisotean su autonomía. Trabajan por defender intereses que no tienen relación con la formación integral de los jóvenes estudiantes.

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Urge reformar el sistema universitario mexicano. La pluralidad en esos espacios prácticamente no existe. La matanza de Tlatelolco podría ser la principal referencia histórica para organizarse y luchar, pacíficamente, por tener universidades plurales, abiertas, democráticas y garantes de una educación de calidad.

El 2 de octubre no se olvida. La rebeldía y las exigencias sociales no sólo son para los jóvenes, no son un acto de inmadurez. Se vale, a costa de todos, luchar por los derechos humanos, por tener acceso a una mejor educación y por terminar con acciones arbitrarias perpetradas por el Estado que siguen arrebatando vidas inocentes.

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