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En México las muertes, las tragedias y la violencia ya no sorprenden

Editorial | @RedesPoder 

En México las muertes ya no sorprenden, ya no impactan. Las tragedias forman parte de la cotidianidad. La súbita extinción de una vida es un reflejo más de nuestra sociedad putrefacta.

La muerte del joven Octavio Ocaña, mejor conocido como «Benito Rivers» por su participación en la serie Vecinos, es un reflejo más de que en México no se respeta a la muerte, ni a la vida ni a los contextos.

En el momento en que se dio a conocer la noticia, inmediatamente comenzaron las especulaciones, que si venía drogado, que si portaba un arma, que si había cometido un delito, que estaba borracho, que eso le pasa a las personas que manejan en esa condición.

Las especulaciones llenaron las redes sociales. Los medios de comunicación se sumaron y las y los comentaristas añadieron su halo de superioridad moral para juzgar la muerte de Octavio.

Al final, la Fiscalía General del Estado de México informó que Octavio Ocaña murió porque se le disparó su arma. Dieron a conocer que estaba alcoholizado y que tenía cannabis en la sangre. Derrumbaron cualquier atisbo de respeto hacia una persona fallecida. Hicieron todo lo posible por dejar bien parada a la policía y derrumbar el honor y la dignidad de un individuo que, accidentalmente, perdió la vida.

Así como el caso de Octavio Ocaña, en México, la situación de violencia está tan normalizada, que la muerte o el asesinato de una persona ya no sorprende. Más allá de rendir honores o lamentar el fallecimiento de alguien, en el país se busca justificar la tragedia con adjetivos.

«Si lo mataron es porque estaba en malos pasos», «ha de ser drogadicto», «seguro le debía algo a alguien». Así, la narrativa mexicana ya justifica los asesinatos, las matanzas, las masacres, los abusos de autoridad. Aquí siempre se equivocan las víctimas y triunfan los victimarios.

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¿Cómo hacer para cambiar esta dinámica? Desde Chiapas y hasta Baja California. En todo el territorio, la sangre recorre cada uno de los relieves. La violencia, plenamente justificada, forma parte de nuestra cotidianidad.

Lamentablemente da toda la impresión de que, para las y los mexicanos, es más sencillo justificar la tragedia y las injusticias, que velar por los derechos, la integridad y la justicia de las víctimas de un sistema fallido.

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