Por Fernando de la Vara

La fila de espera. El sol que quebranta al espíritu. El polvo que se impregna en todas partes. La señora que intenta meterse a la fila. El sol que requema la piel. El guardia que suda y que no interfiere. La máquina para depósitos que no sirve. Los cubrebocas mal colocados. La sombra escasa. El sol que funde los zapatos con el suelo. La fila que no avanza. Las dos horas y dieciocho minutos. El aire acondicionado paliativo. El ceño fruncido y la mirada vacía de la cajera. El infierno son los otros. El infierno es infinito. El infierno son los bancos.  

Día a día trato de seguir más o menos con rigor todas las indicaciones sanitarias y de distanciamiento social y usarlas como excusa para no hacer algunas actividades, pero hay situaciones que no puedo eludir, que rehuía desde antes de la contingencia y que ahora me parecen (más) infernales, ir al banco es la que más detesto. 

Antes de la contingencia, el promedio que tardaba en un banco era aproximadamente de quince a veinte minutos. Tiempo considerable, sin duda, pero en el que me entretenía con mi lectura de turno, ya que hay algunos guardias que están dispuestos a partirte la madre y salvaguardar la integridad de los demás usuarios y evitar que cometas un delito a toda costa, y los comprendo, por supuesto, pero por nada del mundo toleran que mires tu celular o hagas una llamada por más de un minuto, si es que te cachan. Y aunque hay otros que no les interesa que estés con la cabeza agachada viendo memes que te hacen respirar más fuerte porque algo te dio gracia, o le cuentes a alguien por guatsap sobre lo tediosa que es hacer una fila, siempre es incómoda la latente intervención de un guardia ante tu enajenación con la pantalla. En especial cuando ese guardia soba el mango de su macana con la mano derecha, con la izquierda sujeta la pretina de su pantalón guango, y con voz poco convincente te amenaza: “No se puede usar el celular, joven, guárdelo, o le rompo su madre”. A mí me ofende. Mucho.

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Todo esto lo pienso mientras espero afuera de un Banregio, el único que está abierto en el centro, y formo parte de una fila que tiene por lo menos a sesenta personas angustiadas delante de mí y otras veinte y sumándose detrás. Es quincena. Estoy seguro de que la angustia de todos nosotros no es tanto por la espera, sino por el implacable sol lagunero y la sensación de inmovilidad. Cada cierto tiempo algunos que forman la cola claudican y la abandonan, pero son los menos. 

A estas alturas de la contingencia nuestras necesidades y prioridades han cambiado y hemos comenzado a verlo todo claro: el coronavirus deja de manifiesto cuáles son nuestras debilidades como sociedad y nuestras flaquezas del espíritu. Las fortalezas y puntos de apoyo supongo que también los ha mostrado, pero con menos eficacia. Ir al banco es una carrera de aguante, no importa de qué banco se trate, por lo que es una actividad, que espero, se pueda reanudar como el infiernito de polvora al que ya estábamos acostumbrados.

Hace días leí una nota que mencionaba el temor de los bancos a la morosidad que puede causar la pandemia, se especulaba de manera alarmante de la próxima crisis y ponía a los pobrecitos banqueros como las víctimas más perjudicadas por el COVID, pero me queda claro que los bancos no hacen nada para que sus usuarios no se vuelvan morosos. Colocar algunos toldos que den un poco de sombra fuera de sus sucursales durante la quincena, incentivaría más los pagos, más aún que los planes abusivos que muchos bancos ofrecen para pagar o congelar créditos, y creo que no es mucho pedir.

Cuando por fin estoy dentro del banco, con unas diez personas delante de mí, me doy cuenta de que mi angustia es transitoria. Sólo hay una caja atendiendo a todos los usuarios, la caja empresarial está inhabilitada, así que todos los trámites los hace una sola persona: una cajera que no usa cubrebocas y que no puede disfrazar su hartazgo. Y luego mi angustia la desencadena el gerente que se pasea cada tanto echando Lysol al aire, como si fuera aromatizante para todos nosotros que apestamos a sol. 

Conforme avanza la fila, mi angustia se transforma en coraje, pues seis de las diez personas delante de mí cambiaron un cheque en ventanilla y se esperaron a endosarlo justo delante de la mirada vacía de la cajera. Como si las dos horas que formaron parte de la cola no fueran suficientes para llenar reverso del cheque con la información que se requiere. Y me da por creer que las dos horas anteriores se podrían haber reducido un tercio si todos aquellos usuarios delante que cambiarían un cheque se les hubiera atravesado la idea de llenarlo antes de estar frente a la ventanilla. En tiempos de crisis el sentido común escasea más que la cheve.  

Recuerdo un libro de Luigi Amara, se llama Los disidentes del universo. Incluye un ensayo que se llama “El deleite de hacer cola”, en donde habla de John Connish, un hombre que “procuraba lo que todo hombre ansioso evita como si efectivamente se tratara del apéndice del diablo”, un hombre que disfruta hacer filas innecesariamente. Se formaba en todas partes por el simple placer de hacerlo. Y pienso que ni Connish se hubiera atrevido a esperar dos horas y dieciocho minutos bajo el sol, en medio de una pandemia, para hacer un depósito de mil quinientos pesos. 

Por fin hago mi trámite, no tardo más de dos minutos. Salgo del banco y el calor me pega de lleno en la cara, el aire acondicionado es un buen escape de la realidad, y justo cuando estoy fuera, me doy cuenta de que la fila es aún más larga que cuando yo me uní a ella. Amara también sugiere que entre más larga es una fila, más infame es el motivo por el que se hace. Y confirmo. Es ouroboros. Es el eterno retorno. Es Sísifo y su piedra. Es una espiral que desciende al abismo. Es la cumbre la civilización. Es la vida lenta y aburrida. 

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