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Nombrar la tumba

Por Patricia Hernández González | @phg02041

Para aprender un poco de ciencia rota (dicha como alegoría), de esta realidad tan impensable de vivir, pero que se vive, destaca la tafonomía como un concepto de ese mundo silencioso. Es la materia encargada en definir los procesos de descomposición de un organismo que ya falleció. Donde hablar de un hueso humano es hablar de un hueso fósil, donde gravita lento el qué y el cómo hacer un dictamen post morten al encontrar un yacimiento.

El hallazgo de un cadáver, la localización de restos óseos, no está en lucirse de rojo para un público con apetito de cruda social. Está en la requisa de nexos que ambicionan llegar a la gran conspiración. La prueba de identidad, que solo las sociedades colgadas de pobreza pueden incitar.

El crimen organizado, el tráfico de drogas, la corrupción de corporaciones judiciales y de políticos de primer y quinto nivel, la trata, el secuestro y tantos otros, son apenas los pilotes de la guerra fecunda de los asuntos fértiles del pasado, que dejó en Coahuila 36 fosas clandestinas entre los años 2006 y 2016. Torreón, el municipio con el mayor número de fosas: 19, de acuerdo con información publicada en el sitio adondevanlosdesaparecidos.org.

En el viaje de dudas, de cómo se descompone un cuerpo, la tafonomía (taphos, tumba; nomos, nombrar), camina en terrenos arenosos. Coahuila está integrado por cinco regiones y así como en otros Estados, las capas del subsuelo hacen su trabajo.

Cuando hay un cuerpo enterrado ¿cómo queda el suelo? ¿Cómo se integra a la tierra? “La arqueología forense ayuda a inferir hechos que pudieron haber ocurrido”. 

La arqueología forense y la antropología física, estrechamente se ramifican para compartir las historias y desenterrar con otras ciencias como la geología, la biología y la genética, los restos recuperados en los escenarios identificados.

Tan importante es cada una para la interpretación de los hechos, para establecer la ruta, de la forma de leer las distintas capas de la tierra, de llevar la primera experiencia y de las partes como un todo. De un método explicado en frio para entender, razonar y saber reconocer qué líneas de investigación se pueden trazar en ese largo y doloroso proceso de búsqueda.

Las preguntas son muchas, ¿cómo identificar entre evidencia e indicio?,  ¿cómo saber cuántos cuerpos hay sepultados en una fosa y qué huesos corresponden a cada uno?, si es hombre o mujer, joven o adulto. ¿Qué pasa si hay presencia, pequeñas marcas de químicos, disolventes, ácidos en el suelo que dificulten los rastros?, si las arenas absorben la humedad tan pronto y si se hunde. Si el clima del desierto cambia con las estaciones y si eso afecta al cuerpo, si los rayos del sol nulifican las pruebas de ADN.

La verdad, solo la verdad, es una consigna, que invade con papel y pluma a arqueólogas, científicas independientes de varias Asociaciones Civiles para hablar de tafonomía, con integrantes, familiares de colectivos que se han reunido desde el año 2014 en casos de desapariciones forzadas.

Aprender a observar, llegar al conocimiento mutuo, realizar actividades de reconocimiento de esqueletos, brindar herramientas a las familias para que puedan acceder con bases científicas en los peritajes que hacen las autoridades para la identificación de cuerpos. Son parte de los objetivos de los talleres que se han ido implementando en distintas partes del país. Acompañamientos nutridos de memoria y de rigor científico. 

Los colectivos de búsqueda, han ido sobrellevando cada prueba, mirando con los ojos bien abiertos las abolladuras, quebraduras y la calcinación de huesos encontrados. Han hecho la tarea, entre creer oírse voces que llegan desde el fondo, a pleno sol o de un atardecer, un trabajo para algunos, inimaginable pero profundamente necesario.

Sin embargo, el rastreo es un punto ciego, pocas veces se realiza en fosas clandestinas, principalmente se buscan restos de cuerpos humanos en la superficie, algunos tan fragmentados porque fueron quemados que se esparcen con el aire y se confunden con la arena. “En otros lugares del país como Guerrero o Veracruz los cuerpos están bajo tierra, rodeados por raíces o bajo los surcos de algún cañaveral, protegidos de alguna manera por esa tierra. En Coahuila los restos están, en su mayoría, en pequeños pocitos de apenas 30 centímetros de profundidad que con el paso del tiempo y del aire quedaron expuestos a la intemperie, calcinados y arrojados sobre el suelo del desierto.

A diferencia de otros lugares como Sinaloa, donde el agua salada del mangle ayuda a conservar los cuerpos, aquí la naturaleza es su adversaria. Las familias han aprendido que el rayo directo del sol puede ser más dañino que el fuego mismo con el que intentaron borrar su identidad, que los chivos y las vacas pastorean y revuelven los restos, que las tormentas de arena se llevan lejos los pequeños trozos de hueso calcinado”. 

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Cada diligencia, tiene sus propios retos, por ejemplo al revisar el expediente y tener una entrevista con los peritos a cargo, aunque el mayor riesgo está en el momento de la exhumación, la maniobra requiere de cierta profesionalización para no cometer errores, el uso de herramientas adecuadas para no dañar apenas pequeños huesitos. Un cuerpo humano tiene 206 huesos de manera que la disección debe ser hecha de forma impecable, siguiendo un protocolo, principalmente, para no borrar las pruebas en el peritaje de los procesos judiciales.

“Cada cosa que una observa necesita de otras pruebas para ser comprobada”, dice una arqueóloga. “Cada paso de la investigación nos abre a nuevas preguntas y así avanzamos hacia el final”.

La identificación de cuerpos tardará de 10 a 15 años. Apenas 30 antropólogos forenses se encuentran repartidos en 13 Servicios Médicos Forenses (Semefos) del país. La Fiscalía General de la República (FGR) no ha implementado las herramientas forenses que la Ley General de materia de Desapariciones dispuso para enfrentar la crisis forense: el Registro Nacional de Fosas Comunes y Fosas Clandestinas, el Registro Nacional de Personas Fallecidas No Identificadas y No Reclamadas y el Banco Nacional de Datos Forenses. Las familias de personas desaparecidas llamaron a las autoridades a “avanzar decididamente en la implementación del Mecanismo Extraordinario de Identificación Forense garantizando irrestricta colaboración por parte de las fiscalías, presupuesto adecuado y respeto por su autonomía técnica y de del Equipo Mexicano de Antropología Forense (EMAF),

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