Image default
Portada » Algunos apuntes sobre la novela del narcotráfico
Columnas Destacadas Opiniones

Algunos apuntes sobre la novela del narcotráfico

Correspondencias | Alfredo Loera | @alfredoloeramx

Según Eduardo Antonio Parra, uno de los narradores más importantes de la actualidad, la literatura mexicana aún no ha logrado concebir la novela del narcotráfico. Yo, en lo personal, he leído algunas que podrían situarse en dicha clasificación, y concuerdo con el juicio del autor de Tierra de nadie (el mejor libro de cuentos de finales de siglo en México). Al menos una novela lo suficientemente apegada a la realidad de los cárteles, sin importar el estilo, realista o fantástico, dentro de los tirajes de las editoriales importantes no ha aparecido; en todo caso, no la he encontrado a pesar de ya haber invertido varios años en la indagatoria. El hecho de que Parra lo haya exhortado más de una vez, me da mayor seguridad para aseverarlo. La novela del narcotráfico sigue siendo una tarea pendiente, si es que en la literatura existen las tareas pendientes.

Por otra parte, no dudo que exista un libro paradigmático a este respecto, publicado en una pequeña editorial estatal o universitaria, el cual en estos momentos está siendo devorado por la polilla y las cucarachas de los oscuros almacenes de los libros no distribuidos. Me gusta imaginar que es así, porque me temo que, de tanto esperarla, la novela del narcotráfico, con una densidad similar a la novela de la Revolución, nunca se escribirá ni se publicará en nuestro país. Se habrá perdido el momento histórico para hacerlo.

Allá por los dosmiles, corría el rumor de que cada cien años México sufría un gran conflicto social: en 1810, la Independencia; en 1910, la Revolución; en el 2010, equiparable de forma grotesca, la guerra del narcotráfico.  De los tres periodos históricos únicamente el segundo generó una narrativa robusta a la par con el momento. Mariano Azuela comenzó a publicar Los de abajo por entregas en Ciudad Juárez en 1916, cuando los cañonazos y los balazos estaban lejos de silenciarse. Pero no sólo tenemos su obra como ejemplo. También están las narrativas de Nellie Campobello, Rafael F. Muñoz, Martín Luis Guzmán o José Vasconcelos, entre muchos otros no mencionados en el canon.

Te puede interesar: Las cavernas

De los anteriores, llama la atención la solidez de sus relatos, la contundencia en lo narrado, el detalle significativo, el revelamiento de las realidades comprendidas para quienes son testigos, el conocimiento a fondo de las acciones, las atmósferas y la psicología de los hombres y mujeres partícipes en la guerra. Es evidente que estos escritores estaban inmersos de lleno en la vida pública de su tiempo. Tan evidente como que Martín Luis Guzmán fue secretario de Francisco Villa y José Vasconcelos fue un allegado político y amigo de Francisco I. Madero.

Considero que la novela del narco no ha logrado escribirse con la misma calidad estética, porque el escritor del siglo XXI, con escasas excepciones, ha quedado aislado de la vida pública. Ese lugar ha sido tomado por los periodistas.

Los mejores relatos escritos sobre la guerra del narcotráfico han sido redactados por periodistas. Son ellos quienes quizás en el futuro serán equiparables a los novelistas de la Revolución. Mi pensamiento va por lo siguiente: una de las principales fuentes para comprender el Villismo, desde luego, es la obra de Martín Luis Guzmán. Lo mismo se dirá de Anabel Hernández en relación con el Cártel de Sinaloa. Ahora bien, no estoy equiparando a ambas organizaciones, no igualo el Villismo con el Cártel. Mi interés va por el hecho de quién lo narra, quién lo cuenta con la densidad necesaria para entender sus contradicciones y su realidad verdadera. Los novelistas, los escritores literarios, a diferencia de hace un siglo, no lo han logrado. Esa tarea se ha trasladado hacia los periodistas.

Alguien me podría decir que Martín Luis Guzmán también era periodista; lo era, pero su vocación siempre fue la de un literato; ahora es al contrario, es el periodista de vocación quien se acerca a lo estético, a la literatura, para contar lo observado.

Obras ejemplares del periodismo sobre la guerra del narcotráfico sí se ven en el espectro de las publicaciones contemporáneas, y al leerlas, una de las ideas que se me vienen a la cabeza, más allá de lo grotescamente humano que es el narcotráfico, es que la gran mayoría de las novelas que aborden el tema corren el riesgo de ser superfluas, ampulosas.

La pluma de Anabel Hernández es excelente, pero no sólo eso, la forma de estructurar los relatos de Los señores del narco y El traidor es digna de los mejores novelistas. Porque no se olvide que para ser buen periodista también hay que saber contar.

Lo mismo podemos decir de Juan Carlos Reyna y su libro Confesión de un sicario. El escritor literario podrá emular el lenguaje y la historia de estas investigaciones periodísticas, pero dudo que las podrá superar. ¿Algún novelista podrá superar el significado de las palabras de los manuscritos de Vicente Zambada Niebla incluidos en el libro El traidor de Anabel Hernández? ¿Qué novela puede ser más sórdida que el libro de Reyna? No lo sé, es posible, en el mundo de la literatura todo es posible, pero también será difícil, tan difícil que quizás no valga la pena el esfuerzo.

Y es así como cierro mi correspondencia de esta ocasión, estimado lector. La novela del narco no se ha escrito, más allá de la caricatura, la parodia, el morbo, porque la necesidad cultural de comprender sus contradicciones y realidades materiales y psicológicas más míseras y serias ya ha sido satisfecha por el periodismo. Los periodistas que han arriesgado la vida por saber la verdad al detalle, con nombres, rostros y cuentas bancarias; toneladas de cocaína, amapola y marihuana; métodos de contrabando por las fronteras sur y norte, así como las ejecuciones y las torturas, son quienes le hablan al lector real, a ese que está en la calle, al mostrarle, por medio de la palabra escrita, el fondo y origen de lo que se está viviendo a lo largo y ancho del país. Una novela que cuenta exactamente lo que es de todos conocido, y peor aún, desde una mirada ingenua e infantilizada, se vuelve aburrida.

Artículos Relacionados

Una nueva traducción de Jacques Rigaut

Alfredo Loera

H.G Wells revisited

Alfredo Loera

Suicidio infantil en México: un problema del que no se habla lo suficiente

Editorial
Cargando....