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Pagar por mi salud

Diálogos en el diván | Agustín Palacio 

Hace unos días, recuerdo haber tenido una conversación con un grupo de amigos egresados de la carrera de Psicología, hace ya más de 4 años. En esta conversación argumentábamos el significado del costo que llega a tener una terapia psicológica, donde algunas posturas referían una terapia con acceso módico o incluso gratuita, mientras que otros optaban por un precio sobresaliente que permitiera que al otro “le causara dolor” pagar.

Ante este debate, provisto de pros y contras; mi pensamiento se centró en la idea de lo que involucra el dinero o más a profundidad “el pago” en el tratamiento, lo acoto de esta manera, el pago a través del dinero representa un símbolo de involucramiento entre la relación paciente – terapeuta. Indudablemente los significados pueden ser bastos, que, por supuesto dependerán en toda medida del contexto terapéutico, de lo que se vive al interior del consultorio y el vínculo que se ha creado con el analista, por tanto, quisiera situarme en el símbolo de la entrega del dinero al terapeuta, ese dar que el paciente atraviesa al finalizar la sesión.

El dinero es el poder social que por mérito establece un sistema de relación que impacta en lo político, social e institucional. En el dinero están traducidos o desencadenados las posturas narcisistas que los seres humanos tenemos, aquel que es capaz de montar una gran fortuna o tiene alto poder adquisitivo puede traducir sus acciones al despilfarro o a la compra compulsiva de bienes materiales, incluso a la falsa labor social; donde las asociaciones creadas, visitadas o ayudadas son vistas desde el vértice de la cantidad, del sobrante o de la utilidad. Es por ello que la sospecha del símbolo del dinero es la relación con el narcisismo primitivo, donde el otro da a través del sobrante, el otro da por utilidad, por servil que le puede ser el objeto que lo acompaña; no existe un vínculo que afecte el desprendimiento de lo que tengo. En álgidos niveles sociales podemos analizar el componente narcisista, mientras que la contraparte (aquel que tiene poco, aquel que carece, aquel que no da) lo hace a través del sentirse castrado, anulado o en ocasiones negado a la propia realidad. El dinero para el que no tiene, atraviesa la propia falta, la falta en el afecto, la falta en lo que alguien no le dio, o la falta en lo que no pudo construir.

En la inmediatez podemos observar esta situación en los estratos sociales donde la falta del dinero produce una libido o energía pulsional asociada a elementos de muerte (no en todos los casos), generando pues vicisitudes sociales y políticas que merman la libertad del propio individuo.

Dicho lo anterior, nuestra cultura y gozo capitalista, establece criterios que le permiten funcionar y “equilibrar” la balanza social: el que tiene más hace evidencia de su propio narcisismo y el que tiene menos hará evidencia de su sometimiento y castración ante la figura del mismo. Entonces, ¿por qué utilizar el dinero como el pago del análisis personal, en tanto, la hipótesis nos hace ver que el dinero es otra manera de encadenarnos a aquello que nos ha traído como síntoma al consultorio? ¿No parecería esto una gran contradicción?

Contestaré esta pregunta, desde la observación y la plática con mis propios colegas. Si bien el dinero tiene un significado universal, mismo que de acuerdo al contexto pudiese llegar a cambiar su forma, más no su fondo.

En terapia se utiliza el concepto universal del dinero (narcisismo/castración vs poder) para representar la figura de la completud y el equilibrio a través de un rasgo contrario: el dinero. «Es importante saber que el pago de un paciente es la forma que tiene de solventar, agradecer y amar al otro por los cuidados y acompañamientos realizados, esta es la forma en la que él mismo puede contener el impulso de atravesar la relación con el terapeuta y desarrollar vínculos más allá de lo que implica estar recibiendo un tratamiento.» (la necesidad de que el terapeuta sea su amigo, familiar, pareja, jefe, etc), el dinero es la forma en que se atraviesa la realidad del paciente, tanto para saber que la representación mental del terapeuta es construida por él, como para saber que dicho acompañamiento tiene un fin.

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Cuando se menciona al final de la sesión: “Ha terminado el tiempo, nos vemos la próxima semana”, ayudas a centrar la realidad del paciente, es decir, que lo hablado, recordado y elaborado tiene que si o si traducirse en un comportamiento en el allá, en el afuera, mismo donde el paciente es el único responsable de ello. El dinero, finiquita esa labor. El dinero viene a bien representar esa responsabilidad que se lleva el paciente para poder regresar la próxima semana a verbalizar lo encontrado o a profundizar aún más en sus conflictos internos. Esta óptica nos habla de un aprendizaje relacionado al amar, donde precisamente para poder tener una relación con alguien más la instancia es hacerme responsable de mí para posibilitar el encuentro con el Otro, entonces, me hago responsable de mí cuando regreso algo de lo que alguien me está dando, parte observada en el vínculo madre – hijo. El hijo puede desprenderse de la madre, en tanto la misma haya dado, haya hecho lo posible por construir la propia independencia del menor, para que entonces el pueda alejarse. Sin embargo, el vínculo entre madre e hijo no tiene un límite exacto, lo cual posibilita que el infante vea a una madre mesiánica, idealizada y perfecta; lo cual complica la resolución de los conflictos internos, es entonces que, el dinero, desprenderse de algo que le duela y lo haga caer en la propia realidad, permite una relación basada en el espejo, en el devolver al otro lo que se está diciendo, sin adherirle más o menos a la realidad planteada.

Otro punto a mencionar es, ¿cuánto debe cobrarse por este acompañamiento? He sabido de colegas que logran hacer “labor social” y permitirse el servicio gratuito y/o bajo costo. Desde mi punto de vista, esto no es correcto. Tal cual como se narra anteriormente, el significado del dinero es precisamente para situar al paciente en la realidad, que pueda reconocer la valía de su propio trabajo, algunos dirán de manera coloquial “que le duela”, pero no se trata de dolor, se trata de evidenciar que en el afecto se da lo que se tiene, no lo que sobra. Dar lo que sobra implica una relación que puede llegar a trastocarse al abuso, donde los intereses no son la cura, sino simplemente reavivar el conflicto que ha tenido el paciente una y otra vez. En el sentido estricto, ajustar el pago al poder adquisitivo del paciente, podrá hacer, al menos en nuestra sociedad occidental, que encuentre ese sentido a recuperarse, al hacer. De lo contrario, podríamos llegar a tener a pacientes recluidos en terapia sin avance, y por el contrario, con atisbos de retroceso en sus múltiples malestares. ¿Qué pasa entonces con aquellos posibles pacientes que tienen poco o carecen para poder mantener un pago de psicoterapia? Hay que recordar que lo importante en la relación es el “dar”, el Otro tiene que encontrar en sus formas e intereses la forma en la que puede dar para que entonces exista la relación. Lejano al sentido del dinero, todos tenemos la posibilidad de dar algo, evidenciarlo a través de algo, tal vez el punto de partida puede ser si estamos dispuestos a hacerlo, puesto que “dar” implica indagar en nosotros y mostrarnos para posteriormente ofrecer. Al final, tal cual como lo hemos mencionado en otros artículos, la terapia habla de amor.

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