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¿Para qué sirve la muerte? Una reflexión filosófica

Tan pronto uno nace, ya es lo suficientemente viejo como para morir, nos enseñó Heidegger en Ser y tiempo. Y es que la muerte es la realidad de la que más podemos estar seguros, después del hecho de nuestra propia existencia. La muerte es algo que nos espera a todos. Pero a su vez es algo por lo que normalmente no nos encontramos pre-ocupados.

Generalmente vivimos nuestra vida como si no fuéramos a morir nunca y, más aún, como si la muerte no fuera algo que pudiera ocurrirnos en cualquier momento. Y es mejor que así sea. Mucho mejor. De lo contrario, no podríamos concentrarnos en vivir. Por otro lado, es verdad que una suficiente y sana consciencia de la muerte nos lleva también a valorar más cada momento de la vida, porque en el fondo sabemos que esta vida terminará.

Independientemente de que después hubiera «otra vida», o ninguna, el hecho es que «esta vida» terminará algún día, y no sólo eso, sino que se habrá terminado para siempre. Y este último punto me parece muy importante —y generalmente poco considerado— porque independientemente de que después de la muerte hubiera un cielo, o un infierno, o una reencarnación o la «nada absoluta»; el hecho es que cualquiera de esas posibilidades se encuentran «allá» o en «ningún lugar» (en el caso de que no haya nada después de esta vida). Quizá lo angustioso de la muerte no sea tanto la incertidumbre de que haya o no haya algo después de esta vida, sino la pérdida del aquí. Y es que es un hecho absoluto que nuestro «aquí» (nuestra vida tal cual la conocemos en este mundo, con todos los elementos que la componen) sí terminará. Incluso teniendo la certeza de que hubiera algo así como la «vida eterna», no deja de ser nostálgico el hecho de que no volveremos jamás a ver a nuestra madre tal como es verla «aquí», no volveremos a disfrutar unas cervezas con nuestros amigos, no volveremos a ver una película que nos haga volar la cabeza, no volveremos a sudar por el calor del sol, no volveremos a acariciar a un perro, no volveremos a ver una Copa Mundial de Fútbol; en pocas palabras, no volveremos a hacer nada de lo que hacemos «aquí» como lo hacemos «aquí». Todo terminará. 

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El otro día le dije a un querido amigo —al cual veo unas dos veces al año debido a las distancias— que la otra vez hice la cuenta de que, si los dos llegáramos a vivir unos 65 años, ya solamente nos vamos a ver unas 74 veces antes de que no nos volvamos a ver nunca más. Setenta y cuatro es el número de veces que nos queda por disfrutar a los dos antes de que lo nuestro se termine para siempre, si no es que uno de los dos muere antes. Por supuesto que cuando uno piensa las cosas de esta manera es espantoso, horrible. Muchas veces no es bueno pensar mucho. Sea como sea, el hecho es que todavía no me he muerto, y que aún puedo disfrutar las cosas; que todavía estoy «aquí», viviendo como vivo «aquí», con mi amigo, mi esposa, mi madre, los perros, las películas, el sol y las copas mundiales de fútbol. 

Pero no podemos evitar preguntar: ¿Sería entonces mejor nunca morir? O lo que es lo mismo: ¿Sería mejor si el «aquí» durara para siempre? Es obvio que, en el fondo, esto no lo podemos saber con certeza. Pero sí podemos pensar e imaginar. Pues bien: creo que queremos que ciertas cosas sean para siempre porque las disfrutamos mucho, pero las disfrutamos mucho justamente por el hecho de que no duran para siempre. Así, en el fondo, y en contra del parecer de nuestro más instintivo anhelo, resulta que realmente es mejor que nada sea para siempre. Se me ocurre un ejemplo muy simplón pero ilustrativo: si pudiera reproducir mi canción favorita tres trillones elevado a la trillonésima potencia de veces, seguramente dejaría de gustarme. El solo hecho de pensar en escucharla se volvería para mí un infierno mucho antes de llegar al primer trillón. Y es que la carencia de algo es lo que lo vuelve valioso. Si la Copa Mundial de Fútbol se transmitiera diariamente y no cada cuatro años, seguramente poco a poco dejaría de emocionarnos, hasta que, eventualmente, desaparecería. ¡Así que, cuando algo es infinito, tiende a hacerse nada! Lo cual sólo puede llevarnos a la conclusión de que ¡cuando algo es finito, tiende a hacerse todo! Por extraño que parezca, resulta que el hecho de que todo vaya a terminar para siempre es la mejor forma posible de que sean las cosas. Por eso vale mucho más un 74 que un ∞. 

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