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Pedir el voto

Por Patricia Hernández González

Pedir el voto en este momento no es tarea fácil, no es que antes lo haya sido en términos de participación. La cuestión aquí, es que los escenarios son muy distintos, adversos en comparación a comicios anteriores.

A como están las cosas, el desafío es sumarse a lo que se considera lo mejor para todos, hacer un esfuerzo mayor de convocatoria. Esto lo dicen quienes ya están persuadidos de que es lo correcto. El problema es que el diablo está en los detalles y el pequeño detalle está, por donde sacar la confianza para votar por ellos.

Cómo convencer ahora a los electores suspicaces, cómo incentivar a los apáticos, indiferentes y cansados, cómo inclinar o declinar la balanza de las preferencias, cómo parecer congruente, cómo hacerse de la vista gorda para decir que todo va bien, o que todo estaba mucho mejor.

Hablar de lo que hablan las candidatas y candidatos es pasarlos a filtros, es ir desmenuzando la intención. Si conectan con la mayoría,  incluso de cómo gesticulan. Cuál es su trayectoria, lo sólido de su proyecto, que tan viable sus propuestas. 

En caso de alcaldías, quienes formarán su equipo en el cabildo, si han sido holgazanes en el servicio público, o si no tienen la mínima experiencia. Al menos sería un buen inicio de una relación para intentarlo durante tres meses.

Al aproximarse el día, el habitante de una ciudad, le dicen que ser responsable de él, de sus hijos, de un país, es saber elegir y elegir bien. En ese sentido, la participación no solo consiste en salir a votar, sino hacerlo con inteligencia para hacer del voto una sinergia. Útil o masivo. Ni los votos anulados, ni las abstinencias tienen valor, son obsoletos para la democracia, o dicho de otra forma, para cumplir el objetivo, aunque la decisión de manifestarlo sea un modo de desprecio.

Entonces, para ser ciudadano de a deveras, el deber implica en hacer mutis de dos años a la historia reciente, o a sabiendas de por lo menos, los últimos treinta. ¡Qué carajo!, decidir entre la ineptitud, el desprestigio y la voracidad. Vaya dilema.

Cada que hay elecciones surgen las mismas maromas pero ahora con un alto grado de dificultad.

Hacer campañas en un tiempo tan delirante, ha creado estrategias de competencias basura, contenidos de spots para la atención de la audiencia que no se dejaron de replicar.

En términos de difusión en medios y redes sociales, posicionar una idea, una imagen, ha sido de lo más útil para poner en marcha campañas negras, noticias falsas, lagunas, vacíos informativos, falta de seriedad. Ante la avalancha, no queda de otra que ser el más inútil e inservible de esa realidad efectiva.

Pero las percepciones no andan en la nube solamente.

Pedir el voto en la calle, esa otra trinchera necesaria y ansiosa del espacio como entretenimiento. Donde se saluda, se dialoga, se escucha  y se invita a confiar. Donde bajarse del coche, es bajarse para mirar de cerca a los ejidos, caminar bajo el sol, zigzagueando las grietas, las evidencias de una ciudad sedienta. Recoger peticiones de asuntos que no caben más, porque nadie sabe o nadie supo cómo resolver.

Estas elecciones, únicas, se conjugan simultáneamente 15 gubernaturas, 300 diputaciones federales de mayoría y 200 de representación proporcional, y más de 21 mil presidencias municipales, diputaciones locales, regidurías, sindicaturas y concejalías, por lo que están en juego ciertamente, el futuro inmediato del país.

Si bien nos va, hacer política en este preciso contexto, sin estimar  los últimos tres años, conlleva a que el número de electores tienen  la capacidad de ampliar sus opciones, de tres a cuatro, como sucede en Nuevo León.

Tan pronto llegue el 06 de junio, las movilizaciones no esperan.

La jefa o jefe de manzana y de sector tocaran tu puerta para decirte que si ya… si ya lo hiciste… si ya lo hiciste como se te dijo… si ya lo hiciste como se te dijo que deberías votar. Amablemente, en caso de que no puedas desplazarte te llevaran a las urnas que pertenecen a tu localidad.

Las prácticas de siempre con la única diferencia de que votaste por el menos peor, al menos te lo dices a ti mismo para hacerlo llevadero, una forma suave de libertad atada a la conciencia.

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Durante la jornada electoral, los representantes de casillas, estarán atentos, muy atentos haciendo la encomienda.

Medios informativos, periodistas, reporteros, enviados, corresponsables y colaboradores tendrán la cobertura más fuerte de la historia.

Mientras que la estafa se respira todos los días y no solo en elecciones, hoy los involucrados, quienes organizan, participan y legitiman una elección, incluso los que no deben de opinar, pero les vale, han hecho de la chamba por demás minuciosa.

Probablemente, una vez pasado los comicios, ya sin el pudor de haber mostrado las cartas, pedirán las revisiones de cajón, para demostrar las consecuencias de un sálvese quien pueda.

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