Image default
Portada » Por la ciudad
Destacadas Sábado de Cuentos

Por la ciudad

El joven corrió por la ciudad.

El concreto, vidrio y acero de los edificios ya habían perdido la cuenta de las veces que lo veían huir. En verdad, tampoco el joven podría decir cuánto llevaba corriendo, de encontrarlo. Una vez más, se había perdido en la huida. Todos sus intentos por memorizar aquel lugar habían sido inútiles: parecía que ninguna calle estaba en el mismo punto dos días seguidos. Guiarse por colores tampoco sirvió: sólo puedes maniobrar hasta cierto nivel con una escala de grises. Trató de recordar los cielos anaranjados que conoció de pequeño, muy lejos de ahí, pero no pudo. Últimamente, eso estaba resultando algo difícil.

Las pisadas gritaron en el asfalto. El joven miró atrás, a los lados, a todas partes, buscando a sus perseguidores. Quiénes y qué eran, ya no lo recordaba bien: si cobradores, criminales, rivales o simples desconocidos. Lo que sí sabía era que ahí estaban. Y venían por él.

El presentimiento por sus captores de pronto se intensificó. El joven trató de sacar distancia alargando las pisadas, pero no pudo por mucho. Estaba cansado. Muy cansado. Obedecería el impulso por gritar, pero en la mayoría de las calles que él llamaba secundarias (como en la que estaba ahora), casi nunca había un alma, y si vivía alguien en aquellos colosos de concreto, seguro no iba a salir por él. La única solución era correr.

Empezó a fallar. Sintió las sombras rasgar su espalda, pero no quiso voltear para confirmar esa noción. Su respiración era desesperada. El instinto por vivir lo mantenía en la carrera, aunque a veces se preguntaba honestamente por qué. Entonces, algo nuevo en la distancia: ruido. Poco después los vio. Gente, en la avenida de adelante. Tenía que llegar, tenía que llegar. Las sombras casi tomaban su gabardina, podía asegurarlo. Vencido por la bestia de la desesperación, sacó el revólver del bolsillo interior del abrigo y, sin voltear, disparó atrás, hacia las sombras. Los últimos cincuenta metros. Tenía que llegar, tenía que llegar, ¡tenía que llegar!

Entró en la avenida. La velocidad a la que iba le hizo perforar y adentrarse como jeringa en aquel tumulto que iba en ambas direcciones. Miró a todos lados. Ya no sentía las sombras. El joven se desplomó en sus rodillas, aferrándose al revólver. Quiso llorar, pero había pasado tanto tiempo que había visto a alguien hacerlo, que ya no recordaba cómo era. Buscó consuelo en la multitud. Miró muchos rostros, y a la vez sólo uno; rostro(s) que quería(n) gritar, reír, llorar, besar, morder, hablar, insultar, todo, pero aun así se mantenía(n) impávido(s). El joven cerró los ojos, destrozado.

Cuando los abrió nuevamente, se halló en otra calle. Vacía. El dolor parió a la furia. Alzó su revólver y lo apuntó en todas direcciones. Sintió ganas de disparar, de herir ese concreto, esos vidrios, ese metal, hacerlos añicos. Pero ¿qué caso tenía? La ciudad le sobreviviría. Como le sobrevivió a tantas y tantos antes que él.

Entonces, volvió a sentir las sombras.

Y el joven corrió por la ciudad.

Artículos Relacionados

Abdulrazak Gurnah, colonialismo y su premio Nobel de literatura

Editorial

Déjame que te explique, limeña

Jaime Muñoz Vargas

Dionisio, un niño dolorosamente múltiple

Jaime Muñoz Vargas
Cargando....