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¿Por qué me enrolé en la artillería?

Por más que pienso y pienso en esta bendita noche, no alcanzo a recordar por qué diablos lo hice. Recuerdo por qué entré al ejército, eso sí como si fuera ayer, tan bien como que me llamo… Cuando estalló la guerra, me emocioné y celebré como nunca en la vida, ni mi boda ni mi propio cumpleaños se sintieron tan importantes. A todos los que nos enlistamos nos trataban ya como héroes; nos invitaban tragos, nos alimentaban bien en los restaurantes y completos desconocidos nos saludaban como a su propia familia. El país estaba de fiesta. Éramos sus hijos-prodigio que le traeríamos gloria, derrotando al enemigo y regresando antes que acabara el año.

Terminado el entrenamiento, fuimos llamados a la batalla. Desfilamos y partimos de…, mi ciudad natal, directo al frente. Aprendí a usar los cañones ahí, más que en los simulacros. Y aprendí a la mala. La primera vez que entramos en combate casi nos exterminan, pero conseguimos que el enemigo desistiera y se retirara. Disparamos durante horas. Todavía no me recuperaba de la sordera cuando me notificaron que me había ganado mi primera medalla. Por valor ante el enemigo.

La guerra comenzó, siguió… y se alargó. Los campos de batalla se estancaron, las grandes ofensivas se hicieron raras y los avances pequeños. Pocas veces nos movimos de nuestras posiciones iniciales en todas las zonas del Frente en que nos emplearon. Pero con todo, la guerra seguía. Me acostumbré rápido a la vida en conflicto. Tal vez demasiado rápido. Era fácil. Despertábamos a las cinco horas, disparábamos las ráfagas matutinas, nos quedábamos en espera, volvíamos a rafaguear en la tarde, y en la noche bebíamos cuanto podíamos y nos íbamos a dormir. Nada de tomar el fusil y pudrirme en las trincheras, nada de correr a silbatazos hacia el enemigo ni del enemigo corriendo a silbatazos hacia mí. No. Sólo me dedicaba a regar al enemigo con obuses, defender a mis compatriotas y seguir órdenes. Y fueron muchas las órdenes que nos llegaron del mando. Muchas.

Me volví muy bueno siguiéndolas, de verdad. Las cumplía con tal rapidez y diligencia que antes de siquiera pensar en la posibilidad, me ascendieron a sargento, luego a sargento primero, luego a teniente de artillería. Fue extraño al principio. Pasé de ser el último en recibir las órdenes en el campo de batalla a ser el primero. A la larga esa extrañeza se convirtió en gratificación, y después, en parte de la rutina.

Y la guerra siguió.

Y las órdenes siguieron llegando. Los canales variaban. La mayoría del tiempo era por cable, pero cuando la conexión se jodía, el mensajero mugriento y sin aire por esquivar balas enemigas hacía las veces. Sea como fuere, los comandos se acataban antes de ir a cegarnos con vino y dormir, lo que me ganó mis otras dos medallas: una al mérito y una más al valor, aunque esa última vez no terminé de comprender qué hice para merecerla sobre mis hombres, que aguantaron la peor parte del bombardeo que nos mandó el enemigo. Pero como sea.

La rutina abrió paso a la indiferencia, por qué no decirlo. Recibía y transmitía las órdenes con tal naturalidad que dudo en clasificar tales actos como conscientes. Tan sólo confirmaba las coordenadas a las que debíamos disparar y voilá, misión cumplida y adiós.
Supongo que por eso tardé unos segundos la primera vez que se me lo ordenó en asimilar que las coordenadas indicadas eran justamente donde se encontraba nuestra primera línea.
Comenzaba el invierno. Por primera bendita vez en meses, nuestros comandantes decidieron lanzar una ofensiva mayúscula a lo ancho de todo el Frente. Era de mañana. Las tropas habían salido a pelear desde hacía apenas media hora. Estaba confundidísimo.

“Mando, debe existir un error. Las coordenadas están dentro de nuestro territorio, solicitoclarificación”, dije, convencido de que era un error de dictado. No cupo en mí la sorpresa al escuchar: “No existe error. Dispare sobre las coordenadas transmitidas, teniente”, como respuesta. Mi respuesta fue cortante: “Si se me va a pedir que dispare sobre mis propios compatriotas, lo siento pero requiero la orden firmada por el general…” ¿Cómo expresarles lo que sentí al escuchar la voz del general entre la estática, diciendo “teniente, cumpla sus órdenes y dispare a las coordenadas que se le otorgaron, ¡ya!”?
“Son nuestros hombres.”

“Son cobardes que prefirieron huir ante el enemigo
que tomar el objetivo que se les encomendó.

No permitiré que se retiren.
¡Dispare!”
“Pero señor…”
“¡Pero nada! Siga lo que le ordeno,
¡O lo mando fusilar!”

Para resumirlo, cedí. Por Dios, cedí. Disparamos sobre nuestras tropas. Nunca supe exactamente cuántos murieron por culpa nuestra. Mía. Aquella noche, por primera vez desde que comenzó la guerra, lloré, ya bien briago. Y eso fue antes de que supiera que… y…, dos amigos del barrio, participaron en la ofensiva. La pregunta me mataba, ¿y si los matamos nosotros, yo? Inocentemente si se quiere, pensé que sería ejemplo de una vez y ya. Estaba mal.

Llegó una segunda ofensiva en que se me ordenó lo mismo, luego una tercera, luego una cuarta. Al principio traté de resistirme nuevamente, pero la misma amenaza me vencía. Ya después, todo fue tan rutinario como los ataques al enemigo. Las cosas tomaron un nuevo giro, y parecía que en esa dirección se mantendrían hasta el final de la guerra.

Hasta que alguien se dio cuenta y lo denunció a la policía militar, y me señaló a mí como el responsable de tales atrocidades.

La corte marcial se estableció de inmediato. Como yo era el superior, no hubo alguien en escalón más arriba que respondiera por mí, así que de mi lado sólo estuvo…, que durante los descansos del combate leyó algo sobre derecho militar. De lado acusatorio, entre otros, estaba el general… En contra de la prisa tradicional, me leyeron los cargos.

Me acusaban de alta traición a la patria.

Hice todo lo que se me recomendó en el juicio: recurrir al honor, las glorias pasadas, la posibilidad del error humano, involucrado con trágicas consecuencias. Desde mi arresto quise gritar a los jodidos vientos que sólo seguí órdenes del general, pero me aseguraron una y otra vez hasta hartarme que únicamente sellaría mi ataúd. Me hicieron creer que podría zafarme sin señalarlo. Vaya mentira la que me tragué. La corte no fingió la menor disposición para investigar. Me cortaban a media explicación, llamaron a no sé cuántos testigos en mi contra, que me acusaron de esto y de muchas pendejadas que nunca hice (¡esas en serio no las hice!), y no me dejaron traer mis propios testigos, mucho menos mis méritos.

Al final exploté.

Grité en ese salón de colegio reacondicionado lo que tanto quise, con una fuerza que no creí mía: sólo seguí órdenes del general, él quiso machacar a sus hombres por cobardes, ¡él es el de la culpa!

La corte tardó menos de una hora en deliberar. Hasta después supe que entre los jueces estaba un primo (lejano, pero primo) del general.

Estoy en la celda en que me confinaron desde mi arresto. Me permitieron escribirle a mi esposa, estoy frente al papel, la pluma y la vela, ¿cómo voy a poder decirle lo que está pasando?

Me ejecutan mañana.

Por alta traición a la patria, insubordinación en una corte marcial y calumnia contra un oficial superior.

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