Me propongo dar una corta opinión sobre lo que yo denomino el Alma según los estudios panteístas y existencialistas. Empezaré por decir qué entiendo por Dios: la Naturaleza como totalidad de las cosas. Nadie puede obrar en contra de la naturaleza porque todo es la naturaleza, y nada que el cuerpo y el alma deseen se puede atribuir a un vicio externo a ella, la naturaleza es siempre la misma, y la denominaremos ley natural (Spinoza). Entiendo por alma la esencia de la naturaleza, un índice de fuerzas inexplicables y una indicación segura de la ley según la cual la aparición de estas fuerzas ocurre en el tiempo y en el espacio, es decir, se suceden y ceden el paso unas a otras, y son fuerzas constantes.

La voluntad de la naturaleza la explicaría como motivo de todo lo que sucede en ella. Cada deseo de cada ser vivo es la voluntad de la naturaleza expresándose en el cuerpo de éstos. La voluntad como deseo de la Naturaleza o como Alma sería todo lo que obra en los animales como instinto, como una araña sabe qué presa puede caer en su red, diseñada para que se pueda alimentar. Todo esto va acompañado por conocimiento, como al ver que una gota de agua se cristaliza repentinamente, creando un copo de nieve que es único e irrepetible; este conocimiento se repite billones de veces en cada copo de nieve. Podemos decir que voluntad y alma son lo mismo. El alma no expresa la existencia actual de su cuerpo, tampoco concibe como actuales las afecciones del cuerpo, sólo mientras éste dura; por consecuencia, no concibe cuerpo alguno como existente, es decir, existe mientras dura su cuerpo o la materia. 

Concibo el alma humana como la aparición de diferentes fuerzas que se efectúan al mismo tiempo; las dividiré en dos principales: la voluntad hacia lo universal es mimetizarse con el universo y obtener la gloria y el gozo de otros seres vivos, ese instinto de pertenencia a una comunidad y un mecanismo de defensa para sobrevivir en grupos. La voluntad individual es una voluntad diferente al universo, se tienen deseos personales que no coinciden con lo universal, por esta voluntad uno se percibe como individuo y como una unidad separada al universo.   

Dentro de estas voluntades individuales están las necesidades corporales de las cuales tenemos control sobre unas pocas, no controlamos nuestros órganos internos pero decidimos sobre necesidades como dormir o comer; tenemos las voluntades de las emociones, no decidimos qué emoción nos van a generar los estímulos externos o internos pero podemos decidir cómo reaccionamos a estas emociones, no decidimos qué pensamientos queremos generar cada día, pero podemos darle prioridad a los que son más útiles. 

Nuestra vida es desear algo nuevo siempre y pretender llegar a una meta y; cuando creemos alcanzarla, pasamos a otro deseo. Es la superación del propio individuo, el sentimiento más sublime, lo que llamaríamos la ilusión del progreso. Pero la voluntad no puede sino tender sin alcanzar nunca su meta, permanece hambrienta y, en último término, dolorosamente insatisfecha (Shopenhauer). Cada meta supuestamente alcanzada es a su vez el principio de una carrera nueva, y así hasta el infinito. La verdadera esencia de la realidad es precisamente la simultaneidad de diversos estados, pues sólo ello hace posible la duración. Y la existencia del mundo depende, no obstante, de un ojo, así sea el de un insecto, pues es el intermediario forzoso del conocimiento. La voluntad, si bien va acompañada de conocimiento, no se determina por una finalidad, sino que obra ciegamente por causas que en este caso se llaman excitaciones.

Y también tenemos lo opuesto que es el hastío o el vacío, cuando sentimos que estamos estancados o que no podemos progresar y pareciera ser el peor de los males, a lo que le huye constantemente la conciencia. ¿Sería la falta de deseos o sería el deseo de muerte? Es necesario quitarnos el velo para identificar que tenemos deseos de muerte pero que muchas veces nuestra mente lo cubre con un velo que es el mismo miedo a la muerte (Yalom). 

Estas fuerzas son la esencia misma para la conservación del ser viviente, y el comienzo de un nuevo ciclo de vida. El apetito no es, pues, otra cosa que mantener la energía. Las afecciones de odio, de cólera, de envidia —consideradas en sí mismas como emociones de las cuales nos queremos alejar por pensar que son incómodas— nacen de la repulsa primitiva hacia el mundo exterior, como emisión de estímulos por parte del cuerpo para expresar la reacción de displacer provocada… un instinto de conservación, de alerta (Freud). 

Entiendo por conciencia la capacidad de poner mi atención en estos deseos, fuerzas, excitaciones para identificarlas y darles una autoconciencia. Es preciso identificar estas fuerzas de las cuales no podemos decidir, pero podemos concientizar mediante la identificación y así crear reacciones que nos beneficien a la supervivencia. Es erróneo pretender que, al momento de concientizarlas, se disiparán la cólera y el odio ya que son mecanismos de defensa que tiene el cuerpo para sobrevivir y alejarse de lo que percibe como una amenaza. El problema sería cuando le ponemos atención a algunas voluntades sobre otras, un ejemplo sería el esforzarnos en hacer todo lo que imaginamos que las personas han de ver con gozo, y sentir aversión de hacer lo que imaginamos que inspira aversión a las personas. Quien hace algo que imagina que afecta a los demás de gozo, estará afectando de un gozo que acompaña la idea de sí mismo como causa, o dicho de otro modo, se considerará a sí mismo como gozo. Por el contrario, si hace alguna cosa que imagina que afecta a los demás de tristeza, se considerará a sí mismo con tristeza (Hegel). Pero de esta forma también, con sus propias pasiones y deseos, uno se maneja por un principio de placer que busca en todo momento realizar obras que le produzcan placer y alejarse de aquellas que le generen displacer. Y como estos también son mecanismos del cuerpo que tratan de protegerlo de posibles amenazas, y como esta búsqueda del placer mediante la gloria de los demás se contrapone en el placer individual, esto va a generar sentimientos de odio hacia los demás como un mecanismo de defensa o simplemente vemos que luego tenemos deseos tan básicos que se interponen, como el hambre y el dormir. 

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Es necesaria la contemplación de los propios deseos que muchas veces se interponen unos con otros para poder entender la condición del ser humano. Tenemos por entendido que la fase de la represión de estas voluntades o deseos, una represión primitiva, consiste en que a la representación psíquica del instinto se le ve negado el acceso a la conciencia como mecanismo de defensa para poder sobrevivir, creando otros sentimientos ligados a la sobrevivencia como la culpa que lo induce a la ilusión de que, si cambia su comportamiento, si progresa, disipará esta culpa para alcanzar la meta del progreso. 

Los procesos inconscientes que en la modernidad conocemos como síntomas neuróticos tienen que haber cumplido la condición de proteger la supervivencia del ser vivo en un momento decisivo, procesos de los que no tenemos conciencia en el momento en que se efectúan por ser rápidamente reprimidos, pero toda esta información queda en la psique o en la información vital, en el alma del ser vivo, para después poner atención a estas conductas o sentimientos con el fin de lograr una mejor adaptación a la realidad. Por lo cual, mucha información que desconocemos conscientemente se encuentra almacenada en nuestra alma y es la guía de todos nuestros deseos. 

El espíritu tiene que progresar hacia la conciencia de lo que es de un modo inmediato, tiene que alcanzar el saber de sí mismo. El libre albedrío está limitado a conocer estas voluntades que son varias y se contraponen unas a otras y así mimetizarnos con los sentimientos para no reprimirlos; es conveniente aceptar estos deseos como parte de nosotros para no vivir en una lucha contra nosotros mismos… sólo nos queda decidir a cuáles deseos queremos reaccionar o pasar a la conciencia, ya que no tenemos la decisión de escoger qué nos apasiona, no tenemos la decisión de escoger qué nos lleva al vacío, qué situaciones nos provocan hastío. El propósito final y último de la experiencia humana es la autoconciencia del alma para percibir, afrontar y aceptar la realidad en sus propios términos, que es otra expresión de la misma Naturaleza.

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